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domingo, 30 de octubre de 2022

El Zen de los cojones

  

    Acompañamiento para Gestión del Cambio    














El zen de los cojones



Esta es la “lindeza” que un día, gracias a una persona bienintencionada, me enteré que se decía de mi a mis espaldas en mi entorno laboral. También sé que en otros entornos se me calificaba como “soñador”, el de los “pájaros en la cabeza” y más recientemente el “Ghandi”

Entonces me molestó mucho. Ahora no lo haría ni lo hace. Todo lo contrario.

Ser alguien Zen, es ser alguien que trabaja en su equilibrio. En su acepción formal se refiere a alguien que practica la sentada de los Budas (zazen), la meditación sentada en posición de loto, que es la esencia del budismo, para lograr la intimidad con uno mismo y la comprensión de nuestro Ser, nuestra verdadera naturaleza, comprendiendo que es parte de algo más grande, el Universo, y armonizarnos con él, vibrando en su misma frecuencia (tengo que decir, que la posición de loto no es posible para un cuerpo tan poco flexible como el mío, aunque no soy pretencioso con eso y adopto posturas más asequibles…)

Este camino interior, a través de la práctica, me ayuda a tomar conciencia de que no soy tan importante en mi individualidad, que soy parte del mundo como un todo, que puedo apreciarlo tal y como es y que mi visión está deformada por mis prejuicios y mis percepciones subjetivas. Esto me hace respetar al mundo en su conjunto, que no es otra cosa que respetarme a mí mismo.

¿Para qué me sirve entonces atender esas voces que me juzgan o me critican? Si las atiendo, realmente me coloco en la posición de mi yo pequeñito, de mi ego al que sí importan las opiniones y los juicios de otros egos, pequeños en su percepción de individualidad.

Lo importante, según lo he experimentado y lo experimento, es buscar ese equilibrio, esa ecuanimidad, esa calma y ese discernimiento que surge de no identificarse con el ego. Esto lo llevo practicando conscientemente desde que descubrí que yo tenía que ser algo más de lo que percibía que era.

Después de la importante y profunda crisis personal que transité, trabajando con bastante dificultad para reducir mi estrés, mi malestar y mi ansiedad, fue cuando esa práctica se tornó consciente. Antes no. Me conducía por la vida en ese “modo búsqueda”, ese inconformismo con lo que percibía y sentía, que latía en mi inconsciente pidiendo emerger, pero silenciado y con la salida cerrada tras un muro de percepción, de condicionamientos, de creencias y de valores mundanos que creía ciertos, pero ante los que de alguna manera me rebelaba (soñando, parando, leyendo, cuestionando) Así se iba poco a poco derribando ladrillo a ladrillo ese grueso muro, muy lentamente mientras mi ego campaba a sus anchas y dirigía mi vida, conmigo ausente, y después mucho más rápido cuando la vida me despertó con violentos zarandeos.

Entonces no comprendía las críticas. Ahora no sólo las entiendo, sino que las miro con compasión, ya que sé de dónde provienen. Todas las personas en mayor o menor medida, con más o menos intensidad experimentan esos momentos de despertar. Aquellas que tienen como yo la suerte de haber despertado más intensamente y más duraderamente, acogemos la práctica como el camino permanente al despertar, ya que tendemos, como el resto, al estado de adormecimiento al que nuestro ego, con su voz engañosa, trata de llevarnos todo el tiempo. Es esa voz que pretende hacernos creer que lo que percibimos es real, que somos seres individuales, que tenemos la razón, que no hay nada más que lo que vemos.

Así que “el Zen de los cojones” acepta esa calificación, quitándole toda la carga de juicio que lleva y dejándolo en Zen a secas. El que medita y busca el equilibrio y la armonía. Porque si eso es criticable, bienvenida sea la crítica, que yo transformo en reconocimiento. Sólo que los otros egos no lo saben aún. No pueden saberlo mientras no despierten. Y esto ocurre muchas veces sólo al ser enérgicamente zarandeados.

Hay quien despierta sin más, sin crisis. Afortunadas esas almas elegidas.

El resto tenemos que abrirnos paso a machetazos por la espesa selva perceptiva, entre las gruesas ramas espinosas de los juicios, de las creencias y los falsos valores de los que se alimenta y por los que existe el pequeño personaje que creemos que somos, nuestro ego.

Hacen falta muchos “Zen de los cojones”, muchos fareros, muchas almas soñadoras, que fomenten valores de calma, de equilibrio y de acompañamiento en el camino de despertar de otras personas.

Por mi parte, sólo puedo agradecer esas críticas, que cargan las baterías de la luz de mi faro y me mantienen despierto, estimulándome a seguir por mi sendero y acompañar a otras personas por los suyos, en su caminar hacia sus Yoes con mayúsculas, las puertas de entrada al lugar del que todos somos parte.



lunes, 26 de julio de 2021

Sótanos

 


    Acompañamiento para Gestión del Cambio 




Cuando las emociones te secuestran y se disparan los automatismos que no has logrado inactivar, tras años de trabajo personal, te das cuenta de lo difícil que resulta la desinstalación de esos mecanismos de respuesta automáticos.

Y tomas conciencia de que el trabajo no puedes hacerlo sin ayuda.

Si las respuestas reactivas te provocan problemas y daños, no te queda otra que redoblar esfuerzos, vivir con conciencia, con atención y alerta, sin dejar de buscar, hasta encontrar la manera de desinstalar esos automatismos.

En tu subconsciente se encuentran los armarios y los sótanos en los que están esos traumas, disparadores emocionales y respuestas reactivas. Entrar ahí, en esa zona mental más oscura, da miedo.

Por eso es mejor no hacerlo sola, solo. El trabajo personal hay que hacerlo individualmente, está claro, pero mejor con alguien que nos acompañe, un amigo, un profesional, la pareja, un familiar...
 
Y aquí vas a encontrarte con una barrera: el miedo a mostrarte, a parecer vulnerable, débil, a no dar la imagen que quieres dar de persona sin problemas, sin traumas, con todo bajo control. 

Esa barrera que todos y todas tenemos es una trampa al solitario que te haces. A corto plazo puede ser que te funcione. A medio y largo plazo te perjudica y mucho. Porque te hace mirar hacia afuera y valida la parálisis que produce el miedo, impidiendo que comiences siquiera a bajar el primer escalón al sótano.

Cada persona vive su vida como puede y sabe, cada cual de forma distinta. Y normalmente las cosas las siente así, tal cual salen sin avisar, sin espacio aparente para trabajarlas.
 
Sólo tú puedes saber lo que tienes ahí dentro, lo que has vivido, pensado, el contenido de esa mochila que llevas siempre a cuestas, llena de miedos, de traumas... Esa mochila no es más que tu sótano y en su oscuridad sólo cada persona sabe lo que hay. Y a veces ni eso. Sabe lo que pesa, pero no lo que contiene.

Descubrirlo es la tarea, atreverse a bajar a ese sótano o asomarse al interior de esa mochila llena de recovecos, de bolsillos ocultos. 

Los miedos a la oscuridad se combaten con luz. Para bajar al sótano necesitas luz y calma, Igual para asomarte al interior de tu cargada mochila. Deja que la luz penetre en esos oscuros recovecos. La tuya propia y la de quien te acompañe, que a veces es más potente que la tuya, debilitada y poco eficaz en esos lugares oscuros. 

Esa poca luz produce sombras alargadas y distorsionadas que te asustan como si fueran algo más que sombras. Necesitas la máxima luz posible para ver con claridad lo que hay ahí. Seguro que te asustará menos y más seguro aún, te sentirás mucho mejor identificando todo aquello que está ahora oculto y que explica esas emociones que surgen y que pueden secuestrarte, disparando las reacciones automáticas.
 
No hay peligro ahí, Solo recuerdos. 

Pero has de ir con paso firme y con determinación. 

Quien te acompañe debe a su vez saber que debe respetar totalmente tu vivencia, el contenido de tu mochila, de tus recovecos, de tu sótano, con empatía, sin juicio y sin tratar de protagonizar nada en la historia de la que el papel protagonista lo tienes exclusivamente tú. Es tu vida, es tu mente, son tus miedos.

Nadie puede arrogarse el derecho de ni siquiera opinar, porque jamás va a poder cargar con tu mochila, ni saber lo que pesa. Sólo puede ayudarte a aligerarla, no directamente sino iluminando y sosteniéndote cuando el miedo te haga dudar o tambalearte, animándote a seguir cuando te paralice. 

Estando ahí contigo, sin más. Con respeto, con compasión, sin opinar, sin juzgar...

Eso es hacer las cosas con amor y es lo que debes exigir a quien elijas para acompañarte en ese viaje a tu interior.
 
Parece poco, sólo amor, pero no es fácil, ni para ti, ni para quien vaya a acompañarte. Pero el amor es una potente fuerza, la más potente y con ella puedes ir a cualquier parte y poder con todo.

Por tanto: "que la fuerza te acompañe" y la luz te ilumine el camino haciendo desaparecer las sombras, que son ilusiones que te asustan.

Con luz, tu sótano verás que parece otra cosa.