Mostrando entradas con la etiqueta juzgar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juzgar. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de septiembre de 2017

¡Tú Eres Importante!



    Acompañamiento para Gestión del Cambio 



Tú eres importante.

Tu existencia lo es. Tu forjas tu realidad y tu destino.

Tienes todo lo necesario, la capacidad y la potencialidad. 

Y la sabiduría.

Nadie puede cuestionarte, ni juzgarte. 

No debes nada a nadie. Tu vida es tuya y tuyos son tus deseos y tus sueños.

Que los condicionantes de tu pasado no te frenen. 

Que no te agarren los brazos del ayer y tiren de ti hacia atrás.

No sucumbas a los cantos de sirenas de las expectativas. 

Sólo están en tu mente.

Siente quien eres. No juzgues para que no te juzguen. 

Mírate con benevolencia porque eres alguien muy valioso, único y especial.

No te quejes ni menosprecies. Nada ni nadie es más que tú.

No te midas por lo que tienes, sino por lo que eres en esencia. 

No te compares porque es absurdo comparar universos y tu eres uno, con la maravillosa complejidad de tu ser, de tu cuerpo físico, de tu parte inmaterial, no comparable a ninguna otra persona, maravillosa en sí misma.

Siéntete parte, conecta con el Todo al que perteneces, del que provienes y adonde regresarás.

Agradece por tu existencia y por tu experiencia. 

Maravíllate por existir y por todo lo que te rodea.

Reconoce las infinitas posibilidades que tienes ante ti y siente la libertad de escoger.

No dejes que nada ni nadie te impida elegir. 

Vive todo lo que puedas, las experiencias, las emociones, sintiendo con el cuerpo y con el alma. 

Déjate guiar por la fuerza superior, la inteligencia que rige el universo y siente su poder, reconociéndote como parte.

Sin ti el todo no estaría completo, no sería todo.

Alégrate por ti y por los demás, que viven su experiencia vital, con sus cielos y sus infiernos. 

Respeta al prójimo, a las otras especies animales y vegetales, al entorno natural. Cuídalo, es tu casa y la de los demás seres vivos.

Piensa que lo extraordinario es vivir, la vida, de la que sólo tenemos noticia aquí, en este modesto planeta. 

No sabemos de más vida, ni si se repetirá.

Respeta la memoria de los que partieron antes. Viviendo, riendo, aprendiendo, gozando, cambiando, sintiendo.

Eres importante. Lo más importante de la creación para ti. 

Créete el privilegio de vivir y desde ahí camina. 

Respira, yérguete, observa, aprende y no te pares. No te han hecho para ser inerte. 

Eres puro cambio, constante vida y muerte. Siéntelo al respirar. 

Visualiza ese complejo sistema de sistemas que eres. Un milagro de la evolución.

Y no creas las voces internas o externas que pretendan simplificarte, etiquetarte y hacerte algo pequeño. 

Son mentira.

Eres mucho más y mejor de lo que a veces crees o te hacen creer. 

Siente lo que eres, siente que estás y que eres importante. 

Lo más importante.

Jorge Arizcun
Septiembre 2017





Sígueme en twitter: @jarizcun

lunes, 17 de abril de 2017

Dar Pena



    Acompañamiento para Gestión del Cambio 

                  






¿Dar pena? Ni hablar.

Hay una cosa que se llama victimismo.

Es una actitud. Pero una actitud negativa.

Cuando se enfrenta a una situación de cambio, o de dificultad, que requiere también cambio, una de las formas comunes de orientar ese cambio es la de reaccionar, justificando el pasado, postergando para el futuro e instalarse en la queja.

En esa situación en la que uno se pasa el tiempo lamentándose es en la que aparece nuestro personaje víctima, que como una mosca dándose una y otra vez contra el cristal, no encuentra una salida y se lamenta y se lamenta, desgastándose inútilmente.

Es una actitud fácil. 

La más fácil. 

Estar en la queja. 

No es funcional. 

Y se caracteriza por un cansancio vital que hay que superar.

El victimismo puede llevarnos al conformismo y a una situación aun peor: Dar pena.

Hay que rechazar frontalmente el dar pena a nadie, empezando por nosotros mismos. 

No hay nada peor, ni más paralizante que dar pena. 

Es la expresión última del victimismo y NO SIRVE PARA NADA.

Sólo alimenta la inercia en la situación y agranda la sensación de víctima, potenciando la emoción del miedo.

Cuando uno está ahí, dándose pena y dando pena a los demás, permite algo que también es muy negativo. 

Permite el juicio, de los otros y el propio. Se juzga. Y es muy importante no juzgar.

Hay que sustituir la pena por la rabia. 

La rabia es la emoción natural que debe seguir al miedo, impulsándonos a actuar.

Debemos sentir rabia al rechazar del todo el dar pena. Esa rabia debe actuar como motor para la acción.

Si dar pena es paralizante y se alimenta del victimismo, la rabia es un catalizador para salir de ahí.

Hay que mirar de frente al miedo, con descaro, con valentía, con rabia. Sólo así podremos decirnos: “¿dar pena? Ni hablar”.

Todos construimos desde donde estamos.

Unos cimientos de victimismo y pena no son cimientos sólidos para construir nada. Hay que sanear y reconstruir esa parte con emociones fuertes, de alta energía, como la rabia y la determinación. 

Esas que nos hacen erguirnos, salir de la queja, mirar de frente a los problemas y a los miedos y avanzar con paso firme.

Ser conscientes de estar construyendo con cimientos sólidos, permite vivir una experiencia real  de crecimiento. 

Si se construye desde cimientos débiles, la experiencia será de un crecimiento falso. Porque lo que construyamos desde esa base inestable terminará cayéndose.

Y es peor. Porque desde los escombros no puede construirse nada. Hay que retirarlos antes y dejar todo limpio y listo para volver a cimentar.

Hablamos de baja y alta energía. 

Esta energía nace de estados emocionales. 

Las emociones como la rabia, son de alta energía, el miedo también. 

Las que provocan victimismo y pena son de baja energía. Unas suman y otras restan, cargan o descargan.

El desgaste que provoca el victimismo proviene de esa descarga de nuestra pila. 

Nos situamos en un plano de baja energía y proyectamos esa lástima de nosotros mismos.

Las dificultades promueven cambios. 

Pero los cambios sólo pueden producirse desde la acción en positivo. Me refiero, no sólo a actitud positiva sino a energía positiva, la que alimenta. La que recarga.

El cambio produce temor y paralización. 

La emoción que necesitamos para ponernos en marcha es la rabia. Esa rabia que nos haga apretar los puños y activar la determinación de vencer ese miedo y esa parálisis.

El victimismo es un freno. 

No un freno activo que requiere energía para funcionar. 

Es más bien como una piedra que se pusiera delante de la rueda, impidiendo el avance.  

Nos deja en un estado de inercia que sólo alimenta otra emoción negativa, la pena. 

Y desde ahí es difícil impulsarse. 

Tiene muy poco octanaje esa gasolina.

Prueba a preguntar ¿qué tal? a un número suficiente de personas. 

Muchas de ellas pasarán a relatar sus problemas, sus angustias y sus miserias, en un intento de alimentarse de esa gasolina de baja calidad y bajo poder energético que es la pena.

Otra cosa que puedes comprobar es cómo al contar algo negativo, algún problema o situación adversa, hay personas que inmediatamente iniciarán una competición para ver quién está peor… 

Es ridículo esto. Y resta energía de lo lindo.

Esas personas le quitan las ganas a uno. Son parásitos de energía y desgastan mucho.

Se dice que son “cansinas” porque producen cansancio. Restan energía. 

Y no es que ellas la aprovechen para impulsarse, la malgastan. La transforman en energía de baja calidad.

No hay que entrar en esa demanda de dar pena de otros.

Hay que estar alerta para detectar esa emoción de baja autoestima en uno si se produce. 

Hay que darse cuenta de cuando nuestra energía vital se degrada o se pierde y perdemos fuerza y actitud. 

Y tratar por todos los medios que no nos invada esa pena y esa inercia.

Dar pena es una pésima opción.  Huyamos de ella.

Desde aquí  animo a identificar y combatir ese estado tan negativo y tan paralizante. 

Mucha fuerza y mucho ánimo y determinación. 

Jorge Arizcun

martes, 7 de marzo de 2017

El Duro Trabajo de Reinventarse 2

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal





2




Continúo con la segunda entrega de "El Duro Camino de Reinventarse", que este tema da mucho de sí.

Como estoy haciendo el programa de Gestión del Cambio, aprovecho que hay mucho contenido interesante para trabajar y lo comparto por aquí, por si puede ser de ayuda.

Espero que sí.

Y creo que puede dar para alguna entrada más...

En la primera parte, estábamos subiendo por el tortuoso y empinado camino de ese reinventarse

(https://totconsultingsolutions.blogspot.com.es/2017/02/el-duro-trabajo-de-reinventarse.html)

Empinado y tortuoso, sí. Pero a medida que nos vamos adentrando y vamos subiendo, vamos entrenando. 

Al principio resulta muy penoso y cansado y uno no puede más que mirar al suelo, donde va a dar el siguiente paso.

Poco a poco vamos más ligeros. Primero porque aligeramos la mochila. Y después porque vamos estando más fuertes. Y más tarde porque las condiciones mejoran.

Esto nos permite ir poco a poco levantando la cabeza. Ya no estamos tan cabizbajos, mirándo fíjamente el camino. No.

A medida que vamos avanzando y levantando la vista, podemos ver algo más que el sitio en el que vamos a poner el pie. Podemos ver que alrededor hay paisaje. Cambiamos la perspectiva.

No todo es el camino y su dureza, o la dureza que percibimos. También está el entorno, el contexto. Y suele ser sorprendente.

Si podemos levantar la cabeza y mirar alrededor, todo cambia. Porque podemos comenzar a apreciar dónde estamos. Podemos ver que hay mucho más y que merece la pena. 

Paisajes, verde, cielo. Quizás agua, ríos, lagos, cascadas. Nubes, animales, silencio, viento..., quizás acantilados, mar...

No todo son piedras, arena, barro, camino empinado. Hay mucho aliciente alrededor.

Esto lo primero.

Hoy quiero hablar del principal compañero de viaje con el que contamos.

¿Adivinas quién es?

Exacto (para quien lo haya adivinado) Nosotros Mismos.

Ese es nuestro compañero. Inevitablemente vamos a transitar el camino con él. Y más nos vale llevarnos bien. Porque si no es así, realmente puede resultar muy penoso.

¿Qué le decimos a nuestro compañero de viaje?

Para esto vamos a hacer el ejercicio de colocarnos a su lado, como observadores y contemplarlo, sin juzgarlo. Sin juzgarnos.

Miremos su postura, su actitud, su mirada, su equipo. Miremos solamente.

Observemos su mochila. Esa pesada mochila que lleva a la espalda, con la que tiene que subir esa empinada cuesta.
Hay que decir que la cuesta es muy empinada al comienzo. Quizás no lo sea tanto, pero si se lo parece a nuestro caminante. 

Porque iba por un camino mucho más llano y llevadero, la mochila no le pesaba tanto y de pronto ese camino tiró para arriba, en un brusco cambio de pendiente.

¡Uf! Frenazo. No puedo mantener el ritmo. La mochila ha doblado su peso y me tira para atrás. La sensación es intensa. La apreciación de dificultad se magnifica hasta extremos de pensar: No puedo.

Pero (cuidado con la palabra "pero", que es un gran borrador) en realidad sí que puedes.

El lenguaje crea realidades. Si dices que no puedes, no puedes. Eso es un hecho.

Es como si pusiésemos un filtro a la realidad. Un filtro con partículas limitantes que se activaran cuando el lenguaje fuese limitante, convirtiendo la realidad en aquello que decimos.

Cuando llega el momento de cambio y lo que era un camino cómodo y llevadero se convierte de repente en un difícil, empinado, irregular y estrecho sendero, lleno de piedras, espinos y resbaladiza arena, es absolutamente normal detenerse. Pero no detenerse para no seguir.

El camino por el que íbamos ha desaparecido, ya no existe. Tenemos sólo este por delante.

Pero este panorama tan desolador es solo el inicio de esta nueva ruta. Y ¿sabes qué? Que ni es tan empinado, ni tan difícil, ni tan irregular ni estrecho, ni las piedras son tantas, ni tan grandes, ni los espinos lo pueblan todo y la arena no es resbaladiza todo el tiempo.

Lo que pasa es que lo comparamos con el anterior, al que estábamos acostumbrados y nos parece todo eso. 

Y además nos lo decimos. Con el lenguaje interior creamos esa realidad. Y por delante no es que tengamos un camino, sino que hemos levantado una pared vertical.

Por eso es muy recomendable observar bien y observarnos a nosotros mismos. Y observar lo que nos decimos.

Si yo soy mi único compañero de viaje y me encuentro con este cambio repentino, ¿qué me diría? 

¿Qué le diríamos a un compañero que fuese junto a nosotros caminando y que se encuentra con un cambio de desnivel y un camino más difícil de golpe?

¿No puedes?, ¿párate?, ¿abandona?, ¿déjalo?, ¿va a ser así todo el tiempo?, ¿olvídate de que mejore?, ¿sólo puede ir a peor?, ¿tú no vales?

¿O más bien le dirías a ese querido compañero de ruta ¡venga, ánimo!, ¡tu puedes!?

Yo creo que si lo miramos así, y nos miramos a nosotros con amor y con compasión, como ese compañero con el que caminamos, no nos diríamos esas cosas tan negativas y limitantes.

Porque esas cosas no se las diríamos a otra persona con la que fuésemos de ruta por la montaña. Nunca.

Entonces ¿por qué nos las decimos a nosotros? 

El camino puede endurecerse, mucho, de golpe. Sí.

Pero todos sabemos que son tramos, etapas. Que después viene un tramo más cómodo y más llano y más ancho.

Que tarde o temprano vuelve a descender. Que encontraremos agua. Que si hace mucho frío o mucho calor, o mucho viento, va a cambiar. Seguro.

Podemos parar para tomar aliento y para deshacernos de peso innecesario en la mochila. Esa pesada mochila. Pero no crear con nuestro lenguaje una realidad distorsionada que nos paralice. Porque no es verdad. No es real.

Los que habéis hecho rutas de montaña lo sabéis bien. Hay tramos difíciles y complicados, que forman parte de la ruta. Así es la montaña.

Recuerdo cuando alguna vez haciendo senderismo, mi hijo pequeño se enfadaba cuando el camino se empinaba y decía: - Jo, ¡hay cuestas!
Yo me sonreía y le decía, - claro, estamos en la montaña. Pero sigue que más adelante es más fácil y luego bajaremos.

Le animaba a seguir, le enseñaba que así es el monte y que por eso es tan especial caminar por él. Que no sólo es el camino. Le distraía con los paisajes, con la orientación, con la vegetación, con la fauna.

Igual que la vida. Igual. 

Es cómodo andar por terreno llano, o por la ciudad. Pero es monótono. No hay reto.

Pensemos así. Un reto. Otro reto. Podemos superarlos, claro que sí. Porque tenemos las condiciones, vamos bien equipados y vamos bien acompañados. Con la mejor compañía que podemos tener, la que más nos conoce y la que más debe queremos y a la que debemos querer. Nosotros mismos.

La vida es un camino. Un camino que va cambiando constantemente. Puede que a veces de forma imperceptible, pero siempre cambiando. 

Esos cambios pueden ser bruscos, mucho, pero no debemos recrearnos en eso, debemos aceptarlo y seguir. Adaptar el ritmo, que será más lento si se vuelve muy empinado y tiene más obstáculos. Adaptar la respiración, hacer más paradas, reponer energías...

Pero no decirnos cosas negativas, limitantes. Ni referidas al camino, ni a nosotros mismos. Ir paso a paso y levantar la vista a menudo para apreciar todo lo que nos trae. No sólo dónde pisamos. 

Porque la vida es todo. Lo que hay arriba, lo que hay abajo, lo que hay a los lados y en especial lo que hay dentro de nosotros.

Tenemos todo dentro. Sólo debemos buscarlo. Puede que no lo sepamos, pero es así. Estamos completos. Pero nos decimos tantas y tantas veces qué nos falta, buscando en el exterior, que no creemos en nosotros mismos.

La vida es cambio. Necesario.

Y nosotros debemos transitar el camino, que no sabemos lo largo que va a ser ni adónde nos va a llevar, adaptándonos constantemente. Esa adaptación es la que nos mantiene en forma, la que nos mantiene vivos.

Prueba a observarte. Mira cómo afrontas las dificultades, cómo te hablas. 

Y tiéndete la mano para ayudarte a superar ese tramo difícil. Anímate, cuida de tu compañero, que eres tú. Solo así podrás en otros momentos caminar junto a otros, ayudar y dejarte ayudar. 

¿Negarías ese apoyo, ese ánimo, ese aliento, esa mano a otro? ¿Por qué a ti sí?

Reinventarse es una constante en la vida. El grado de reinvención lo marca el grado de cambio. 

Es cierto que hay vidas con caminos más llanos y constantes. Pero esos no ayudan demasiado a adaptarse, a crecer, a ser mejores. No enseñan tanto.

¡Vámos!, ¡Arriba! No es terrible. Es así. Aprende, reinvéntate. Busca en tu interior, aligera la mochila. Y levanta la vista. Respira fuerte, repón fuerzas y disfruta del camino, sea como sea, del paisaje y de tu compañero, que está ahí para ayudarte. Tú.



Jorge Arizcun




  

lunes, 13 de febrero de 2017

Relativizar


    Acompañamiento para Gestión del Cambio 

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal




Quiero compartir una experiencia que he vivido hoy y que me da pié para esta entrada.

Esta lluviosa mañana he participado en la primera sesión de un programa que se llama "Lanzadera de Talento"


Este programa, es una iniciativa de personas e instituciones de mi ciudad, para ayudar a personas desempleadas o que quieran cambiar de trabajo.

En esta sesión se han hecho las presentaciones de los asistentes al grupo de esta edición.

Y escuchando los testimonios de cada persona, me he dado cuenta de que hay muchas realidades, difíciles, algunas muy duras, pese a todo lo que nos están contando de recuperación económica y creación de empleo. En la banda de edad media de las personas que participan en este programa, esa realidad es muy difícil, digan lo que digan. 

Es un colectivo muy castigado y muy "en tierra de nadie" y en eso creo que soy objetivo, aunque depende...

Dicho esto, quiero destacar aquí dos cosas:

Una, que uno no debe consolarse por comparación. 

Y dos, que hay que saber relativizar.

Con la primera quiero destacar que si compararse supone conformarse porque uno perciba que los demás están peor, malo.

Comprobar distintas realidades a la nuestra nos ayuda a saber que no somos los más desgraciados del mundo y a descentrarnos del yo,yo,yo...

Todos tenemos una vivencia única, que no podemos comparar. Al menos no en lo global.

Él o ella está mejor o peor que yo, así en general. Es un error. 

Puede ser, y con matices, que en algún aspecto pueda estarlo, bajo nuestro criterio siempre subjetivo.

Y con la segunda, que puede sonar en la misma línea que en la primera, hay que ser consciente de que todo es relativo.

No se trata de compararse, sino de ser conscientes de que nuestra realidad es de una forma u otra, dependiendo de cómo se mire y respecto a qué. 

Y como la información de la que disponemos es siempre sesgada, y además manipulada descaradamente por nuestra querida e incansable mente, nuestra apreciación de la realidad siempre es relativa.

Relativizar es una palabra mágica. Nos indica que las cosas no son como parecen. Y podemos verlas desde diferentes ángulos y puntos de vista.

También la perspectiva de cada persona es cambiante y lo que hoy nos puede parecer de una manera, mañana nos puede parecer de otra distinta.

Nada es absolutamente como lo percibimos, ni como lo enfocamos. Físicamente es obvio. Nadie puede tener en el mismo momento el mismo punto exacto de vista de otra persona.

Mentalmente es igual. 

Hoy, escuchando la presentación de cada participante, he reflexionado mientras tomaba notas (siempre tomo muchas notas...) que cada uno vive su realidad desde su experiencia y la etiqueta. Y además se juzga o juzga a otro como responsables.

Y las cosas son, nada más. Ni buenas, ni malas. Y cuando te ofrecen mirarlas desde otro punto de vista, ¡hop! de repente cambian.

Como digo, la tentación de compararse y por esa comparación sentirse mejor es una trampa de la mente. Uno es uno y no es en función de los demás.

Yo no me siento mejor viendo duras imágenes de refugiados, o de personas pasándolo mal, o en situaciones que a mi pueden parecerme incómodas, desde mi punto de vista de ciudadano occidental en España.

Pensad en esos pobres indígenas, que con un taparrabos como única vestimenta, tienen que buscarse el sustento pescando con arpones artesanales de caña, desde rudimentarias embarcaciones, en paradisiacas playas solitarias, de arenas blancas y palmeras, bajo el sol, en islas tropicales...

Sin tele, ni electrodomésticos, ni dinero, ni tarjetas de crédito, ni bancos, ni coche, ni sueldo... ¡Pobres!

¿Pobres? Pues qué queréis que os díga. Depende. 

¿Qué opináis? ¿quién está peor? Habría que preguntar uno por uno, a los de aquí y a los de la isla. 

Se puede vivir de muchas maneras. Y se pueden tener distintas experiencias a lo largo de la vida. Depende de con referencia a qué las miremos. 

Una situación que puede parecernos negativa, puede ser la puerta a una gran oportunidad.

Y lo de que todos estamos mal, o algunos están peor, no puede ser un consuelo, porque ¿qué gana uno pensando que otros están peor, o que muchos están como uno de mal? Sigue apreciando la situación como negativa.

No mejora en absoluto.

Relativicemos. 

Y si tenemos la suerte de conocer otras experiencias similares a las nuestras, o situaciones de otras personas parecidas, con todos los matices del mundo, a las nuestras, lo que debemos hacer es aprender de ellas. No compararnos.

Nadie está exento de pasar por un desafío complicado en su vida. No quiero llamarlo problema, porque entonces se convierte en uno. Desafíos, retos, situaciones complejas.

Mejor tratar de aprender, no tanto observando a los otros, ni juzgándolos o clasificándolos. Sino mirándonos a nosotros mismos. Observándonos siendo conscientes de cómo nos sentimos y de por qué nos surgen los pensamientos y emociones que nos surgen.

Porque es cosa nuestra. Y de esa observación es de la que tenemos que aprender.

Como todo es relativo, nos daremos cuenta que no hay una realidad mejor que otra y que lo que nosotros calificamos, o nombramos, o etiquetamos es cosa nuestra, de nuestra mente. De nuestro ego.

Hay distintas realidades, pueden ser parecidas en sí mismas, pero dependiendo de quién las viva y en qué circunstancias, son en realidad totalmente distintas y no comparables.

No comparemos, relativicemos. 

Y eso de bienestar por comparación no vale, es trampa.

Mal de muchos...

Jorge Arizcun

miércoles, 8 de febrero de 2017

La gota que juzga

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal




Juzgar es una costumbre que el ser humano común ha ido adquiriendo con el desarrollo. El juicio constante a todos y a todo.

Y es algo absurdo porque ¿qué juzgamos?, ¿en base a qué juzgamos?
Si todo es cambio, ¿qué es lo que hay que juzgar? 

Al instante siguiente ya es distinto. 

El juicio nos hace presuponer cosas, nos hace equivocarnos, nos coloca en una posición rígida. Nos desgasta.

El prejuicio, que es juzgar antes de saber, antes de conocer, antes de experimentar, nos hace cometer errores y a lo peor nos hace perdernos experiencias y personas que nos pueden enriquecer. 

En realidad todo es enriquecedor, porque todo suma.

Y hablando de cambio, los primeros que cambiamos somos nosotros. Todo el tiempo, aunque no queramos. 

Y sí, también nos juzgamos. Constantemente.

Y nos condenamos a penas injustas. Nos auto castigamos. Eso sólo lo hace una especie en nuestro planeta, la nuestra.

Y ¿cómo podemos juzgarnos si apenas nos conocemos?, ¿si apenas sabemos de nosotros una parte externa, ese personaje construido de retales y vivencias, de subjetividad, de influencias y contaminaciones externas?

Sabemos poco de nuestro YO esencial, de nuestro yo real. 

Nos creemos el personaje y no profundizamos más. 

Y nuestra mente superficial y egocéntrica nos bombardea con pensamientos en forma de juicios y sentencias, presunciones e inventos, que nos hacen creer que las cosas son como las vemos, o como creemos verlas. 

Y vivimos enfrentados al mundo y a los demás, como si fueran ajenos a nosotros, cuando todos somos parte de un todo. 

Somos como células enfermas en un cuerpo, que es un todo como sistema, pero que nos enfrentamos a las otras células y al propio cuerpo del que formamos parte.

Y después creemos tener el don de la adivinación, creándonos ilusiones respecto al futuro en forma de expectativas, que a su vez, cuando ese futuro llega, como suele ser distinto de la expectativa ideada, nos hace juzgar. 

Siempre juzgar. Las cosas como buenas o malas, con impune subjetividad.

Somos tremendamente injustos la mayoría de veces.

Y no nos damos cuenta de que no hay nada escrito.

Es absurdo frustrarse cuando las cosas son diferentes a como habíamos pronosticado. Como en las quinielas de fútbol, son combinaciones aleatorias, pretendiendo adivinar un futuro sujeto a infinitas variables.

Y aquí, además del juicio y la negatividad asociada al mismo, aparece la preocupación,  esa emoción tan desgastante.

Si jugamos a la lotería o hacemos apuestas deportivas como las quinielas de fútbol, cuyo resultado está absolutamente fuera de nuestro control, ¿tendría sentido preocuparnos por esos resultados?. Ningún sentido.

Y ahora pregunto, ¿especular con el futuro no es lo mismo que especular con los resultados de una quiniela?

¿Podemos juzgarnos por no haber acertado una quiniela?, ¿o por no haber ganado la lotería?

¿Y qué sabíamos nosotros qué iba a pasar? 

Pues así con todo. 
Lo que vemos, creemos que es así como lo percibimos, mediatizado por lo que pensamos. Y creemos saber lo que va a pasar y lo que puede pasar. 

Y no podemos. Porque las posibilidades son infinitas. 

Infinitos futuros posibles, desde el que creemos más lógico hasta el que pueda parecernos imposible. 

Todos caben. 

Y sino pensad un poco en cómo han sido las cosas que habíamos pensado que iban a ser de otra forma totalmente distinta.

Cuántos chascos, cuántas frustraciones y decepciones, cuantos juicios inútiles.

Y la responsabilidad, ¿de quién es?, ¿nuestra?

Yo lanzó las preguntas.

Primero especulamos, después nos preocupamos y después nos responsabilizamos. 

Es de locos. 

En vez de disfrutar del momento, pasamos de él y nos ponemos a hacer el tonto con el futuro.

Hay infinidad de factores externos fuera de nuestro control. Y si pensamos en términos de física cuántica ya no os digo. Las cosas son en función del observador. Hablaremos de esto, que es apasionante y tan difícil de asimilar por nuestra mente limitada y condicionada.

Tenemos que hacer un ejercicio de humildad serio. Yo no sé todo, digámonoslo a nosotros mismos. 

Sabemos muy poco, al menos sabe muy poco ese yo pequeño, ese personaje que creemos ser, aislado y egocéntrico. Y ese es el que juzga y el que piensa..., así nos va. 

Y así sufrimos tanto y nos decepcionamos constantemente y nos equivocamos y no aprendemos.

Nuestro Yo, el que somos realmente, el que forma parte del todo, ese sí que sabe. Sin mente propia, con la mente universal.

Es nuestra parte espiritual, que forma parte de la divinidad del todo, del Universo, de Dios, o de como cada cual quiera llamarlo. En cualquier caso, esa inteligencia superior de la que somos parte.

Y debemos delegar en ese YO, que es lo que realmente somos. Claro que antes debemos creer que somos ese SER y no ese personaje que nos creemos. 

Debemos hacer ese viaje hacia nuestro interior para poder despertar y dar el salto evolutivo necesario. Os sonará a misticismo o a patrañas de nueva era. Bueno, es normal. A nuestro ego no le gusta perder protagonismo ni individualidad.

Y ese ego, ese yo egótico no puede gestionar más que a su nivel limitado.

Como símil, imaginemos que somos una gota de agua en el océano. ¿Qué nos diferencia del océano mismo? somos el océano. 

No somos una gota de agua, somos el agua, fundidos con todas las demás miles de millones de millones de gotas, que creen ser gotas aisladas, sin darse cuenta de que son parte de un todo.

¿Podemos juzgar a las otras gotas?, ¿tiene sentido, desde este punto de vista pensar que podemos tener el control de algo?, ¿cómo podemos tener la perspectiva suficiente si nos consideramos gotas individuales, aisladas de las demás, a las que miramos y juzgamos tontamente? 

Desde el punto de vista de una simple y pequeña gota no podemos saber ni predecir nada, porque estamos a expensas de algo mucho más grande, que se comporta como un todo y ondula y vibra como un todo. 

¿Qué podemos saber nosotras, pobres y minúsculas gotitas?

Pero nuestro SER, que es agua misma fundida con todo el océano sí que sabe. Porque tiene la conciencia del todo y conoce el funcionamiento de ese todo, que es la masa completa del agua.

Vale, somos gotas pequeñas y frágiles. Pues busquemos. Miremos qué somos realmente. Cuando sepamos que somos agua (cosa que efectivamente somos) sabremos que no somos nada diferenciado, que somos parte.

Y desde ese conocimiento, las preocupaciones, los juicios, las especulaciones, las decepciones, dejarán de existir. 

Porque son cosa de la individualidad, de la gota, del ego que no admite ser agua, indivisible del resto de la masa única oceánica.

Creo que este ejemplo puede resultar ilustrativo. 

A mi me encanta el mar y me sobrecoge su majestuosidad y su comportamiento como un todo. No veo el mar como un conjunto de gotas individuales. 

Pues lo mismo con nosotros. Somos parte de algo gigantesco, tanto, que desde la escala universal somos prácticamente inexistentes.

Nuestra vida es la parte infinitesimal de un instante a escala cósmica.

Da vértigo, pero es así. 

Confiemos en ese todo al que pertenecemos. 

Seamos conscientes de eso y busquemos en nuestro interior la conexión. En nuestro YO, en nuestro SER, que es mucho más que un ser humano aislado, con sus problemas, sus miedos, sus ansiedades, sus vivencias, sus recuerdos.

No queremos verlo así. Nuestro personaje ahí no existe. La gota deja de existir en el océano.

Y como empecé hablando de juicio, de juzgar. ¿Juzgaríamos al universo? ¿Al océano?

¿A Dios? ¿Al todo?

Pues cada vez que juzgamos hacemos eso. Pensemos en esto. Tomemos distancia de nosotros mismos para poder tener la perspectiva necesaria. Y para hacerlo, lo curioso es que debemos dirigirnos hacia nuestro interior. 

Porque ahí está la conexión, en nuestro interior, en nuestra parte espiritual, en nuestro YO.

Y en eso consiste nuestro viaje vital. En descubrir eso que realmente somos, sin juicios, sin cuestionarnos. Y aunque parece difícil, es mucho más sencillo de lo que creemos.

Y lo mejor, uno de los pasos importantes que hemos de dar es simplemente no juzgar. 

Al no juzgar, admitimos las cosas tal cual son y fluimos con ellas. 

Y automáticamente avanzamos un buen trecho en nuestro viaje interior.

Hay más pasos que dar, pero este es uno de los importantes.

Jorge Arizcun