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lunes, 13 de marzo de 2017

¿Entramos al cine? Ponte las gafas...

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal






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Resultado de imagen de logo youtube png 
https://www.youtube.com/watch?v=8MTt-9nwAcw
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Nada está mal. Ni bien.
 
Estos días estoy de subidón... 

Pero todo está igual. Igual. En el exterior.

Aparte de algún cambio en el clima, porque se acerca la primavera y en la luz, las cosas están ahí fuera más o menos igual.

¿Y el subidón? Es por lo que ocurre dentro, en mi interior.

Ahí sí que están sucediendo cosas.

Y es que desde hace ya algún tiempo, ese trabajo que estoy haciendo allí dentro comienza a notarse y mucho.

Ese Interior, que uno dice, "lo tengo ahí mismo, cerca" porque imagina que está dentro de su cuerpo y muy a mano, no lo está tanto. Ni mucho menos.

En el camino hacia el interior, que no es un camino físico, las distancias pueden ser enormes.

Y las barreras muy difíciles de sortear.

Y como todo es relativo, la percepción de lejanía o cercanía es muy variable. 

Ese viaje interior puede parecernos largo y difícil, o corto y fácil. O las dos cosas.

En realidad es un viaje que uno no se plantea de forma natural. Los caminos, según nos dicen nuestros sentidos y la razón, están fuera. 

Dónde los sentidos pueden experimentar y la razón interpretar.

Pero el camino hacia el interior, hacia el alma, hacia el Yo conectado con el Todo, es la ruta más trascendental y necesaria que uno puede hacer a lo largo de su vida. 

Es la ruta personal, la del verdadero aprendizaje, la del despertar.

Porque lo que ocurre en ese viaje, trasciende todo lo demás. 

Cuando uno encuentra en su interior lo que es esencial, lo verdaderamente importante, descubre que lo del exterior, lo de afuera, no lo es tanto. 

Porque es fugaz, es cambio, es ajeno.

El trabajo, el dinero, las relaciones sociales, los problemas, los conflictos humanos, lo material, no somos nosotros. Son eso, cosas. 

No son importantes en sí mismas. No nos definen y no tienen que ver con quién somos realmente. 

Son como un atuendo con el que vestir a nuestro personaje para el exterior. 

No digo que esas cosas no sean importantes, no. Son necesarias. Pero no están en nuestro control. Porque son cambiantes y muchas veces, o todas, aleatorias.  

Son percepciones, que cambian si nosotros cambiamos.

Lo que descubrimos al adentrarnos en el camino de nuestro interior, es que lo de fuera depende de lo de dentro.

Cuando uno encuentra esa parte esencial y descubre que es independiente de 
todo lo que pueda acontecer en el mundo exterior, independiente de las aventuras, dichas y desventuras del personaje que transita por el mundo, por la Tierra, entonces despierta. 

Y ese estado de conciencia trascendental, ese encuentro con el Yo, en el lugar en el que puede encontrarse verdaderamente la Paz, nos hace ser conscientes de que todo lo que ocurre fuera, en el "teatro" de la vida, es absolutamente subjetivo. 

Cambia aunque no cambie. 

Porque lo verdaderamente cambiante es nuestra apreciación. 

En un estado de paz interior consciente, vemos ese teatro que es la vida, vemos nuestro personaje, pequeñito, ahí en su mundo, sufriendo o gozando, reaccionando, tratando de encajar, improvisando, buscando su sitio, el reconocimiento, buscando la posición social. 

Preocupado, tenso, vulnerable.

Y somos capaces de tan solo decir, "está bien", "sea como sea está bien" son experiencias de nuestro ser físico, aprendizajes.

Nos damos cuenta que todo eso va a pasar y va a desaparecer. 

Todo.

Entonces podemos estar muy tranquilos, porque sabemos que lo que no va a desaparecer es nuestro Yo, (que no es el personaje) 

Ese Yo conectado y parte del Universo. 

Es más complejo que lo que las palabras pueden describir. 

Se descubre esa grandeza del Ser, esa relatividad que deja los problemas y las vivencias terrenales como cosas intrascendentes, percepciones relativas. 

Por eso se encuentra Paz. 

Y empiezan a desaparecer los miedos. Cambia el punto de vista. Cambia lo que vemos, la "realidad"

Es como si entrásemos al cine a ver películas en 3D, una y otra vez... Sin gafas.

Si no sabemos que son en 3D, lo que vemos siempre pensamos que es así.

Cuando caminamos hacia nuestro interior es como si fuésemos poco a poco poniéndonos las gafas, o más bien como si cada nueva ocasión en la que entramos a ver la película nos dieran unas gafas con cada vez más superficie de visión 3D. 

Aumentando esa visión muy poco a poco.

Al principio no notamos apenas diferencia, pero vamos notando que algo cambia.

Hasta que un día, si seguimos yendo al cine y no nos hemos cansado de ver tan mal y a medias, de repente vemos en 3D.

Nada que ver con antes. Nada. 

Es otra cosa. 



Este símil me gusta. Gafas 3D.

Ni idea de que se me iba a ocurrír esto...

Pero es gráfico. 

Y la peli, es increíble. La realidad. Lo que es. No lo de fuera, sin gafas de 3D. Porque sin ellas lo de fuera es una distorsión. 

¿Qué me pasa estos días? 

Que estoy mirando hacia dentro. 

Que aunque aún no veo del todo bien, sé que voy a acabar haciéndolo y sé que voy a alucinar.

Mira, el ejemplo del cine también nos sirve. Es un camino hacia el interior. 

Y la pregunta es ¿qué es lo real? ¿el exterior fuera del cine? ¿o la película en 3D?

Ahí lo dejo.

Si te animas, disfruta del viaje y ve poniéndote las gafas, que poco a poco irás enfocando, hasta ver claro. 

Verás que lo de fuera ya no es como pensabas. Ni lo de dentro. 

Eso es seguro.

Jorge Arizcun

martes, 7 de marzo de 2017

El Duro Trabajo de Reinventarse 2

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal





2




Continúo con la segunda entrega de "El Duro Camino de Reinventarse", que este tema da mucho de sí.

Como estoy haciendo el programa de Gestión del Cambio, aprovecho que hay mucho contenido interesante para trabajar y lo comparto por aquí, por si puede ser de ayuda.

Espero que sí.

Y creo que puede dar para alguna entrada más...

En la primera parte, estábamos subiendo por el tortuoso y empinado camino de ese reinventarse

(https://totconsultingsolutions.blogspot.com.es/2017/02/el-duro-trabajo-de-reinventarse.html)

Empinado y tortuoso, sí. Pero a medida que nos vamos adentrando y vamos subiendo, vamos entrenando. 

Al principio resulta muy penoso y cansado y uno no puede más que mirar al suelo, donde va a dar el siguiente paso.

Poco a poco vamos más ligeros. Primero porque aligeramos la mochila. Y después porque vamos estando más fuertes. Y más tarde porque las condiciones mejoran.

Esto nos permite ir poco a poco levantando la cabeza. Ya no estamos tan cabizbajos, mirándo fíjamente el camino. No.

A medida que vamos avanzando y levantando la vista, podemos ver algo más que el sitio en el que vamos a poner el pie. Podemos ver que alrededor hay paisaje. Cambiamos la perspectiva.

No todo es el camino y su dureza, o la dureza que percibimos. También está el entorno, el contexto. Y suele ser sorprendente.

Si podemos levantar la cabeza y mirar alrededor, todo cambia. Porque podemos comenzar a apreciar dónde estamos. Podemos ver que hay mucho más y que merece la pena. 

Paisajes, verde, cielo. Quizás agua, ríos, lagos, cascadas. Nubes, animales, silencio, viento..., quizás acantilados, mar...

No todo son piedras, arena, barro, camino empinado. Hay mucho aliciente alrededor.

Esto lo primero.

Hoy quiero hablar del principal compañero de viaje con el que contamos.

¿Adivinas quién es?

Exacto (para quien lo haya adivinado) Nosotros Mismos.

Ese es nuestro compañero. Inevitablemente vamos a transitar el camino con él. Y más nos vale llevarnos bien. Porque si no es así, realmente puede resultar muy penoso.

¿Qué le decimos a nuestro compañero de viaje?

Para esto vamos a hacer el ejercicio de colocarnos a su lado, como observadores y contemplarlo, sin juzgarlo. Sin juzgarnos.

Miremos su postura, su actitud, su mirada, su equipo. Miremos solamente.

Observemos su mochila. Esa pesada mochila que lleva a la espalda, con la que tiene que subir esa empinada cuesta.
Hay que decir que la cuesta es muy empinada al comienzo. Quizás no lo sea tanto, pero si se lo parece a nuestro caminante. 

Porque iba por un camino mucho más llano y llevadero, la mochila no le pesaba tanto y de pronto ese camino tiró para arriba, en un brusco cambio de pendiente.

¡Uf! Frenazo. No puedo mantener el ritmo. La mochila ha doblado su peso y me tira para atrás. La sensación es intensa. La apreciación de dificultad se magnifica hasta extremos de pensar: No puedo.

Pero (cuidado con la palabra "pero", que es un gran borrador) en realidad sí que puedes.

El lenguaje crea realidades. Si dices que no puedes, no puedes. Eso es un hecho.

Es como si pusiésemos un filtro a la realidad. Un filtro con partículas limitantes que se activaran cuando el lenguaje fuese limitante, convirtiendo la realidad en aquello que decimos.

Cuando llega el momento de cambio y lo que era un camino cómodo y llevadero se convierte de repente en un difícil, empinado, irregular y estrecho sendero, lleno de piedras, espinos y resbaladiza arena, es absolutamente normal detenerse. Pero no detenerse para no seguir.

El camino por el que íbamos ha desaparecido, ya no existe. Tenemos sólo este por delante.

Pero este panorama tan desolador es solo el inicio de esta nueva ruta. Y ¿sabes qué? Que ni es tan empinado, ni tan difícil, ni tan irregular ni estrecho, ni las piedras son tantas, ni tan grandes, ni los espinos lo pueblan todo y la arena no es resbaladiza todo el tiempo.

Lo que pasa es que lo comparamos con el anterior, al que estábamos acostumbrados y nos parece todo eso. 

Y además nos lo decimos. Con el lenguaje interior creamos esa realidad. Y por delante no es que tengamos un camino, sino que hemos levantado una pared vertical.

Por eso es muy recomendable observar bien y observarnos a nosotros mismos. Y observar lo que nos decimos.

Si yo soy mi único compañero de viaje y me encuentro con este cambio repentino, ¿qué me diría? 

¿Qué le diríamos a un compañero que fuese junto a nosotros caminando y que se encuentra con un cambio de desnivel y un camino más difícil de golpe?

¿No puedes?, ¿párate?, ¿abandona?, ¿déjalo?, ¿va a ser así todo el tiempo?, ¿olvídate de que mejore?, ¿sólo puede ir a peor?, ¿tú no vales?

¿O más bien le dirías a ese querido compañero de ruta ¡venga, ánimo!, ¡tu puedes!?

Yo creo que si lo miramos así, y nos miramos a nosotros con amor y con compasión, como ese compañero con el que caminamos, no nos diríamos esas cosas tan negativas y limitantes.

Porque esas cosas no se las diríamos a otra persona con la que fuésemos de ruta por la montaña. Nunca.

Entonces ¿por qué nos las decimos a nosotros? 

El camino puede endurecerse, mucho, de golpe. Sí.

Pero todos sabemos que son tramos, etapas. Que después viene un tramo más cómodo y más llano y más ancho.

Que tarde o temprano vuelve a descender. Que encontraremos agua. Que si hace mucho frío o mucho calor, o mucho viento, va a cambiar. Seguro.

Podemos parar para tomar aliento y para deshacernos de peso innecesario en la mochila. Esa pesada mochila. Pero no crear con nuestro lenguaje una realidad distorsionada que nos paralice. Porque no es verdad. No es real.

Los que habéis hecho rutas de montaña lo sabéis bien. Hay tramos difíciles y complicados, que forman parte de la ruta. Así es la montaña.

Recuerdo cuando alguna vez haciendo senderismo, mi hijo pequeño se enfadaba cuando el camino se empinaba y decía: - Jo, ¡hay cuestas!
Yo me sonreía y le decía, - claro, estamos en la montaña. Pero sigue que más adelante es más fácil y luego bajaremos.

Le animaba a seguir, le enseñaba que así es el monte y que por eso es tan especial caminar por él. Que no sólo es el camino. Le distraía con los paisajes, con la orientación, con la vegetación, con la fauna.

Igual que la vida. Igual. 

Es cómodo andar por terreno llano, o por la ciudad. Pero es monótono. No hay reto.

Pensemos así. Un reto. Otro reto. Podemos superarlos, claro que sí. Porque tenemos las condiciones, vamos bien equipados y vamos bien acompañados. Con la mejor compañía que podemos tener, la que más nos conoce y la que más debe queremos y a la que debemos querer. Nosotros mismos.

La vida es un camino. Un camino que va cambiando constantemente. Puede que a veces de forma imperceptible, pero siempre cambiando. 

Esos cambios pueden ser bruscos, mucho, pero no debemos recrearnos en eso, debemos aceptarlo y seguir. Adaptar el ritmo, que será más lento si se vuelve muy empinado y tiene más obstáculos. Adaptar la respiración, hacer más paradas, reponer energías...

Pero no decirnos cosas negativas, limitantes. Ni referidas al camino, ni a nosotros mismos. Ir paso a paso y levantar la vista a menudo para apreciar todo lo que nos trae. No sólo dónde pisamos. 

Porque la vida es todo. Lo que hay arriba, lo que hay abajo, lo que hay a los lados y en especial lo que hay dentro de nosotros.

Tenemos todo dentro. Sólo debemos buscarlo. Puede que no lo sepamos, pero es así. Estamos completos. Pero nos decimos tantas y tantas veces qué nos falta, buscando en el exterior, que no creemos en nosotros mismos.

La vida es cambio. Necesario.

Y nosotros debemos transitar el camino, que no sabemos lo largo que va a ser ni adónde nos va a llevar, adaptándonos constantemente. Esa adaptación es la que nos mantiene en forma, la que nos mantiene vivos.

Prueba a observarte. Mira cómo afrontas las dificultades, cómo te hablas. 

Y tiéndete la mano para ayudarte a superar ese tramo difícil. Anímate, cuida de tu compañero, que eres tú. Solo así podrás en otros momentos caminar junto a otros, ayudar y dejarte ayudar. 

¿Negarías ese apoyo, ese ánimo, ese aliento, esa mano a otro? ¿Por qué a ti sí?

Reinventarse es una constante en la vida. El grado de reinvención lo marca el grado de cambio. 

Es cierto que hay vidas con caminos más llanos y constantes. Pero esos no ayudan demasiado a adaptarse, a crecer, a ser mejores. No enseñan tanto.

¡Vámos!, ¡Arriba! No es terrible. Es así. Aprende, reinvéntate. Busca en tu interior, aligera la mochila. Y levanta la vista. Respira fuerte, repón fuerzas y disfruta del camino, sea como sea, del paisaje y de tu compañero, que está ahí para ayudarte. Tú.



Jorge Arizcun




  

lunes, 6 de marzo de 2017

Sube el Volumen

 Acompañamiento para la Gestión del Cambio 


(Pulsa la flecha de play para ver el vídeo)

Sube el volumen. Mira hacia afuera y observa cómo la gente está ocupada con sus vidas.

Y piensa: ¿por qué estoy aquí en este planeta?

¿Cuál es el significado de todo esto?, ¿La pena?, ¿La lucha?, ¿El amor?,  ¿A qué?

Tanto si eres creyente en Dios como si no, puedes tratar al menos de ser una buena persona..., el Amor puede ser una buena respuesta.

Una de mis películas favoritas, Interestellar, de cuya magnífica banda sonora es autor el gran Hans Zimmer (uno de mis compositores favoritos) te transporta a otra dimensión. En esta película se habla de los universos paralelos, de las distorsiones espacio-temporales.



No es fácil entenderla, es una película de las de discurrir y permite profundizar un poco en la relatividad y en las emociones.

Tiene mucha trama emocional.

Unos días antes de escribir esta reflexión le pregunté a mi hija de 11 años entonces:
- ¿Cómo estás?
Y me contestó: 
- ¡Viva!

Joer, en una sola palabra, cuántas cosas ¿no? Y dicha por una niña de 11 años, qué quieres que te diga...
 
Me puse a reflexionar (no es difícil eso en mi) y dando unas cuantas vueltas, muchas, llegué a Interestellar.

El cine es una buena referencia a tener en cuenta. Las películas cuentan historias de personas y de acontecimientos que les suceden y de lugares. Aunque, ojo, la historia más importante es la tuya propia, no te vayas a olvidar.

Las películas cuentan también historias del pasado y del futuro. 

Y en esas historias podemos ver el presente de los personajes.

También nos muestran las emociones. 


En esta cinta del director Christopher Nolan, se suman muchas cosas: Pasado, futuro, tiempo, espacio, emociones, ciencia...

Da que pensar. Mucho si uno se pone:

Relatividad general, dilatación temporal, agujeros negros y paradojas asociadas a viajes en el tiempo.

Física teórica. 

A mi me apasiona. No soy ningún experto para nada, pero reconozco que toda esa información científica me hace tomar conciencia de lo relativo que es todo. Y me ayuda a lidiar con los "problemas" que percibo como tales en mi vida.

En la película, la humanidad no tiene futuro. 

A veces me pregunto por el futuro de la humanidad. 
Todo son dudas. 

Pero hay una esperanza en esa historia. 

Un "Ellos" que nos regalan un futuro. 

"Ellos", seres de otra civilización que viven en un espacio - tiempo de cinco dimensiones, paralelo a nuestro espacio- tiempo de cuatro dimensiones. 

"Ellos" han creado un agujero de gusano que conecta nuestra galaxia con otra galaxia (de nuestro universo o de algún otro universo paralelo) 
El punto de entrada se encuentra en las cercanías de Saturno. Y el punto de salida está en un sistema planetario con siete planetas en órbita alrededor de un agujero negro supermasivo.
 
Los protagonistas sólo visitan tres de ellos.

Estos seres que viven en cinco dimensiones incitan a un científico a proponer una misión espacial rumbo a ese sistema planetario, en busca de un planeta habitable que regale un futuro a la humanidad en alguno de los tres planetas: Miller, Edmunds y Mann.

¿Pero en cuál?

El protagonista, debe abandonar entre lágrimas a su hija, que se quedará en la Tierra y acabará siendo una famosa física teórica, completando el trabajo iniciado por el profesor que recibió la señal. 

Una teoría cuántica de la gravedad.

Complicadillo ¿verdad?

El espectador medio no tiene conocimientos de física y en la película varios protagonistas tratan de explicarle los conceptos básicos de la física de los agujeros negros en rotación, el horizonte de sucesos y la ergosfera, así como la diferencia entre la singularidad de un agujero negro de Schwarschild y uno de Kerr.

Cosa que realmente, al menos en mi caso, no lograron.

Pero, a lo que quiero ir es a la parte emocional. Ahí sí me manejo algo mejor.

Esta película marca un punto de inflexión al saber combinar los hechos científicamente posibles y predictivos de la ciencia en el futuro, en combinación con la fuerza impulsora de las emociones: Amor, Esperanza, Rabia, Deseo de Explorar, Inconformismo.

Fusión de la Razón con las Emociones que nos impulsan a actuar.

Ante el Desánimo, el Amor nos mueve para encontrar una solución razonable.

Inconformismo ante la mediocridad.

Sin Valentía no hay Superación.

El héroe moderno se arriesga para salvar a los demás.

Necesidad emocional de estar en conexión con los demás y de hacer algo que aporte soluciones a la sociedad.

En la película Interstellar podemos sentir la Ciencia, la Filosofía y las Emociones todas juntas e interdependientes. Eso es lo que hace diferente a esta película, que habla de mucho más que de viajes interestelares.

La actriz Anne Hatthaway, que encarna a una de las protagonistas, comenta:
 
"En Interstellar nos enfrentamos a la sensación de pérdida y sacrificio, las dos mayores emociones que puedes reflejar en el cine".

La película emociona y mucho. Abruma desde su espectacularidad épica.

Interestellar es un viaje a través de las estrellas hecho desde el corazón. 

Lo único que puede salvar a la humanidad del fin es la propia humanidad, el amor como fuerza capaz de todo, como recurso fundamental sobre el que edificar el resto. 

"Antes mirábamos hacia el cielo y nos preguntábamos  cuál sería nuestro lugar en las estrellas, ahora miramos hacia abajo angustiados por cuál será nuestro lugar entre el polvo" 

Esta frase, dicha por el protagonista, es una buena muestra de esas emociones de las que hablo. Esperanza, angustia...

Por encima de la ciencia están los sentimientos. 

Esta es probablemente la película de Nolan con más carga emocional. 

Todo se reduce al amor, el amor está por encima de la ciencia y lo racional. Esto enriquece la ficción y le aporta un valor mucho más humano. 

Al comienzo, la película se centra mucho en la construcción de los personajes para que podamos entender sus motivaciones y cómo se relacionan entre sí. 

Después hay una parte de acción, sin olvidar nunca el lado sensible, para acabar de forma muy emocional, con una emotiva escena

Y es que la base de todo es la relación entre un padre y su hija, un vínculo que está, para mi, muy bien creado y desarrollado.




En fin, emociones humanas, en un contexto de ciencia y aventura espacial.

No tengo que decir que el espacio me apasiona, también la ciencia y sobre todo las emociones.

Sube el volumen y a sentir.
(Si no has visto la película, la recomiendo)

Jorge Arizcun

miércoles, 1 de marzo de 2017

Instantes de luz

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal





Bueno, pues ya se va acabando este lunes.

El tiempo pasa rápido... ¿o no?

Realmente es para pensarlo. El tiempo. 

Hablaba en otra entrada de la relatividad, de que hay que relativizar. El tiempo sí que es relativo. Y tanto.

Y lo cierto es que el tiempo no existe, es una percepción y un invento humano. Solo hay un tiempo, el presente, el ahora. 

Y el tiempo es lo que hay entre el ahora y el siguiente ahora. ¿Qué siguiente ahora?, ¿el de una milésima de segundo después?, ¿el de un segundo después?, ¿el de una hora después?, ¿el de un día, o una semana, o un mes, o un año, o un siglo después? 

Pues ese tiempo no existe. Porque después no existe. Y cuando existe es ahora.

La percepción del paso del tiempo es eso, una percepción. Y la tenemos porque hemos tenido que inventar esa medida, al tener conciencia del pasado y del futuro.

Somos la única especie del planeta que usa el reloj. Y las unidades de medida establecidas son arbitrarias. Inventadas.

Si os fijáis, el tiempo no pasa igual para todo el mundo. Cuando se es joven, parece que el tiempo pasase lentamente y cuando se es viejo lo contrario.

Dependiendo de la actividad que se esté haciendo, la percepción del paso del tiempo es distinta.

¿Cómo detener el tiempo?  Solo hay una forma: vivir el presente, el exacto instante en el que se está vivo.

En el presente sólo existe el instante presente. Que no es tangible, ni medible. ¿Qué es un instante? Si eres un oso perezoso es una cosa y si eres una mosca es otra.

Es muy complicado de entender, por eso hemos puesto nombre a las fracciones de tiempo. Y vemos el tiempo como un continuo pasar, como algo lineal, que avanza desde el pasado hasta el futuro, pasando por el momento presente.

Pero el tiempo puede detenerse, o así podemos percibirlo nosotros, por ejemplo en una situación límite. 

¿Y que pasa cuando morimos?, ¿se detiene el tiempo para nosotros?, ¿pasa el tiempo por nuestro recuerdo en la mente de los que quedan? 

Cuando Albert Einstein publicó su famosa teoría de la relatividad, de la que salió la famosa fórmula de: energía es igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado, demostró que el tiempo físico es absolutamente relativo.

Si viajas a la velocidad de la luz, el tiempo se detiene. Tu llegas en un segundo, pero para los que se quedan en la tierra habrás tardado muchos años.

Además del tiempo físico existe el tiempo psicológico.
El tiempo físico depende del estado de movimiento del observador.

En el tiempo psicológico, hoy, cuando casi han transcurrido 24 horas para todos desde que comenzó, según esa escala de tiempo, la percepción de esas 24 horas es completamente distinta de una persona a otra. 

A unos se les habrá hecho eterno, a otros les habrá parecido muy corto y otros no habrán tenido conciencia del tiempo.

Hay personas que no llevan reloj, aunque todos con los dispositivos móviles, al menos en el primer mundo, tenemos acceso a uno y el tiempo se mide en todos lados, salvo como digo, en aquellos lugares en los que no hay acceso a la tecnología. Aún así, el paso de los días y las estaciones, suponen un patrón de medida.

Al igual que el tiempo físico es relativo, el psicológico también lo es. Aún más. 

Y hay algo que nos tiene en la incertidumbre más absoluta: ¿qué tiempo nos queda de estar vivos? ¿cuánto falta para el día o el instante de mi muerte?

Eso no podemos saberlo. Y esa incertidumbre puede ser angustiosa, si nos detenemos a menudo a pensar en ella.

Pero puede ser también un aliciente que nos incite a pensar que nuestra experiencia humana, corporal, terrenal, o como queramos llamar a nuestro tiempo vivos en nuestro cuerpo físico, no es proporcional al tiempo de reloj o de calendario que vivamos. 

Es lo que hagamos durante ese tiempo lo que vale. 

Si los instantes vividos plenamente conscientes pudieran iluminarse y los que han pasado desapercibidos permanecieran apagados, la suma de los instantes de dos personas que vivieran exactamente el mismo tiempo físico sería la misma.

¿Y si contáramos los instantes iluminados y los oscuros? Aquí sí que habría diferencias.

Los instantes apagados, son como tiempo que hubiésemos estado en coma. No vividos por nuestra conciencia.

La vida puede ser muy larga o muy corta, depende de cuánta luz sume. 

Esta es una forma bastante gráfica de verlo. Sin tantos tecnicismos. 

Es lo que hacemos con cada instante lo que vale, independientemente del numero de instantes en los que estemos vivos. 

Los instantes desperdiciados, o que han pasado sin estar nosotros presentes, son instantes de vida desperdiciados. Aunque los sentidos hayan estado ahí, percibiendo, ese presente, ese instante, no habrá sido vivido y será un instante apagado.

En la retícula de instantes que finalmente habrá conformado nuestra vida, la cantidad de instantes iluminados serán los que cuenten.

En nuestra mano está que el siguiente instante, que podría ser el último, sea un instante de luz. 

Poner luz en nuestra vida es cosa nuestra. Entrenar la conciencia del momento presente, no vivir en automático, es la fuente de energía de esa luz.

Ilumina tu vida. Sé consciente de ella. Vive.


Jorge Arizcun