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sábado, 26 de septiembre de 2026

No te despistes

   

Acompañamiento para la gestión del Cambio



"No sabíamos que nos íbamos a hacer viejos tan rápido". 

Está frase se la he escuchado hoy a una vecina que acaba de regresar del hospital tras una intervención quirúrgica. Mientras estaba ingresada le han cambiado la bañera por un plato de ducha y ella, muy delgadita a su regreso, dice que eso tenían que haberlo hecho mucho antes, que no sabían que se iban a hacer viejos tan deprisa.

El tiempo pasa rápido. Hoy es el cumpleaños de mi madre, que falleció hace doce años, ¡doce ya!

Hoy cumpliría 93. Se fue con 81 y estos doce años han pasado deprisa, como pasarán los próximos doce.

Hay que tomar conciencia del paso del tiempo y de la impermanencia. Todo pasa y mucho más rápido de lo que pensamos. 

A medida que vamos cumpliendo años el proceso de envejecimiento se acelera y un día nos daremos cuenta y podremos decir la misma frase de mi vecina.

Cuando mi madre cumplió 80 años, le hicimos una fiesta sorpresa en un restaurante y ella decía que no le gustaba ni quería cumplir esos años. La vejez le alcanzó rápido y la muerte nueve meses después, demasiado rápido.

Yo pienso que mejor querer y aceptar el paso del tiempo y cambiar la bañera por el plato de ducha y adaptarse en la medida que se pueda al paso del tiempo. Vivir en lo posible con la máxima conciencia y agradecer cada día nuevo, que puede ser el último o el primero del resto que nos queda, que puede ser poco y no lo sabemos. Mi madre en su 80 cumpleaños no sabía que menos de un año después moriría. O quizás lo intuyera. No me lo dijo.

Sí me dijo, tras el ictus que le dio el mes de mayo siguiente: "no quiero morir".

Aprendí dos cosas, que la muerte viene cuando viene a por uno y que no querer es lo natural. Aceptarlo cuando se tiene conciencia es de valientes y cada día es un regalo. Es así, por duro y difícil que resulte ese último trecho.

Lo viví de cerca con mi suegro, que estuvo 6 meses en paliativos sabiendo que de esa residencia no saldría con vida y con mi padre, que se fue 42 días después que mi madre y pasó sus últimas dos semanas en otra residencia de paliativos, consciente de su final y tranquilo con su inminente destino.

Tenemos que saber que nos haremos viejos deprisa, a partir de un determinado momento, que será más o menos tarde dependiendo de muchos factores, algunos en nuestro control, como cuidarnos, hacer deporte, tener la cabeza activa, etc., pero otros absolutamente fuera de nuestro control, como una enfermedad, un accidente cardiovascular inesperado, una caída o cualquier otra cosa. Simplemente el fin de nuestro tiempo aquí.

Me pasa al perder de vista a gente, que después de no mucho tiempo sin verlos, o esa es mi apreciación, vuelvo a verlos en persona o en una imagen y me asombro del deterioro. 

¡Qué rápido pasa el tiempo! Los niños se hacen mayores muy deprisa, los acontecimientos se suceden sin parar, los avances y los cambios son muy rápidos. La vida es un instante. Así es. A escala cósmica prácticamente es nada.

Un sólo momento de conciencia es toda una vida.

Nos iremos. Y pasarán doce o quince años, así como si nada. Y seguirán pasando y seremos recuerdos cada vez más lejanos.

Vivamos. Vivamos con intención, enterándomos de los momentos, del máximo que podamos. Vivamos con la conciencia de que hoy no va a volver y que mañana igual no es.

No nos preocupemos tanto por todo. Apreciemos la vida y las personas con las que compartimos el camino durante trechos más o menos largos.

No nos apeguemos a lo material y aceptemos como parte de la vida el cambio, la pérdida, la desgracia, la alegría. Venga en el envoltorio que venga.

Hace unos días en mi caminata matinal con mi perro, actividad en mi control para "retrasar" el envejecimiento, pasé como casi cada día por un camino junto al cementerio y vi varias imágenes que pueden resumir esto muy bien:

Primero un coche, un buen coche con alguien que iba al cementerio de visita, después otro coche, también buen coche, de la misma marca, este fúnebre, que llevaba a alguien a su última morada.

Después, junto a una puerta lateral del camposanto un vehículo distinto, nada lujoso, ni siquiera a motor, un carro para transporte de féretros. Y finalmente, por encima del muro una cruz. Un resumen en instantes del camino rápido del cambio, del despoje y la muerte:


 

Esa cruz asoma por encima de ese muro que separa el mundo de los muertos del de los vivos y nos recuerda que ahora estamos a este lado en nuestra vida, con nuestra salud, nuestros seres queridos y nuestras posesiones materiales, sin ser conscientes que perderemos la salud, las cosas y las personas. 

Que el paso del primer vehículo al último será más rápido de lo que pensamos y que después estaremos para siempre, como decía la canción de Serrat, en cautiverio sin poder salir del cementerio. El camino inverso no es posible, al menos en este plano, así que vivamos como si mañana fuera el día en el que iremos en ese carro de féretros y dejémonos de estupideces, preocupaciones e historias. 

Vivamos el presente y tratemos de vivir conscientemente el paso del tiempo, los cambios y las etapas vitales, aceptando que somos un instante, pero un instante precioso de luz en la eternidad.

No digo eterna oscuridad, ojo. Eternidad, que es la luz suplema, suma de todos los instantes de luz que han sido, que son y que serán.

No te despistes, que no te pille de sorpresa la vejez y vívela consciente de vivir, instante a instante y sin miedo.



Jorge Arizcun
COACHING ACTIVO
Septiembre 2026


martes, 22 de septiembre de 2026

Muere joven

  

Acompañamiento para la gestión del Cambio




MUERE JÓVEN…, PERO MUERE

¿Te suena la frase “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”? Es chula, ¿no?

Se trata de una frase mítica que se ha convertido en todo un lema para muchos jóvenes y no tan jóvenes y que sugiere transgresión, vida al límite, adrenalina y coqueteo con el peligro.

Leer un libro, escuchar música tranquilamente, conversar con los amigos, vivir en armonía familiar, contemplar la naturaleza, la arquitectura, el arte, disfrutar de la gastronomía, cultivarse culturalmente, cuidarse…, ¡menudo rollo!

Para muchos mejor sumergirse en la filosofía del “carpe diem”, que es una expresión latina que significa “aprovecha el día” o “vive ahora”, que se inspira en el pensamiento del filósofo Epicuro, pero que está distorsionada en la cultura pop, rock y punk y se ha traducido en el consumo abusivo de drogas y alcohol, adopción de conductas de alto riesgo buscando adrenalina, conducción temeraria, deportes extremos, descuido de la seguridad en las alturas, transgresión de las normas,  sexo sin protección y prácticas violentas, frente a su verdadero significado, que no tiene nada que ver con desfases, riesgos o consumo insano, sino hacerse consciente de que el tiempo es fugaz y merece la pena buscar el equilibrio y paz mentales, la moderación y disfrutar de las pequeñas cosas cotidianas. Aprovechar el presente, gozar la alegría y placer en este preciso momento.

La juventud y la vida se acaban, así que no se debe posponer nuestro bienestar, nuestro equilibrio y tampoco el amor hacia nosotros mismos y hacia los demás. Claro que hay que aprovechar este preciso momento, pero ¿aprovechar es jugártela?, ¿vivir al límite?

Esta filosofía se expresó de muchas formas en la música, en la pintura, en el cine y sobre todo en la literatura, en la que se convirtió en un tópico recurrente.

El tiempo es fugaz, en su expresión latina “tempus fugit” (el tiempo huye) y precisamente por eso, aprovecharlo es una muy buena idea. Hasta aquí todos de acuerdo. Pero aprovechar el tiempo no es exactamente acercarse a la muerte para morir pronto, o morir joven. No. No es eso lo razonable. No, funcionando así no va a quedar un bonito cadáver (un cadáver no es bonito, y menos el de alguien arrasado por su propia vida de desenfreno y riesgo), eso suponiendo que se muere.

Si sigues ese camino distorsionado de la expresión “carpe diem”, mejor muere. Porque es más que probable que las consecuencias de vivir deprisa y sin freno, te acompañen durante toda la vida y si esta es larga, largo se te va a hacer. Y penoso.

Tengo casos cercanos que han tenido suerte y, aunque lo han pasado mal o muy mal un tiempo tras el desenfreno y la velocidad, han seguido adelante y han encontrado el equilibrio. Estas personas valoran la vida de otra forma y disfrutan de una velocidad de vida más pausada, más reflexiva. Disfrutan de las pequeñas cosas, cultivan la paciencia, la calma, el autoconocimiento. Disfrutan de la literatura, de la música, de la naturaleza, de las relaciones sanas, de la salud.

También tengo otros casos cercanos de personas que no han tenido suerte y han padecido las consecuencias de esa mala vida hasta que han muerto antes de tiempo, víctimas de adicciones, accidentes, enfermedades derivadas, dejando cadáveres horrorosos, algunos no mostrables y los que sí podían mirarse, horrorosos igual para las personas que dejaron aquí sufriendo. Y las que no han muerto, arrastran las consecuencias de esa vida rápida y “excitante”. Las arrastran ellas y las personas que comparten vida con ellas, familiares, parejas, amigos, compañeros, etc. 

En algunos casos es una suerte no morir y en otros la suerte sería haber muerto.

Elegir el “carpe diem” del romanticismo de la adrenalina, la acción y el riesgo es una opción. Que esa elección sea un acto inteligente ya es otra discusión. La impulsividad no tiene en cuenta las consecuencias o no les da importancia. Muchas veces la gracia está en eludirlas, librarse. Acercarse al borde del abismo y no caerse. Pero muchas veces se cae y si se muere ya está. Todo se acaba. Las consecuencias son para otras personas allegadas. Si tras la caída se sobrevive, ojo a cómo se sale de esa sima, de ese despeñamiento. Puede ser sólo con rasguños, en el mejor de los casos, o con lesiones importantes, a veces irreversibles.

Los animales se mueven por impulsos y por instinto. Y el instinto primordial es el de la supervivencia. Claro que corren riesgos, muchas veces por ignorancia (un perro cruzando una autovía, por ejemplo) otras veces por necesidad (hambre) Normalmente, en el caso de movimiento o acción no inconsciente, el cálculo del riesgo y el miedo a la consecuencia existen. 

Miedo. Esa emoción muchas veces paralizante para salvar la vida y otras para arruinarla.

Demostrar que no se tiene miedo jugándose la vida es del género idiota. Un torero sabe el riesgo que asume pero entrena y entrena para minimizarlo, igual que un piloto de carreras, un boxeador, un escalador, un astronauta, un trapecista, un conductor o cualquiera que ejerza una actividad de riesgo. Pero hacerlo “a pelo” sin red de ninguna clase, sin medir el peligro y las consecuencias, es poco o nada razonable. Hay gente auténticamente descerebrada que pone en riesgo lo único que tiene, que es la vida, por unos momentos de excitación.

Hay también, por desgracia, personas que no eligen la muerte, la enfermedad o el infortunio. Algunas muy jóvenes que ven cómo se acercan al borde del abismo sin quererlo. Eso es un drama y es una falta de respeto a estas personas las actitudes de otras que se la juegan por diversión, por vicio, por inmadurez, inconsciencia, por moda…

Dicen que una buena terapia para aquellas personas que juegan con el riesgo es visitar un hospital con pacientes víctimas, con paraplejias, tetraplejias, amputaciones, quemaduras, problemas psiquiátricos, o cualquier otra consecuencia derivada de una vida rápida de riesgo.

Vive a una velocidad razonable. Como expresé en otra entrada, que el destino venga a por ti, no vayas tú a buscarlo. Disfruta, aprende, piensa. Tu cadáver no será bonito en cualquier caso, pero sí a lo mejor viejo tras una vida vivida. O joven pero también tras una vida vivida… para vivir y no para morir. Nadie sabemos cuándo nos llegará la hora, pero no adelantemos el reloj.

Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver es una solemne estupidez. Si no lo es para ti, discúlpame, sigue con tu diversión, tu impulso, tu adrenalina y suerte!


Jorge Arizcun
COACHING ACTIVO
Septiembre 2026



domingo, 10 de marzo de 2019

Dimensiones vitales



    Acompañamiento para Gestión del Cambio 




Eres un ente que puede representarse como una figura geométrica con cuatro vértices.

Puedes imaginarlo como un rombo similar al de la fotografía de la introducción, o como una figura romboide aunque no exactamente un rombo.

Los vértices son las partes que configuran lo que eres.

En uno se sitúa tu parte corporal, en otro tu parte mental, en el tercero tu parte emocional y en el cuarto tu parte espiritual.

La más importante es esta última. Es lo que realmente eres, tu esencia, tu SER, inmaterial y no finito.

Este Ser habita en un espacio físico, o más bien se mueve por el mundo en un organismo que se compone de 2 partes diferenciadas, que ocupan dos vértices de la figura geométrica que te representa: tu cuerpo y tu mente.

Esta última gobierna al cuerpo e interpreta a varios niveles la experiencia corporal en relación con el medio, con lo exterior.

El cuarto vértice es el resultado de esa experiencia física, interpretada por la mente y produciendo las respuestas adaptativas que son las emociones.

Cuerpo, mente, emociones: el vehículo en el que el alma, que lo trasciende, experimenta su fase terrenal.


Como el tiempo vital, determinado por la duración física del vehículo, es la experiencia como ser vivo mortal, que tu ser, tu alma, va a tener como pasajera en ese viaje para evolucionar antes de regresar a la dimensión previa al nacimiento, sólo tienes ese tiempo limitado para hacer de esa experiencia algo útil para el alma.

Por tanto, es tu responsabilidad cuidar lo más posible de ese vehículo, trabajando en tu cuerpo, su salud y forma física, en tu alimentación y tu descanso, además de cultivar el conocimiento en tu mente y desarrollando inteligencia emocional.

Veamos algo terrenal:

Imagínate en una circunstancia relacional como puede ser una entrevista en un proceso de selección, por ejemplo.

Mente y cuerpo deben estar alineados y el control emocional bien entrenado.

Un cuerpo descuidado, una mente no desarrollada y una pobre inteligencia emocional, darán como resultado un ser humano de baja energía (o de bajo nivel)

Esto se traduce en una actitud característica, que se percibe rápidamente, en especial por la otra parte de esa experiencia relacional que es la persona que te está entrevistando.

Si esta persona es experta en su trabajo y ha visto previamente muchos candidatos en distintos procesos de selección, enseguida se dará cuenta de esa falta de energía, que coloquialmente podríamos denominar "tufillo a fracaso", como una vez me dijo un formador que tuve.

Esto llévalo a cualquier otro aspecto de tu vida y de tus relaciones, proyectos, retos, metas...

Un cuerpo descuidado, una mente no cultivada y una baja inteligencia emocional es igual a baja energía, bajo nivel, baja eficiencia.

La experiencia vital debe tener esa "vitalidad", valga la redundancia.

Sino, el viaje de nuestro Ser será de poco provecho en términos evolutivos.

Conecta con esa figura geométrica de la que te he hablado y céntrate en los cuatro vértices. Observa cómo se interrelacionan los tres inferiores y cómo alimentan al vértice superior.

Y ahora pregúntate para qué has venido a este mundo y cómo quieres que sea el viaje de tu vida.

Nunca es tarde para corregir, para arreglar el vehículo, para adquirir conocimiento, para aprender de emociones. Nunca es tarde para poner a punto el vehículo en el que viaja el alma. Notarás que la energía aumenta, que eres más capaz, que subes de nivel y que evolucionas, aportando a tu ser, a tu esencia, una buena y útil experiencia de vida, que se llevará tu alma cuando regrese al Todo de donde proviene, enriquecida y evolucionada.

Te invito a empezar ya mismo, observándote desde el Ser, viendo el estado en el que se encuentra la parte terrenal de eso que eres y lo que está aportando a la otra parte, la espiritual. Y a partir de ahí decide. Merece la pena pararse y pasar por el "taller"

No sólo podrá durar más el viaje, su calidad será mucho mayor.

Jorge Arizcun
  



lunes, 28 de enero de 2019

Discusión y enfado



    Acompañamiento para Gestión del Cambio 







"Cuando dos personas discuten y se enfadan los corazones están muy lejos."

Esta frase me la dijo mi hija cuando tenía 11 años. La anoté en ese momento y ahora reflexiono sobre ella:


Físicamente cerca y emocionalmente lejos, muy lejos.


Discutir, enfadarse, ¿Te parce sensato? Desde luego, si lo que produce es ese alejamiento de los corazones..., para mi no lo es.


Yo antes era de mucho discutir, pero en mi casa era una actividad normal. No para pelear ni enfadarse, sino por el mero placer de discutir, de polemizar. Querer llevar la razón, daba igual en qué. En mi familia era casi como un deporte, se gritaba mucho mucho y a veces sí que había algún enfado, aunque la sangre no llegaba al río. 


Pero aprendí algo. Salvo como diversión, no servía de nada.


Siempre me sentí con mi corazón cerca de los míos y nunca hubo un enfado serio de verdad. Quizás alguna vez hubiera alguno, pero ganaban los corazones, que nunca se alejaban mucho.


No es bueno ni razonable enfadarse con alguien hasta el punto de provocar distanciamiento. Las emociones que afloran entonces son el rencor, el orgullo y a veces la ira, que en este contexto no son adaptativas y te perjudican.


Si notas que tu corazón se encuentra lejos de la otra persona, has de identificar qué emoción te produce esa distancia. ¿Tristeza?, ¿preocupación?, ¿enfado?, ¿indiferencia?


Piensa que dos corazones se alejan si antes han estado cerca. No puedes sentir ese alejamiento si la persona no es importante para ti, o es extraña.


Discutir y enfadarse son consecuencias de no aceptar otras opiniones distintas a las nuestras, no empatizar, no querer entender. 


Lamentablemente muchas personas se han alejado de corazón y el esfuerzo que requiere el acercamiento les resulta demasiado grande.


El enfado, el resentimiento, el orgullo, son barreras que impiden el acercamiento.


Si cuando sientes ese alejamiento tu sensación es mala y le das vueltas, o tratas de apartar esos sentimientos, piensa que es por algo. Que esa persona te importa y por eso te sientes mal.


El orgullo es una emoción bloqueante y disfuncional cuando produce enfrentamiento, enfado y distancia. Encastillarse en una posición inamovible y no hacer más por la relación con esa persona que te importa y con la que te has enfadado conlleva alejamiento y este solo lleva a que ese enfado se cronifique, aumentando la distancia más y más.


Todos tenemos corazones distantes que fueron cercanos. Todos llevamos mochilas de resentimiento, orgullo, enfado y rencor. Muchas veces por discusiones tras las que se ha producido desencuentro.


El tiempo pasa. Piensa en ello. No sabes cuando se va a acabar el tuyo o el de la otra persona.


¿Merece la pena mantener la distancia? ¿Es razonable que esa persona a la que quisiste y seguramente aún quieres y de la que te sentías cerca, ahora esté tan lejos? ¿Es posible hacer algo para acortar ese espacio que se ha abierto para acercar los corazones? 


Sí, es posible, pero deberías plantearte aparcar el enfado y el orgullo. Ambos son tuyos y suponen una pesada carga que requiere mucha energía para llevarla. No es fácil aligerarla y muchas personas están dispuestas a cargar esa mochila para siempre, en lugar de emplear la energía en acercarse de nuevo.

Puedes empezar por observar lo que te pasa, lo que sientes y lo que supone para ti esa distancia. Puede que creas que no te importa, que así es mejor, que no merece la pena, que al otro corazón le da lo mismo. Puede ser, pero no vayas a negar lo que te produce a ti, si es que te produce algo.


Si te diese igual, entonces no sentirías nada, ni pensarías más en ello. Si es así, está bien. Si no, piensa en lo que está en tu mano hacer.


A veces basta una disculpa, una llamada, un mensaje. Otras hace falta algo más o mucho más. En cualquier caso requiere tiempo. Los corazones que se separan requieren de una fuerza grande para volver a acercarse, para salvar la distancia que los separa.


En cualquier caso, el tiempo en este caso no suele ser curativo. Si tras una discusión se produce enfado y distanciamiento, mejor hacer algo pronto y no dejar que el orgullo y las emociones negativas ocupen ese frío espacio que se ha abierto entre los corazones. Si dejas pasar el tiempo, esas emociones se quedarán allí a vivir. 


Y te pesará. Mucho.

La única manera de aligerar la carga es tratar de acercar esos corazones que están lejos, sustituyendo todos esos malos sentimientos y emociones por la más poderosa, la única que puede lograr que los corazones se acerquen de nuevo: 


El amor.

Os enfadasteis, ya está. ¿Para qué persistir en el enfado? 


No dejes que exista en tu ahora, no dejes que se quede, que se enquiste. 


Porque mañana, que puede ser el próximo instante, podría ya ser tarde.



Jorge Arizcun
COACHING ACTIVO
Enero 2019







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domingo, 13 de enero de 2019

Domingos



    Acompañamiento para Gestión del Cambio 



¿Por qué esa sensación de que finaliza el fin de semana y la desazón consiguiente?

Puede que a ti no te pase y que el domingo sea un día más de la semana, distinto por ser festivo, ni mejor ni peor. 

Pero en general, entre los días del fin de semana el domingo se percibe como peor, especialmente por la tarde, al ser el preludio del duro comienzo de la semana, que representa el lunes.

El sábado se considera un día totalmente festivo, al no tener que trabajar (una mayoría) al día siguiente y el viernes es un día estupendo ya que desemboca de lleno en el tiempo de ocio.

Curiosa apreciación del tiempo y de los días.

Como siempre, es bueno hacer un ejercicio de relativización para equilibrar. 

Antes he puesto entre paréntesis que una mayoría tiene fin de semana como tiempo de ocio sin obligaciones laborales. Las personas que no lo tienen, evidentemente perciben todo lo anterior de forma muy distinta. Y aún voy más allá, las que no pueden trabajar, pueden ver con envidia a los que el lunes reanudan su trabajo, las que no pueden por estar enfermas, o vivir en situaciones vitales más extremas puede que ni se lo planteen. 

Así que, desde este punto de vista, resultante de relativizar, tener fin de semana es un lujo. Y trabajar durante la semana es un privilegio si lo comparamos con otras situaciones de personas que no pueden hacerlo.

Claro que hacia el otro lado podemos observar con la misma envidia que sienten esas personas a las que les gustaría disfrutar del fin de semana de ocio entre días laborables, a aquellas que no tienen que trabajar, para las que los fines de semana son una extensión a los cinco días precedentes, también sin obligaciones laborales o académicas. Personas jubiladas, o con situaciones económicas muy desahogadas, que no precisan trabajar para ganarse la vida...

Podemos mirarlo como queramos hacerlo. ¿Y si lo hacemos en positivo? 

Un Domingo es un día más para vivir. Una infinidad de posibilidades, un privilegio. Sea cual sea la situación que tengas es un regalo, como lo son el resto de días. El día siguiente ya vendrá, con lo que haya de traer. Trabajo, estudios, viajes, ocio... 

Da igual. Es VIDA, con mayúsculas. 

Míralo así y verás que no hay por qué estar mal, ni por que sentir desazón, ni malestar. Piensa que lo has disfrutado y piensa en todos los que no pueden hacerlo. Quizás alguna persona de las del otro lado, de las que no tienen que trabajar, ni estudiar, puede que te mire con envidia a su vez, ¿quién sabe?

La mejor forma de pasar un domingo por la tarde es vivirlo, con las posibilidades que ofrece una tarde de final de fin de semana en la que el tiempo parece que corre a otro ritmo. Se trata sólo de percepción y de pensamientos. 

La realidad es otra. Muy distinta. Mucho más profunda. 

Detén el programa mental "domingo por la tarde". Ese que hace tiempo quedó grabado y se dispara cada 7 días sin falta, provocando esas reacciones que sientes.

Aprovecha ese tiempo, ese ritmo más lento, el descanso, la actividad, lo que traiga. No es mejor ni peor que el lunes o que cualquier otro día. Cada uno es importante y único. Quítales el nombre y la carga de pensamientos que los clasifican y juzgan, y disfrútalos. 

No hay días de transición hacia otro día. Hay momentos sucesivos que vivir conscientemente. El domingo por la tarde no nos prepara para el lunes. Ni el viernes para el fin de semana. Son cada uno valiosos en sí mismos, con todos sus momentos. Y han de ser bienvenidos y disfrutados como vengan.

Feliz ahora, se llame como se llame.


Jorge Arizcun
COACHING ACTIVO
Enero 2019







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jueves, 14 de septiembre de 2017

¿Qué te estás comiendo?



    Acompañamiento para Gestión del Cambio 





Tu realidad es conformada por tus pensamientos.

Pensamientos que te vienen incesantes y que se cocinan en las ollas de tu cerebro (quizás de ahí la expresión de "se me va la olla"...)

Los pensamientos están hechos de ingredientes diversos que los conforman, unos pensamientos con más ingredientes y otros con menos.

Aspectos que influyen en el tipo de pensamiento, en el guiso que saldrá de esas ollas que nunca paran de cocinar. 

Aspectos de experiencias del pasado, influencias de personas, de lugares, culturales, morales, religiosos, heredados, vivencias reales e imaginarias, etc. 

Ingredientes que hacen que el resultado del guiso sea característico de tu cocina particular.

Una vez cocinados están listos para consumirlos y el comensal fijo de tu restaurante cerebral eres tú. 

El principal cliente, el que disfruta o padece los platos, que van saliendo sin que los pidas y que tienes la libertad de comer o no, aunque con demasiada frecuencia te los comes enteritos, aunque te sienten mal.

Y aunque no lo sepas ahora, entre plato y plato hay un espacio de tiempo posible, un intervalo sin comer que es posible ampliar.

Esta metáfora ilustra bastante bien el hecho de que tus pensamientos condicionan absolutamente tu existencia.

Muchas veces, demasiadas, son guisos que te sabes de memoria, de los que ya te has hartado de comer y aún así te los sigues zampando... ¡Y repites!

Realmente eres buen cliente de tu restaurante. Yo diría que con algo de adicción, o mucha, a sus platos, tus pensamientos que te comes sin pausa y que se repiten y repiten.

Y te cuesta tremendamente no comértelos. Crees que no puedes dejar de hacerlo (este pensamiento es un plato típico)

Muchas veces te sientan mal y no te encuentras bien después de comértelos.

Otras veces te los comes sin darte cuenta, uno tras otro, sin pausa, sin apenas respirar. Angustioso ¿no?

Porque no estás prestando atención, no estás presente.

¿Te comerías lo que te fuesen sirviendo en un restaurante sin haberlo pedido?, ¿Sin darte cuenta de lo que te estás comiendo?

No lo harías.

Pero con los platos que te sirve tu cerebro en forma de pensamientos incesantes, recurrentes y cocinados con los mismos ingredientes, sí lo haces.

Y es que te apegas a ellos. Realmente consideras que es la comida que debes comer. 

Y no es cierto. 

No todos, pero muchos no son saludables, y muchos no te gustan. ¡Y te los comes igualmente!

Tú y todo el mundo, salvo las personas que han logrado desarrollar la conciencia plena y la presencia plena, que son capaces de pararse, soltar los cubiertos, respirar...

Desarrollando esas habilidades es posible elegir, es posible desapegarse de esos pensamientos, rechazarlos, porque estando presente sabes lo que estás haciendo y no te vas a comer todo lo que salga de esas ollas, ni vas a estar comiendo todo el tiempo.

¿Por qué hablo de apego? Por la parte de costumbre que conlleva.

Tienes costumbre de comer ese tipo de guiso, costumbre de ese sabor, costumbre de esa textura y costumbre de no cuestionarte si te va bien o no, si lo quieres en ese momento o no lo vas a querer más. Costumbre de seguir comiendo sin detenerte y sin darte cuenta.

Te apegas a tus pensamientos. Tus pensamientos conforman tu realidad subjetiva. Por tanto te apegas a tu realidad. 

A lo que a ti te parece real.

Pensamientos. Muchos de ellos limitantes, saboteadores, pensamientos disfuncionales, perniciosos, que conforman tus creencias y que te comes sin pensar si te limitan o te potencian.

Tu cuerpo habla después y te sientes mal. No quieres sentirte así pero sigues comiendo y comiendo...

Puedes cortar con eso. 

Puedes empezar a identificar lo que no quieres, lo que no te gusta, lo que te limita, lo que te hace daño e igualmente lo que quieres, lo que te potencia y no te hace daño.

Puedes dar nuevas órdenes a la cocina para que cocine platos nuevos. 

Puedes hacerlo y lo harás, porque será más saludable.

No te apegues a esos ingredientes, a esos sabores, a esos guisos que son los que siempre has comido. 

Atrévete a probar cosas nuevas, a rechazar, a sugerir, a cambiar.

No puedes cambiar de restaurante, pero puedes hacer limpieza, reforma y hacer que funcione de otra manera y cocine otros platos distintos.

Eres el comensal y también el dueño del restaurante.

Puedes cambiar y descubrir cosas nuevas, guisos cocinados con ingredientes del presente, cocinados por ti ahora, presente en tu cocina, consciente de los platos y del espacio sin comer entre ellos, que puedes alargar si quieres...

¡Que aproveche!

Jorge Arizcun
Septiembre 2017





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