sábado, 11 de febrero de 2017

Sabiduría de la Incertidumbre

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal







Dos de las 7 Leyes Espirituales del Éxito, de Deepak Chopra (que nada tienen que ver con el éxito material) son, la quinta y la sexta: La quinta es la Ley la Intención y el Deseo y la sexta es la Ley del Desapego.

Hoy voy a escribir principalmente de la quinta, que tiene una relación directa con la siguiente.

Una de las partes que a mi más me llaman la atención es poder renunciar al apego al resultado.

Saber vivir en la "sabiduría de la incertidumbre"

Cuando vemos una película, estamos viviendo el presente y dejamos que transcurra con la incertidumbre de lo que va a pasar. No lo sabemos y ahí está lo bueno.

Lo mismo nos pasa al leer un libro, una novela. Podemos hacernos una idea de lo que puede pasar y hay giros inesperados que conducen a otro final distinto del que imaginábamos.

Igualmente, cuando salimos a la montaña, a hacer una nueva ruta, vamos viviendo paso a paso la experiencia y no vamos pensando en el final.
 

Procuramos disfrutar del camino.

En ninguno de los tres ejemplos nos apegamos al resultado. Vivimos el presente y dejamos que los acontecimientos se sucedan. Vivimos esa incertidumbre sin ansiedad.

En la vida, lamentablemente no. 

Muchas veces nos apegamos al resultado de las cosas y no disfrutamos del camino que debemos hacer para conseguirlas.

Un ejemplo que conozco. La búsqueda de un nuevo trabajo. 

Buscar un trabajo es en sí un trabajo (no remunerado) pero que requiere recorrer un camino. 

Dependiendo de cómo transite cada uno ese camino, será más o menos gratificante. 

La actitud es muy importante. 

Y el camino a recorrer es también muy importante. El resultado es la consecuencia de haber recorrido el camino con la actitud correcta.

Es incierto el resultado, por lo que apegarnos a una incertidumbre es absurdo. 

Pero la mente imagina y se apega a eso que imagina.

La incertidumbre es una constante en nuestras vidas. Nada está escrito. Así que vivir en la incertidumbre es toda una competencia. Es sabiduría. Es no apegarse al resultado. 

Porque el resultado es incierto. Y no puede haber apego a lo incierto.

El apego es como un ancla. Nos frena, nos retiene, nos limita.

Desapegarse es dar libertad al universo para que las cosas sucedan como hayan de suceder, sin ser condicionadas por los pensamientos, que generan las expectativas.

Es mucho más emocionante vivir con la  sabiduría de la incertidumbre.

Esta sabiduría no es fácil de alcanzar, porque la gran mayoría especula y vive condicionada al resultado.

Y ¿cual es el objetivo de vivir, sino el hecho mismo de vivir?

¿O acaso es el logro de cosas materiales, o relaciones, o felicidad? Todas cosas que vienen y se van.

La felicidad es algo intangible y subjetivo.

Como hace poco alguien me dijo, es la ilusión de estar vivo, de vivir. Ese es el objetivo.

La vida trata de vivir, no de conseguir nada, ni estatus, ni dinero, ni poder, cosas todas que pueden perderse.

Lo vemos constantemente.

Son gratificaciones para el ego, que se alimenta de lo externo.

Vivir es algo más que pasar los años que se nos conceden amasando fortuna, éxitos, fama, reconocimiento. 

No es tener, es SER. 

Y esto es difícil de asimilar en una cultura, como la occidental, que fomenta lo material y la individualidad.

Es un error. 

Todo eso es apegarse al ego, a lo material y a la necesidad de reconocimiento, de éxito, de dinero, de cosas, de fama. 

A la autocomplacencia, a lo exterior.

No nos llevaremos nada. Tal cual vinimos nos iremos. 

Entonces ¿para qué apegarse a nada? Se trata de disfrutar del camino, y ni al propio disfrute hay que apegarse, ni al camino mismo, que es cambiante. Ni a la vida siquiera, que es camino igualmente.

Mejor practicar el desapego, lo que nos permitirá vivir con lo que vaya viniendo y aceptando lo que se vaya yendo.

Yo, hasta hace muy poco tiempo disfrutaba de un estatus, de un reconocimiento, de una estabilidad económica, de un puesto fijo (¡JA!)

Y todo eso cambió y se fue. Y aquí sigo, tras experimentar el otro lado, la inestabilidad, la falta de identidad profesional, de reconocimiento por la actividad que dejé de realizar, la falta de un puesto fijo... Pero no he desaparecido ni me he volatilizado. 

Estoy aquí y sigo aprendiendo.

Y cuando uno se quita capas y va renunciando a cosas, se da cuenta que todo eso son superficialidades, que no afectan a la verdadera esencia de uno. Más bien, cuando están la mantienen oculta, tapada, ahogada.

Así que desapegarse de cosas, de personas, de roles, de creencias, es de lo más liberador.

Y cuesta, porque hay una emoción muy poderosa que nos condiciona mucho: el miedo.

Ayer vi una película de animación muy recomendable, "Zootrópolis", en la que se dice una frase que me ha resultado interesante y que anoté: 

"A lo único que hay que temer es al propio miedo". Y el apego contribuye mucho a fomentar ese miedo. Miedo a perder, a fracasar.

¿Acaso una margarita puede fracasar en su vida de flor? ¿O la abeja en su vida de insecto? ¿Quién los juzga?

Los humanos somos distintos, mucho más complicados y hacemos que nuestra vida sea complicada también. 

Demasiada mente. Demasiados pensamientos, demasiado ego, demasiado apego.

Vivir es simple, sólo hay que vivir y la vida va sola, casi sin nuestra intervención. Sólo tenemos que alimentarnos y descansar las horas que el organismo necesita.

Pero no, nuestra vida la llenamos de retos, de competencia, de búsqueda de logros, de dinero, de reconocimiento, de visibilidad. Todas necesidades del ego.

Se puede vivir casi sin nada, o con muy poco. El resto son necesidades creadas, a las que nos apegamos compulsivamente.

Afán por tener, por ser alguien, en vez de tan solo ser. Y ese alguien es nuestro ego, el de los apegos, al que le cuesta tanto disfrutar, incluso cuando se tiene el éxito social y material.

Ilusión por estar vivos, sin más. Eso es la clave de la felicidad. Lo demás son lo que nos venden.

El resultado de vivir, es la propia vida. Y el proceso de vivir incluye la propia muerte. 

¿Cómo vemos la muerte? ¿Como el resultado inevitable de la vida? Entonces qué, ¿nos apegamos a la muerte? No, ¿verdad?

Pero sí nos apegamos al resultado de un negocio, de una apuesta, de cualquier cosa que hagamos. Así nos llevamos las decepciones que nos llevamos.

No hay que apegarse ni a la propia vida.

Simplemente no hay que apegarse a nada. Si, como se explica en la Ley de la Intención y el Deseo, no fijamos la atención en el futuro, que es donde se situaría el resultado, sino en el presente, donde todo tiene lugar, si hacemos las cosas con conciencia del momento presente, entonces es cuando estamos realmente vivos. 

Porque el presente es conciencia.

Debemos tener en cuenta algo que condiciona toda esta ecuación: La Intención.

Puede que pensemos: pero la intención mira al futuro. Es verdad. Pero esta Ley contempla otra cosa importante: La atención. Y la atención es el presente, el ahora.

Combinando la atención con la intención, creamos materialmente el futuro. 

Porque el futuro se crea en el presente. Manteniendo la atención y teniendo la intención. Parece un trabalenguas, pero es la forma de no ver el futuro con apego. 

Porque estamos centrados en el presente. Es lo que se llama la intención desapegada. 

Es no luchar contra el presente, es vivirlo, pero con intención. No con expectativa. 

Porque solo se es en el presente. Y aquí y ahora no hay apego que valga. 

La intención es deseo sin apego al resultado. Si hago las cosas con la intención de..., pero vivo en el presente, no puedo apegarme al resultado. 

El deseo por si sólo, contiene el apego. Queremos que ocurra algo. 

La intención es distinta. Hago en mi presente las cosas enfocadas hacia un futuro posible, pero no me salgo del presente. 

No me coloco en el resultado, porque el resultado es incierto. 

Con la intención puedo proyectar hacia el futuro pero con la atención y la conciencia en el presente. Con el deseo la atención se va al futuro y aparece el apego al resultado.

El resumen, para entenderlo bien, es que la intención, con atención, crea el futuro. 

Atención al momento presente e intención hacia el futuro. ¿Dónde estoy y hacia dónde quiero ir? 

Como siempre es ahora, a medida que avance, dónde estoy es siempre el presente, es lo único que hay real. 

La intención dirige el siguiente paso, pero las posibilidades son infinitas. No puedo sólo tener en cuenta el destino, apegarme a él. Realmente sólo puedo tener en cuenta el camino.

Así que, aunque pueda parecer complejo, no lo es. Estemos en el ahora con atención y miremos hacia el futuro con intención. 

Como el futuro lo creamos en el presente, la combinación de ambas cosas nos llevará hacia donde queremos, porque lo iremos creando en el ahora, en el presente. Sin apegos.

Si caminamos con la atención puesta en el destino, en ese punto donde deseamos llegar, podemos despeñarnos por un barranco, al no tener la atención puesta en el presente. Así de fácil. Y luego, de camino al hospital, con varias fracturas, podemos lamentarnos lo que queramos. Ahí estaría el apego al resultado.

La sabiduría de la incertidumbre es todo un reto. 

Si se consigue, es un grandísimo paso para lograr vivir con la atención plena en el ahora, sin apegarnos a lo que vaya a pasar realmente. 

La magia es que la intención, combinada con el desapego, crea ese futuro desde el presente. 

Somos los creadores de nuestro futuro. ¿Qué futuro queremos?

Pues toda la atención en el presente. Así funciona. No deseemos. Hagamos con intención.

Jorge Arizcun

viernes, 10 de febrero de 2017

Milagros y Sonrisas

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal






Hoy he tenido el privilegio de estar presente en la despedida de una de las personas que han influido mucho en mi vida. 

Se llamaba, se llama Milagros. Y milagro es haberla conocido y haber compartido y aprendido tanto con ella y de ella.

Desde aquí, quiero rendirla mi pequeño homenaje.

Mujer de carácter, bondadosa de corazón, dada siempre a los demás, excelente cocinera, con mucho sentido del humor y resiliente como pocas.

La vida, larga, le ha deparado experiencias de todo tipo, pero todas y cada una han merecido una sonrisa suya.

Menuda y abrazable, ha sido y será por siempre una persona muy agradable, sin tonterías ni dobles fondos. Tal cual era.

Buena por naturaleza, entregada a los demás, ha tenido experiencias muy duras, algunas de ellas que he podido compartir en cierta medida.

El ejemplo de Milagros de "echarle huevos" a la vida, así con todas las letras, es toda una lección. Porque ha vivido todo, lo bueno y lo menos bueno con una sonrisa. 

Tirando para adelante.

Hoy la hemos despedido. Las despedidas de los que viajan al otro lado, de los que regresan a la luz y al todo, en nuestra cultura tienen ese sabor triste y amargo, que yo creo habría que cambiar.

Alguien como esta persona tan especial en todas sus facetas, sobre todo en las de Madre, Abuela y Amiga, merece sonrisas. Muchas sonrisas. De agradecimiento.

Nos deja un ejemplo de vida comprometida y actitud impagables.

Pequeña de tamaño, gigantesca en su esencia, yo creo que aprovechó bien su tiempo en esta experiencia única que es vivir.

Hoy la vi por última vez. Vi su cuerpo físico. Pero todo estaba impregnado por su presencia. En la mente de todas las personas que se acercaron a despedirla estaba ella, viva, sonriente. 

Su voz, su imagen.

Allí estaba, ya en el lugar del que todos venimos y al que regresaremos, con su misión cumplida y su ejemplo dejado para los demás.

Cada uno, como ha dicho el sacerdote en la misa, tiene sus creencias. No hay duda que si somos energía e información, si somos vibración, nada se pierde. 

Ella ahora vibra en otra frecuencia, en la universal. 

La información ahí está, mucha de ella transmitida a través de sus descendientes y otra aprovechada por los que tuvieron la suerte de cruzarse en su camino. 

Para aprender de ella.

Y otra, junto con la energía necesaria para abandonar este plano físico, ella se la ha llevado. Su propia experiencia vital, su propio aprendizaje. 

Allá, a ese otro plano de existencia, el espiritual, se ha trasladado. Y ya de otra forma, está en su esencia. 

Parte de esa energía, que ella proyectaba en este plano físico en forma de sonrisa, ahora es pura luz, brillante.

Si esta existencia nuestra es un aprendizaje evaluable, ella aprobó con nota todas las asignaturas y pruebas que la vida le puso delante durante todos los años que vivió en su cuerpo físico.

¿Pero quién pone la nota?

Pues no hay nota que poner. Ella se lleva su experiencia y lo que aprendió, que fue mucho.

Nadie ni nada juzga. 

Ella, como todos, tenía su tiempo y su aprendizaje. 

Deja mucho más de lo que se lleva, porque deja en el plano físico, todo lo físico. Y en el espiritual, la experiencia con ella de cada persona que caminó un trecho, más o menos largo a su lado.

Su propia experiencia se la ha llevado.

Y ahora sigue su camino, en donde existe la máxima vibración, la universal, que se llama amor. Amor como energía vibrando en el más alto nivel, que es distinto a lo que comúnmente llamamos amor los humanos, en este lugar donde transitamos nuestra vida física.

Y amor es la emoción que debe invadirnos. Mucho más potente que el miedo o la pena.

Agradezco el tiempo compartido, el amor y la enseñanza. 

Es un milagro vivir.

Ella es un milagro.

Hasta siempre. Porque el tiempo no existe. Siempre es ahora.

Y su ahora es distinto.

Queda su hueco físico vacío. Pero su esencia sigue ahí, su alma, o como cada uno quiera llamarlo, su energía, su información, aquí están. De nosotros depende aprovecharlas. Esas sonrisas son muy valiosas, y nos las regaló por años.

Representan lo que ella es y en nuestra mente quedan. Reflejan una forma de vivir una vida larga y llena de experiencias. Muchas muy duras, pero superadas.

Con todo mi amor para Milagros. 

Me llevo mi parte y esa luz que me regalaste y que tantas veces me ha iluminado. 

Ahora nos toca seguir a los demás iluminando, con esa suma de luz que somos todos.

Gracias por tu sonrisa, ya eterna.

Jorge Arizcun


jueves, 9 de febrero de 2017

¿Cómo hacer surf sin meterse en el agua?

Acompañamiento para Gestión del Cambio


La respuesta a la pregunta del título puede parecer obvia: No se puede.

Pero muchas personas quieren surfear una buena ola, sin ni siquiera meterse en el agua.

Los surfistas sueñan con esa ola que les permita disfrutar de las sensaciones inigualables que ofrece ese deporte. 

Y se pasan horas en el agua esperándola. Lo intentan con algunas, pero puede ser que la ola, la que esperan, no aparezca.

Y siguen ahí en el agua, pacientemente esperando su llegada. Y a veces el premio no es una, sino varias en un día. 

Y lo que hacen antes de nada, es ponerse su traje de neopreno y meterse en el agua, que está fría, sobre todo si no es verano. Y a veces hasta en verano si son aguas del norte.

El caso es que hay que meterse para poder surfear. Una tabla de surf en una acera o el la pared es un trasto. Está diseñada para el agua y para las olas.

En la vida, muchos tienen sus tablas de surf en seco. Les gustaría poder subirse sobre una ola estupenda y surfear metros y metros. Pero no se meten en el agua.

El esfuerzo de hacerlo y la pereza para dar el paso, la incomodidad que supone permanecer en el agua esperando, puede más que la posibilidad de esa ola que tánto les gustaría surfear.

De esto quiero hablar hoy. De la pereza, de querer que las cosas pasen sin ir a por ellas. 

Y sé que muchas personas de las que van a leer esto se sentirán identificadas de una u otra manera. 

Lo que deseamos está ahí, pero hay que ir a por ello. Hay que mojarse, como suele decirse y como en el surf.

Pero muchas veces no es fácil. Es fácil decirlo, sí, pero no hacerlo. Porque nuestra mente nos lo impide. Y nos dice esas cosas que hacen que no demos el paso y nos quedemos donde estamos.

Si no nos gusta mucho dónde estamos y además hay algo que nos gustaría hacer, o que vemos con envidia cómo otros lo hacen, ¿qué sentido tiene quedarnos en donde estamos?

Puede que la situación en la que nos encontremos nos paralice. Es muy normal que eso ocurra. Sobre todo en momentos de cambio profundo.

A todos nos puede pasar. A todos. Por muy bien que estemos, la vida puede llevarnos a esos momentos en los que todo se tambalea y perdemos las referencias.

En esos momentos, en esas horas bajas, podemos caer en ese estado, como de aletargamiento, que nos lleva a tener una actitud pasiva y a esperar, con nuestra tabla de surf en la acera...

Cuando vemos, en un día que no invita precisamente al baño, desde lo alto esas pequeñas manchas negras, entre las olas, muchos podemos pensar: "vaya ganas de meterse en el agua, con el frío que hace" 

Y los miramos como si fuesen unos locos, o unos fanáticos. A mi me ha pasado.

Pero ahora no, ahora los veo con admiración, porque representan el luchar por lo que uno quiere.

No saben cómo va a ser, ni cuando, pero sí saben que han de estar ahí para cuando venga, que hay que meterse en el agua fría y remar hasta la zona donde ocurren las cosas. Donde se producen las olas buenas.

Cuántas veces a tantos les pasa que no tienen fuerza de voluntad suficiente para ni siquiera levantarse de la cama por la mañana.

Hay que luchar contra ello. Con todas las fuerzas. Porque esa actitud de derrota o de apatía, jamás nos va a llevar donde ocurren las cosas. 

A veces es muy difícil. Pues hay que pedir ayuda. Hay que apoyarse en otros que puedan empujarnos a salir de esa espiral negativa y paralizante.

Sólo hay que dar un paso para salir de la cama, o para levantarse del sofá. Uno solo. Bueno sí, y el terrible esfuerzo de ponerse en pie.

Y ya ha cambiado uno la actitud. Con sólo hacer eso, que sería como meter un pie en el agua. Que está fría y da impresión en un primer momento, pero cuando vamos avanzando y nos vamos metiendo más, nos vamos acostumbrando y ya no parece tan fría.

Nadie está a salvo de sufrir reveses en la vida. Cambios, a veces muy seguidos, que nos desestabilizan y nos paralizan. 

Pero hay que identificar esas sensaciones, hay que familiarizarse con ellas y sobre todo, enfrentar el miedo que producen esos cambios que hay que hacer. Sí o sí.

Es la vida, enseñándonos a ser mejores, a evolucionar. Son cambios necesarios para crecer, aunque cuando ocurren parece que nos pase lo contrario, que nos volvamos pequeñitos, que nos asustemos y queramos quedarnos en la cama, hechos una bolita y bien tapaditos.

Ahí no nos puede ocurrir nada, pensamos. Pero lo que realmente hacemos es quedarnos quietos, como los animales que cruzan en la noche una carretera y se ven deslumbrados por los faros de un vehículo que avanza hacia ellos a toda velocidad.

Sólo que, a diferencia de esos pobres animales, debajo de la manta o el edredón no va a ocurrir nada. Ni bueno ni malo. Nada. Y cuando al final se decide uno a levantarse, la sensación es mucho peor que si lo hubiese hecho antes. 

El ejemplo del surf es representativo, como podría serlo el de salir en invierno temprano a correr, o a montar en bicicleta. Hay que levantarse, vencer la pereza, no escuchar la vocecita que dice, ¿qué haces?, ¡quédate en la cama!, ¡hace frío!. 

Esa vocecita que es nuestra mente asustada que nos dice que no hagamos nada. Y el miedo no se vence quedándose parado. El miedo es precisamente para lo contrario, para activarse y salir de la situación de peligro. 

Y es muy peligrosa la apatía y la actitud de no hacer nada. Muy peligrosa. 

Así que, si estáis en una situación en la que os cuesta dar un paso, en la que la mente os sabotea y os dice que ¿para qué?, pensad en esos surferos, aunque os de frío hacerlo.

Y pensad en la maravillosa sensación de estar donde ocurren las cosas, donde se generan las olas buenas. Porque cuando se está ahí, se da cuenta uno de que ha merecido la pena el esfuerzo de levantarse, ponerse el traje de neopreno, coger la tabla y meterse en el agua. Pese al frío.

Una tabla de surf en la acera o colgada de una pared es un trasto. 

Y nosotros tirados, sin hacer nada y lamentándonos no somos diferentes a ese trasto.

Para poder surfear una buena ola, que no es otra cosa que hacer lo que nos gustaría hacer, hay que mojarse. No hay otra. Y el frío se te olvida.

Y te sientes mucho mejor.

Jorge Arizcun


miércoles, 8 de febrero de 2017

La gota que juzga

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal




Juzgar es una costumbre que el ser humano común ha ido adquiriendo con el desarrollo. El juicio constante a todos y a todo.

Y es algo absurdo porque ¿qué juzgamos?, ¿en base a qué juzgamos?
Si todo es cambio, ¿qué es lo que hay que juzgar? 

Al instante siguiente ya es distinto. 

El juicio nos hace presuponer cosas, nos hace equivocarnos, nos coloca en una posición rígida. Nos desgasta.

El prejuicio, que es juzgar antes de saber, antes de conocer, antes de experimentar, nos hace cometer errores y a lo peor nos hace perdernos experiencias y personas que nos pueden enriquecer. 

En realidad todo es enriquecedor, porque todo suma.

Y hablando de cambio, los primeros que cambiamos somos nosotros. Todo el tiempo, aunque no queramos. 

Y sí, también nos juzgamos. Constantemente.

Y nos condenamos a penas injustas. Nos auto castigamos. Eso sólo lo hace una especie en nuestro planeta, la nuestra.

Y ¿cómo podemos juzgarnos si apenas nos conocemos?, ¿si apenas sabemos de nosotros una parte externa, ese personaje construido de retales y vivencias, de subjetividad, de influencias y contaminaciones externas?

Sabemos poco de nuestro YO esencial, de nuestro yo real. 

Nos creemos el personaje y no profundizamos más. 

Y nuestra mente superficial y egocéntrica nos bombardea con pensamientos en forma de juicios y sentencias, presunciones e inventos, que nos hacen creer que las cosas son como las vemos, o como creemos verlas. 

Y vivimos enfrentados al mundo y a los demás, como si fueran ajenos a nosotros, cuando todos somos parte de un todo. 

Somos como células enfermas en un cuerpo, que es un todo como sistema, pero que nos enfrentamos a las otras células y al propio cuerpo del que formamos parte.

Y después creemos tener el don de la adivinación, creándonos ilusiones respecto al futuro en forma de expectativas, que a su vez, cuando ese futuro llega, como suele ser distinto de la expectativa ideada, nos hace juzgar. 

Siempre juzgar. Las cosas como buenas o malas, con impune subjetividad.

Somos tremendamente injustos la mayoría de veces.

Y no nos damos cuenta de que no hay nada escrito.

Es absurdo frustrarse cuando las cosas son diferentes a como habíamos pronosticado. Como en las quinielas de fútbol, son combinaciones aleatorias, pretendiendo adivinar un futuro sujeto a infinitas variables.

Y aquí, además del juicio y la negatividad asociada al mismo, aparece la preocupación,  esa emoción tan desgastante.

Si jugamos a la lotería o hacemos apuestas deportivas como las quinielas de fútbol, cuyo resultado está absolutamente fuera de nuestro control, ¿tendría sentido preocuparnos por esos resultados?. Ningún sentido.

Y ahora pregunto, ¿especular con el futuro no es lo mismo que especular con los resultados de una quiniela?

¿Podemos juzgarnos por no haber acertado una quiniela?, ¿o por no haber ganado la lotería?

¿Y qué sabíamos nosotros qué iba a pasar? 

Pues así con todo. 
Lo que vemos, creemos que es así como lo percibimos, mediatizado por lo que pensamos. Y creemos saber lo que va a pasar y lo que puede pasar. 

Y no podemos. Porque las posibilidades son infinitas. 

Infinitos futuros posibles, desde el que creemos más lógico hasta el que pueda parecernos imposible. 

Todos caben. 

Y sino pensad un poco en cómo han sido las cosas que habíamos pensado que iban a ser de otra forma totalmente distinta.

Cuántos chascos, cuántas frustraciones y decepciones, cuantos juicios inútiles.

Y la responsabilidad, ¿de quién es?, ¿nuestra?

Yo lanzó las preguntas.

Primero especulamos, después nos preocupamos y después nos responsabilizamos. 

Es de locos. 

En vez de disfrutar del momento, pasamos de él y nos ponemos a hacer el tonto con el futuro.

Hay infinidad de factores externos fuera de nuestro control. Y si pensamos en términos de física cuántica ya no os digo. Las cosas son en función del observador. Hablaremos de esto, que es apasionante y tan difícil de asimilar por nuestra mente limitada y condicionada.

Tenemos que hacer un ejercicio de humildad serio. Yo no sé todo, digámonoslo a nosotros mismos. 

Sabemos muy poco, al menos sabe muy poco ese yo pequeño, ese personaje que creemos ser, aislado y egocéntrico. Y ese es el que juzga y el que piensa..., así nos va. 

Y así sufrimos tanto y nos decepcionamos constantemente y nos equivocamos y no aprendemos.

Nuestro Yo, el que somos realmente, el que forma parte del todo, ese sí que sabe. Sin mente propia, con la mente universal.

Es nuestra parte espiritual, que forma parte de la divinidad del todo, del Universo, de Dios, o de como cada cual quiera llamarlo. En cualquier caso, esa inteligencia superior de la que somos parte.

Y debemos delegar en ese YO, que es lo que realmente somos. Claro que antes debemos creer que somos ese SER y no ese personaje que nos creemos. 

Debemos hacer ese viaje hacia nuestro interior para poder despertar y dar el salto evolutivo necesario. Os sonará a misticismo o a patrañas de nueva era. Bueno, es normal. A nuestro ego no le gusta perder protagonismo ni individualidad.

Y ese ego, ese yo egótico no puede gestionar más que a su nivel limitado.

Como símil, imaginemos que somos una gota de agua en el océano. ¿Qué nos diferencia del océano mismo? somos el océano. 

No somos una gota de agua, somos el agua, fundidos con todas las demás miles de millones de millones de gotas, que creen ser gotas aisladas, sin darse cuenta de que son parte de un todo.

¿Podemos juzgar a las otras gotas?, ¿tiene sentido, desde este punto de vista pensar que podemos tener el control de algo?, ¿cómo podemos tener la perspectiva suficiente si nos consideramos gotas individuales, aisladas de las demás, a las que miramos y juzgamos tontamente? 

Desde el punto de vista de una simple y pequeña gota no podemos saber ni predecir nada, porque estamos a expensas de algo mucho más grande, que se comporta como un todo y ondula y vibra como un todo. 

¿Qué podemos saber nosotras, pobres y minúsculas gotitas?

Pero nuestro SER, que es agua misma fundida con todo el océano sí que sabe. Porque tiene la conciencia del todo y conoce el funcionamiento de ese todo, que es la masa completa del agua.

Vale, somos gotas pequeñas y frágiles. Pues busquemos. Miremos qué somos realmente. Cuando sepamos que somos agua (cosa que efectivamente somos) sabremos que no somos nada diferenciado, que somos parte.

Y desde ese conocimiento, las preocupaciones, los juicios, las especulaciones, las decepciones, dejarán de existir. 

Porque son cosa de la individualidad, de la gota, del ego que no admite ser agua, indivisible del resto de la masa única oceánica.

Creo que este ejemplo puede resultar ilustrativo. 

A mi me encanta el mar y me sobrecoge su majestuosidad y su comportamiento como un todo. No veo el mar como un conjunto de gotas individuales. 

Pues lo mismo con nosotros. Somos parte de algo gigantesco, tanto, que desde la escala universal somos prácticamente inexistentes.

Nuestra vida es la parte infinitesimal de un instante a escala cósmica.

Da vértigo, pero es así. 

Confiemos en ese todo al que pertenecemos. 

Seamos conscientes de eso y busquemos en nuestro interior la conexión. En nuestro YO, en nuestro SER, que es mucho más que un ser humano aislado, con sus problemas, sus miedos, sus ansiedades, sus vivencias, sus recuerdos.

No queremos verlo así. Nuestro personaje ahí no existe. La gota deja de existir en el océano.

Y como empecé hablando de juicio, de juzgar. ¿Juzgaríamos al universo? ¿Al océano?

¿A Dios? ¿Al todo?

Pues cada vez que juzgamos hacemos eso. Pensemos en esto. Tomemos distancia de nosotros mismos para poder tener la perspectiva necesaria. Y para hacerlo, lo curioso es que debemos dirigirnos hacia nuestro interior. 

Porque ahí está la conexión, en nuestro interior, en nuestra parte espiritual, en nuestro YO.

Y en eso consiste nuestro viaje vital. En descubrir eso que realmente somos, sin juicios, sin cuestionarnos. Y aunque parece difícil, es mucho más sencillo de lo que creemos.

Y lo mejor, uno de los pasos importantes que hemos de dar es simplemente no juzgar. 

Al no juzgar, admitimos las cosas tal cual son y fluimos con ellas. 

Y automáticamente avanzamos un buen trecho en nuestro viaje interior.

Hay más pasos que dar, pero este es uno de los importantes.

Jorge Arizcun