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sábado, 26 de septiembre de 2026

No te despistes

   

Acompañamiento para la gestión del Cambio



"No sabíamos que nos íbamos a hacer viejos tan rápido". 

Está frase se la he escuchado hoy a una vecina que acaba de regresar del hospital tras una intervención quirúrgica. Mientras estaba ingresada le han cambiado la bañera por un plato de ducha y ella, muy delgadita a su regreso, dice que eso tenían que haberlo hecho mucho antes, que no sabían que se iban a hacer viejos tan deprisa.

El tiempo pasa rápido. Hoy es el cumpleaños de mi madre, que falleció hace doce años, ¡doce ya!

Hoy cumpliría 93. Se fue con 81 y estos doce años han pasado deprisa, como pasarán los próximos doce.

Hay que tomar conciencia del paso del tiempo y de la impermanencia. Todo pasa y mucho más rápido de lo que pensamos. 

A medida que vamos cumpliendo años el proceso de envejecimiento se acelera y un día nos daremos cuenta y podremos decir la misma frase de mi vecina.

Cuando mi madre cumplió 80 años, le hicimos una fiesta sorpresa en un restaurante y ella decía que no le gustaba ni quería cumplir esos años. La vejez le alcanzó rápido y la muerte nueve meses después, demasiado rápido.

Yo pienso que mejor querer y aceptar el paso del tiempo y cambiar la bañera por el plato de ducha y adaptarse en la medida que se pueda al paso del tiempo. Vivir en lo posible con la máxima conciencia y agradecer cada día nuevo, que puede ser el último o el primero del resto que nos queda, que puede ser poco y no lo sabemos. Mi madre en su 80 cumpleaños no sabía que menos de un año después moriría. O quizás lo intuyera. No me lo dijo.

Sí me dijo, tras el ictus que le dio el mes de mayo siguiente: "no quiero morir".

Aprendí dos cosas, que la muerte viene cuando viene a por uno y que no querer es lo natural. Aceptarlo cuando se tiene conciencia es de valientes y cada día es un regalo. Es así, por duro y difícil que resulte ese último trecho.

Lo viví de cerca con mi suegro, que estuvo 6 meses en paliativos sabiendo que de esa residencia no saldría con vida y con mi padre, que se fue 42 días después que mi madre y pasó sus últimas dos semanas en otra residencia de paliativos, consciente de su final y tranquilo con su inminente destino.

Tenemos que saber que nos haremos viejos deprisa, a partir de un determinado momento, que será más o menos tarde dependiendo de muchos factores, algunos en nuestro control, como cuidarnos, hacer deporte, tener la cabeza activa, etc., pero otros absolutamente fuera de nuestro control, como una enfermedad, un accidente cardiovascular inesperado, una caída o cualquier otra cosa. Simplemente el fin de nuestro tiempo aquí.

Me pasa al perder de vista a gente, que después de no mucho tiempo sin verlos, o esa es mi apreciación, vuelvo a verlos en persona o en una imagen y me asombro del deterioro. 

¡Qué rápido pasa el tiempo! Los niños se hacen mayores muy deprisa, los acontecimientos se suceden sin parar, los avances y los cambios son muy rápidos. La vida es un instante. Así es. A escala cósmica prácticamente es nada.

Un sólo momento de conciencia es toda una vida.

Nos iremos. Y pasarán doce o quince años, así como si nada. Y seguirán pasando y seremos recuerdos cada vez más lejanos.

Vivamos. Vivamos con intención, enterándomos de los momentos, del máximo que podamos. Vivamos con la conciencia de que hoy no va a volver y que mañana igual no es.

No nos preocupemos tanto por todo. Apreciemos la vida y las personas con las que compartimos el camino durante trechos más o menos largos.

No nos apeguemos a lo material y aceptemos como parte de la vida el cambio, la pérdida, la desgracia, la alegría. Venga en el envoltorio que venga.

Hace unos días en mi caminata matinal con mi perro, actividad en mi control para "retrasar" el envejecimiento, pasé como casi cada día por un camino junto al cementerio y vi varias imágenes que pueden resumir esto muy bien:

Primero un coche, un buen coche con alguien que iba al cementerio de visita, después otro coche, también buen coche, de la misma marca, este fúnebre, que llevaba a alguien a su última morada.

Después, junto a una puerta lateral del camposanto un vehículo distinto, nada lujoso, ni siquiera a motor, un carro para transporte de féretros. Y finalmente, por encima del muro una cruz. Un resumen en instantes del camino rápido del cambio, del despoje y la muerte:


 

Esa cruz asoma por encima de ese muro que separa el mundo de los muertos del de los vivos y nos recuerda que ahora estamos a este lado en nuestra vida, con nuestra salud, nuestros seres queridos y nuestras posesiones materiales, sin ser conscientes que perderemos la salud, las cosas y las personas. 

Que el paso del primer vehículo al último será más rápido de lo que pensamos y que después estaremos para siempre, como decía la canción de Serrat, en cautiverio sin poder salir del cementerio. El camino inverso no es posible, al menos en este plano, así que vivamos como si mañana fuera el día en el que iremos en ese carro de féretros y dejémonos de estupideces, preocupaciones e historias. 

Vivamos el presente y tratemos de vivir conscientemente el paso del tiempo, los cambios y las etapas vitales, aceptando que somos un instante, pero un instante precioso de luz en la eternidad.

No digo eterna oscuridad, ojo. Eternidad, que es la luz suplema, suma de todos los instantes de luz que han sido, que son y que serán.

No te despistes, que no te pille de sorpresa la vejez y vívela consciente de vivir, instante a instante y sin miedo.



Jorge Arizcun
COACHING ACTIVO
Septiembre 2026


lunes, 26 de julio de 2021

Sótanos

 


    Acompañamiento para Gestión del Cambio 




Cuando las emociones te secuestran y se disparan los automatismos que no has logrado inactivar, tras años de trabajo personal, te das cuenta de lo difícil que resulta la desinstalación de esos mecanismos de respuesta automáticos.

Y tomas conciencia de que el trabajo no puedes hacerlo sin ayuda.

Si las respuestas reactivas te provocan problemas y daños, no te queda otra que redoblar esfuerzos, vivir con conciencia, con atención y alerta, sin dejar de buscar, hasta encontrar la manera de desinstalar esos automatismos.

En tu subconsciente se encuentran los armarios y los sótanos en los que están esos traumas, disparadores emocionales y respuestas reactivas. Entrar ahí, en esa zona mental más oscura, da miedo.

Por eso es mejor no hacerlo sola, solo. El trabajo personal hay que hacerlo individualmente, está claro, pero mejor con alguien que nos acompañe, un amigo, un profesional, la pareja, un familiar...
 
Y aquí vas a encontrarte con una barrera: el miedo a mostrarte, a parecer vulnerable, débil, a no dar la imagen que quieres dar de persona sin problemas, sin traumas, con todo bajo control. 

Esa barrera que todos y todas tenemos es una trampa al solitario que te haces. A corto plazo puede ser que te funcione. A medio y largo plazo te perjudica y mucho. Porque te hace mirar hacia afuera y valida la parálisis que produce el miedo, impidiendo que comiences siquiera a bajar el primer escalón al sótano.

Cada persona vive su vida como puede y sabe, cada cual de forma distinta. Y normalmente las cosas las siente así, tal cual salen sin avisar, sin espacio aparente para trabajarlas.
 
Sólo tú puedes saber lo que tienes ahí dentro, lo que has vivido, pensado, el contenido de esa mochila que llevas siempre a cuestas, llena de miedos, de traumas... Esa mochila no es más que tu sótano y en su oscuridad sólo cada persona sabe lo que hay. Y a veces ni eso. Sabe lo que pesa, pero no lo que contiene.

Descubrirlo es la tarea, atreverse a bajar a ese sótano o asomarse al interior de esa mochila llena de recovecos, de bolsillos ocultos. 

Los miedos a la oscuridad se combaten con luz. Para bajar al sótano necesitas luz y calma, Igual para asomarte al interior de tu cargada mochila. Deja que la luz penetre en esos oscuros recovecos. La tuya propia y la de quien te acompañe, que a veces es más potente que la tuya, debilitada y poco eficaz en esos lugares oscuros. 

Esa poca luz produce sombras alargadas y distorsionadas que te asustan como si fueran algo más que sombras. Necesitas la máxima luz posible para ver con claridad lo que hay ahí. Seguro que te asustará menos y más seguro aún, te sentirás mucho mejor identificando todo aquello que está ahora oculto y que explica esas emociones que surgen y que pueden secuestrarte, disparando las reacciones automáticas.
 
No hay peligro ahí, Solo recuerdos. 

Pero has de ir con paso firme y con determinación. 

Quien te acompañe debe a su vez saber que debe respetar totalmente tu vivencia, el contenido de tu mochila, de tus recovecos, de tu sótano, con empatía, sin juicio y sin tratar de protagonizar nada en la historia de la que el papel protagonista lo tienes exclusivamente tú. Es tu vida, es tu mente, son tus miedos.

Nadie puede arrogarse el derecho de ni siquiera opinar, porque jamás va a poder cargar con tu mochila, ni saber lo que pesa. Sólo puede ayudarte a aligerarla, no directamente sino iluminando y sosteniéndote cuando el miedo te haga dudar o tambalearte, animándote a seguir cuando te paralice. 

Estando ahí contigo, sin más. Con respeto, con compasión, sin opinar, sin juzgar...

Eso es hacer las cosas con amor y es lo que debes exigir a quien elijas para acompañarte en ese viaje a tu interior.
 
Parece poco, sólo amor, pero no es fácil, ni para ti, ni para quien vaya a acompañarte. Pero el amor es una potente fuerza, la más potente y con ella puedes ir a cualquier parte y poder con todo.

Por tanto: "que la fuerza te acompañe" y la luz te ilumine el camino haciendo desaparecer las sombras, que son ilusiones que te asustan.

Con luz, tu sótano verás que parece otra cosa. 

sábado, 28 de marzo de 2020

Luces y Nubes




    Acompañamiento para Gestión del Cambio 





Ayer a última hora del día, tras los aplausos dirigidos desde las ventanas a las personas que se están dejando la piel por todos, salí a dar una vuelta a la manzana con nuestra perrita nora que, ajena a todo esto, demanda su paseo cada día, tras una paciente espera. Sabe que tras los aplausos, que le asustan un poco, toca salir a la calle que ahora es distinta, vacía, sin coches, sin ruido, sin nadie.

Apenas habíamos avanzado tras doblar la esquina poco después de salir del portal, cuando el imponente silencio se vio interrumpido por un sonido ronco de un motor grande de máquina que provenía del final de la calle por la que avanzábamos.

Vivimos en un pueblo manchego en el que las calles son irregulares y las manzanas de casas también. La manzana de nuestra casa es corta en el lado de la fachada del portal y larga en el de las perpendiculares. Nora y yo caminábamos por la de la izquierda de nuestro portal, que viene a ser el doble de larga que la parte de nuestra casa.

Iríamos por la mitad, más o menos, cuando escuchamos el ruido. La perrita levantó la cabeza y las orejas, dejando de husmear el suelo. Yo miré al fondo de la calle sin ver nada. Seguimos caminando un poco más y de pronto vi que al fondo la entrada de la calle se iluminaba. Al poco, unas luces aparecieron. Potentes luces que irrumpieron en la esquina, mientras el sonido aumentaba su potencia.

Nos detuvimos en seco. Entonces pude ver que detrás de esas potentes luces se formaba una nube blanca a cada lado, que llegaba en altura hasta las ventanas de las casas, casi todas de un solo piso (hay pocas casas de dos plantas en esa calle)

Entonces caí en la cuenta de que lo que avanzaba por la calle vacía en la que sólo estábamos la perra y yo, era una máquina grande con potentes focos y que las nubes eran el resultado de una pulverización. ¡Estaban fumigando!. 

Rápidamente nos dimos la vuelta y avanzamos deprisa hacia la esquina, mientras ese artefacto avanzaba ruidosamente, fumigando sin detenerse.
Cuando llegamos a la esquina para doblar a la derecha hacia nuestro portal, decidí cruzar y avanzar por una calle de enfrente, no contigua a la que habíamos dejado, sino algo más a la derecha, para ver aparecer la máquina.

La esquina de la calle que acabábamos de abandonar a toda prisa, perseguidos por las luces y las nubes, se iluminó con gran intensidad y aparecieron los focos, detrás de los cuales la mole de un tractor de gran tamaño arrastraba un remolque con un voluminoso depósito y con unos aspersores en la parte trasera en forma de abanico, que pulverizaban a ambos lados una nube espesa. 
Yo había visto esa imagen en el campo, nunca en una calle.

Entonces giró hacia la izquierda, en sentido contrario adonde la perrita y yo nos habíamos detenido, mirando atónitos la aparición y el avance del enorme tractor que arrastraba el remolque con el depósito, pulverizando a los lados sin cesar esas nubes, mientras se alejaba ruidosamente tras doblar la esquina.

Un fuerte olor a cloro, a lejía, nos llegó enseguida y decidí que ya era hora de volvernos, pensando en que la pequeña nora podía intoxicarse (no pensé en que yo también hasta después, ya en casa) Bajé la vista y vi que me miraba fijamente, con las orejas levantadas, como diciéndome: "¿nos vamos ya a casa o qué?"

Un vecino nos hacía señas desde su ventana, señalando hacia el lado contrario al que avanzaba alejándose el tractor que acabábamos de ver. Al salir de la calle en la que estábamos para cruzar a nuestro portal, otra vez un sonido ronco y fuerte de motor, esta vez más cercano, y otras potentes luces avanzando hacia nosotros.
Cruzamos rápidamente (tengo que reconocer que con cierto miedo, nora también, con el rabo entre las patas traseras) y bajo la mirada del vecino en su ventana entramos rápidamente en el portal.

Ya a salvo en casa, salimos a la terraza grande donde vive nuestra perra y al asomarme vi pasar ese tractor de gran tamaño, con el sonido de su motor al que se añadía el del compresor adosado al depósito, que pulverizaba a ambos lados a través del abanico de aspersores, dos amplías y espesas nubes de desinfectante, que no llegaban hasta nuestra altura (un segundo piso) pero sí a todo el ancho de la calle, las fachadas y ventanas hasta casi el primer piso a ambos lados a su paso.
Vimos como el convoy giraba enfilando hacia donde poco antes estábamos nora y yo mirando atónitos el anterior tractor.

Me pareció una escena surrealista y distópica que me hizo tomar verdadera conciencia de la gravedad de la situación en la que estamos, en la que los ayuntamientos ordenan la fumigación de las calles de los pueblos y las ciudades para desinfectarlas y combatir la pandemia.

Durante bastante tiempo se sucedieron las pasadas de las fumigadoras y desde dentro de casa escuchamos una y otra vez el ruido a su paso. 

Esta experiencia, como la de todos en esta situación de alarma y confinamiento, refleja la excepcionalidad de la misma, en la que estamos viviendo de forma colectiva algo desconocido y de una magnitud de la que cuesta hacerse a la idea.

Luces y nubes que nos hacen aterrizar forzosamente en la verdadera dimensión de lo que ocurre y tomar conciencia colectiva de la necesidad de permanecer en casa y salir lo estrictamente necesario. Porque ese virus puede estar en todas partes y son necesarias medidas drásticas, incluidas ruidosas máquinas que rompen el inusual silencio de las calles, iluminando con sus potentes y fantasmales luces, tras las que nubes de disolución de cloro pulverizado rocían las superficies a su paso.

Desde aquí mi aplauso también a esos agricultores que con sus tractores avanzan ruidosos, lejos de los campos por nuestras calles, iluminándolas a su paso y esparciendo nubes de desinfectante.


#yomequedoencasa



Jorge Arizcun

domingo, 22 de marzo de 2020

Tras la tormenta II




    Acompañamiento para Gestión del Cambio 





No quiero ser yo quien me regodee en un discurso negativo y catastrófico. Tras la entrada anterior en la que quise llamar la atención sobre la necesidad de tomar conciencia de nuestra responsabilidad como especie que comparte casa común, en esta quiero adaptar el texto de una antigua entrada que escribí, a la situación actual.

Esa entrada se titula "Tras la tormenta..." y hacía referencia a aquello que sucede y sobre lo que no tenemos control.

Una tormenta fuerte puede ser catastrófica y se puede ver venir o no. Pasará, como todas las tormentas y llegará la calma. Y se verán los daños a reparar.

Esta situación que ahora vivimos es una descomunal tormenta, de la que era imposible prever su tamaño y duración. Todos habíamos visto encapotarse y oscurecerse el cielo a lo lejos, sin poder hacer más que contemplarlo sin forma de saber si llegaría aquí, cómo iba a ser, ni la cantidad de agua que iba a precipitar, ni el aparato eléctrico que la iba a acompañar, ni su violencia, ni tampoco los daños y consecuencias que iba a ocasionar.

Nos ha pillado desprevenidos. Nos está cayendo una terrible tormenta con esta crisis sanitaria, a cada cual en su lugar.

Siguiendo con el símil tormentoso, no podemos saber en este momento si debido a la fuerza del agua y las filtraciones, se hundirá o no el suelo bajo nuestros pies.

Puede que antes de la tormenta hayamos caminado por ese terreno que tras ella va a hundirse. No hemos sido conscientes de su fragilidad, nos parecía sólido, pero posiblemente ya estuviera socavado por filtraciones anteriores.

Una tormenta, como muchos otros fenómenos naturales, como es esta pandemia que ahora vivimos, es una prueba patente de la absoluta falta de control que tenemos sobre lo que acontece.

Pero sobre lo que sí tenemos control es sobre lo que nosotros hacemos y el grado de conciencia y responsabilidad con los que vivimos.

La tormenta, como esta crisis, puede pillarnos desprevenidos. Lo que sí es cierto es que con un grado de conciencia mayor podemos evitar o paliar sus efectos.

Si durante la tormenta, cuando arrecia el fuerte viento y la precipitación es intensa, incluso con granizo de gran tamaño y caen rayos sin cesar, salimos al exterior, nos vamos a mojar, el granizo nos va a golpear, el viento nos va a azotar y puede que nos parta un rayo...

No tenemos manera de evitar que se forme ni que se desate una tormenta. No podemos prever sus consecuencias, que pueden ser muchas y graves.

Lo que es cierto es que pasará. Y como ocurre con todas las tormentas, tras su paso volverá a salir el sol que iluminará el panorama posterior que puede ser poco acogedor...

Tras la tromba de agua, el viento, el granizo y los rayos, volverá a salir el sol sobre los daños. En ese momento lo que tocará es ponerse manos a la obra para reparar lo que pueda repararse, para limpiar, tirar, colocar, reconstruir...

Y no quedará otra que respirar profundamente y seguir adelante, sin juicios ni lamentaciones. Trabajar codo con codo mirando al frente.

Siempre tras la tormenta viene la calma. En el caso de una tormenta, la calma atmosférica. En el caso que vivimos, esta pandemia, también pasará, se calmará todo y tocará rehacerse.

¿Qué pasa en lo personal? Ahí es donde hay que realizar el verdadero trabajo de reconstrucción, porque como sociedad e individualmente esta pandemia va a causar daños en lo profundo. Será, es, momento de replantearse las cosas y tomar conciencia de lo que se debe cambiar, lo que se debe limpiar, lo que se debe tirar.

Toca trabajar la calma interior. Desde la conciencia de saber que no podíamos prever los daños a los que nos enfrentamos y nos enfrentaremos, pero también con la certeza de saber que tenemos que hacer cambios y replantearnos cosas. 

La tormenta, como la pandemia no es algo bueno ni malo. Es un acontecimiento que sucede y pasa. Siempre pasa, dejando huella a su paso.

En la vida se suceden las tormentas, a un nivel individual y también colectivo. Las hay que provocan destrozos considerables que nos tambalean y cuando pasan dejan un panorama desolador. Ese será el nuevo escenario en el que habrá que trabajar. 

Tenemos que ser conscientes de la necesidad de arreglar y reforzar para paliar en lo posible el poder destructivo de la siguiente tormenta, que vendrá con toda seguridad.

Debemos aprender, no solo tras la tormenta, sino antes de la próxima. Debemos observar y estar atentos a las señales que indican la proximidad de la siguiente tormenta para que no nos pille desprevenidos, ni en donde no debemos estar. Para que no nos pille sin abrigo, ni paraguas, ni impermeable...

Aprender y observar. Aprender de las tormentas pasadas y observar con mucha atención el presente para prevenir las futuras.

Va a haber daños, muchos. Cuanto más grande y violenta la tormenta, y esta pandemia lo es, mayores esos daños y más graves las consecuencias.

Cuando pase, que pasará, no es que escampe y ya está. No va a ser así. Va a tocar trabajar duro y no va a valer lamentarse.

Esta tormenta debe servirnos. Aunque no la queramos y nos den miedo sus truenos y sus rayos, aunque destruya.

Nos acordaremos de ella en el futuro. Deberíamos hacerlo para no repetir los errores, Si la olvidamos y no cambiamos nada, la siguiente nos dará más miedo y nos hará más daño.

Aprendamos y cambiemos lo que es necesario cambiar. Esto es un aviso de la Naturaleza para que lo hagamos. No es sostenible nuestro modo de vida y lo sabemos. Pero no debemos acordarnos de Santa Bárbara sólo cuando truena, como dice el refrán. O como dice el otro, más vale prevenir que curar. Porque puede que esa próxima tormenta no nos de opción y no quede nada que curar. 

Ánimo y que cada cual se revise y ojalá podamos revisarnos colectivamente. Es la única forma de ayudar a la Naturaleza a recuperar el equilibrio, que como decía en la entrada anterior, va a hacerlo de todas formas, con o sin nuestra colaboración. Mucha paciencia y a quedarse en casa hasta que escampe.




viernes, 13 de diciembre de 2019

Volando



Acompañamiento para gestión del cambio



Cuando tienes sentimientos de abundancia y bienestar, la configuración de la realidad se ajusta a esos parámetros y tu vida se vuelve abundante y placentera.

No quiere decir que todo sea de color de rosa, ni que todo sea perfecto, pero como las cosas no son perfectas o imperfectas, buenas o malas, sino que "todo depende del cristal con que se mira" la percepción de la realidad que solo es, no de determinada forma, viene condicionada por el cristal, con el filtro a través del cual la ves.

En el caso de que esa lente sea la de la abundancia y el bienestar, la percepción será la del vaso medio lleno.

Desde esa percepción se te mostrará una realidad acorde con esa visión, que genera pensamientos y emociones alineadas con ella. Así que verás el vaso medio lleno y no medio vacío, que correspondería a una percepción de escasez y malestar.

¿Cómo sintonizar con esa percepción positiva? Hay una técnica, sencilla, que es la del Decreto.

Un decreto es una afirmación que has de elaborar de forma consciente y repetirla. Es como una señal lanzada al Universo, personalizada, en presente y con la conciencia de ser una realidad ahora y el agradecimiento por serlo.

Un ejemplo, que yo uso, para este mensaje poderoso de sintonización con la realidad vista desde ese prisma:
Como debe ser en primera persona y personalizado, es decir, que se refiere a ti y solo a ti, el comienzo del decreto deberá ser: "Yo, tu nombre y apellidos, y la afirmación.

Mi ejemplo: Yo, Jorge Arizcun Ceñal, tengo abundancia y salud
Y añades: Desde que tengo memoria.
Para que la afirmación se materialice en presente y se proyecte hacia el futuro, continúas con: Así sea, así es, está hecho.
Para terminar es necesario agradecer por esa realidad, símplemente. uno o varios Gracias.

El decreto queda así:
Yo, Jorge Arizcun Ceñal, Tengo abundancia y salud desde que tengo memoria. Así sea, así es, está hecho. Gracias, gracias, gracias.

Un decreto se asienta repitiéndolo, cuantas más veces mejor y durante días. Puedes hacerlo en voz alta o baja, como una oración, o bien pensando la frase conscientemente.
 
Ese mensaje es recogido por la inteligencia superior, el Universo, Dios, o como cada cual quiera denominarlo y la respuesta llegará.

Otra cosa importante es tener fe y no albergar expectativas. Esto puede parecer contradictorio, pero no lo es. La expectativa supone tratar de condicionar la respuesta, pero eso no puede hacerse. Hay que creer y soltar. Esa respuesta vendrá en la forma que haya de venir.

Sintonizar con la frecuencia correcta viene determinado por la repetición. Nuestro cerebro se "programa" y se sitúa en esa frecuencia. La realidad se ve modulada y se alinea con la afirmación y la respuesta llega. En el modo correcto.

Este ejercicio es poderoso y logra transformar la realidad. 

El decreto es lo que quieres, lo afirmas sin pedirlo, lo fijas al presente y lo agradeces. Nada más. Cientos de veces, cada vez que te acuerdes, cada vez que puedas.

Yo lo hago mucho durante el camino en moto a mi trabajo, en momentos en los que necesito calmar la mente y re-sintonizar con mi presente, antes de dormir, cuando me ducho, paseando con mi perra..., siempre que es posible.

Y ¿qué puedo contar? Pues que funciona. Y funciona porque combina varias disciplinas en una. La fe, la ley de la atracción y el Ho'oponopono.Que realmente vienen a surtir el mismo efecto.
Palabras de alta vibración, como "Gracias" que repetidas actúan como llave, como código de apertura. La ley de la atracción dice que lo que pides se te da, pero es una interpretación. Más que pedir, se trata de afirmar. El cerebro entiende de afirmaciones en presente y en positivo y el Universo, o Dios que es la extensión de nuestra mente, también.

La abundancia aparece en la realidad y el bienestar también. Como es una percepción, lo es independientemente de la expectativa o de la idea prefijada que tengas sobre ambas cosas.

Con la sintonía correcta podrás ser abundante con mucho o con poco, el filtro estará puesto y todo será abundancia. Con la salud y el bienestar también.
Aunque tengas o contraigas una enfermedad, tu percepción enfocará a la parte positiva de lo que sea que aparezca en tu presente y lograrás fijarlo ahí.
 
En mi caso, puedo contar que tras una etapa de mi vida oscura, difícil, con pérdidas, con la salud mental mermada por un estado depresivo, con desesperanza, miedo, angustia, sentimientos de escasez, pensamientos de pobreza y malestar, inicié con la guía y la ayuda de ese algo superior a mi, que yo denominó Espíritu Santo, un camino de autoconocimiento, complementado por un proceso de coaching (acompañamiento a la acción) y por estudio y lecturas relacionadas con el crecimiento personal, el mismo coaching, el ho'ponipono, el mindfulness, meditación, el tratamiento de la ansiedad mediante acupuntura y terapia holística oriental, que lograron que fuese reduciendo paulatinamente la medicación química (ansiolíticos y antidepresivos)

Poco a poco, trabajando a diario, escribiendo, acudiendo a terapia psicológica y con fe y trabajo personal, llegue al punto en el que tomé contacto con esta poderosa herramienta que es el decreto y lo puse en práctica.

También lo he simultaneado y lo sigo haciendo con la repetición de palabras de alta vibración, que es el Ho'oponopono, la práctica de la atención plena (mindfulness) y la oración, que en realidad se complementan y finalmente son todo en uno.

¿Y qué ha ocurrido? Pues algo sorprendente. Todas las facetas de mi existencia se han ido arreglando, una por una, y se ha asentado un sentimiento de abundancia, salud, bienestar y gratitud que hacen que vea mi realidad ahora llena de presentes, en el sentido de regalos y en el sentido de aquí y ahora. 

Presentes en presente. Creo que muchos ya estaban ahí pero no podía ser consciente de ellos. 

He logrado, y tú también puedes hacerlo, despertar a una realidad que me sorprende, positiva, de abundancia y bienestar. En paz e independiente de los acontecimientos, de lo material y de lo externo. 

Este modo mental logra que aprecie lo externo como abundante y mi organismo, la parte material que me transporta y me conecta con el exterior, como saludable.

Hoy, y de ahí el título de esta entrada, me encuentro volando, en este preciso instante en el que estoy escribiendo. Estoy en un avión, rumbo a las Islas Canarias, tras haberme casado hace unos días, con una persona a la que en un modo mental distinto, aunque hubiese aparecido en mi vida, simplemente no habría visto.

Disfruto de una estabilidad laboral, en un trabajo y una empresa que me encantan, de una estabilidad familiar, personal y económica cada vez mayor y con unas perspectivas buenas, aunque sin expectativas. 

Sí con intención y enfoque, pero sin expectativas. Porque lo que tenga que ser, será y será bueno y correcto.

Vuelo hacia mi destino, que en este preciso momento se reduce a volar. Nada más.

Tú también puedes, da igual de donde partas. Trabaja en ti, aprende, escucha, respira, conecta, cree y construye tu decreto.

Y repite, repite, repite...

Ten fe y agradece. 
Todo el tiempo. 

Tu realidad se va a transformar y como yo, volarás.
Buen vuelo.