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lunes, 7 de agosto de 2017

Una decisión cualquiera - Parte 1



    Acompañamiento para Gestión del Cambio 






Una decisión cualquiera en un momento determinado puede ser la más importante de tu vida.

No puedes imaginarte las consecuencias de las decisiones que tomas y no es posible tener idea del tsunami que pueden desencadenar. 

Al tomar una pequeña decisión, que piensas que no puede traer más que consecuencias pequeñas, no eres consciente que la fortuna o el destino esperan siempre y pueden tenderte inesperadamente los brazos y transportarte a una realidad totalmente distinta.

No dejes de tomar decisiones. 

Abren puertas siempre. 

Y no sabes qué hay detrás de cada una.

No hay decisión pequeña. 

Lo que puede provocar, el cambio que puede suponer, que no puedes imaginar de antemano, hace que no pueda juzgarse una decisión como pequeña o como poco trascendente.

El presente que ha de venir está detrás de las decisiones que tomas ahora.

No decidir también es una decisión y tiene sus consecuencias.

Siempre decides, aunque no tengas conciencia de hacerlo. 

Siempre hay bifurcaciones en el camino y siempre eliges, aún sin darte cuenta. 

Aunque vayas en "piloto automático", pensando en otras cosas, decides. 

Hay una parte del cerebro que se mantiene alerta, entre otras cosas para que no te caigas en una zanja, por ejemplo. 

Y toma las decisiones que considera mejores, con la información de que dispone.

Si piensas en los millones de decisiones que tomas durante tu vida, puedes reconocer que no tienes problema en tomarlas. 

Lo haces todo el tiempo.

Lo que aquí quiero es llamar tu atención acerca de las consecuencias, las imprevisibles e impredecibles consecuencias.

La ventaja de tomar conciencia de las decisiones que tomas, que es la consecuencia de estar presente, de vivir plenamente el ahora consciente, es que puedes reconocer la importancia de esa "pequeña" decisión que tomaste en un momento determinado y la relaciones con lo que ahora mismo es tu realidad.

Como no sabes lo que va a ocurrir, ni si será bueno o malo, según tu percepción de las cosas, que es cambiante, no lo olvides, no dejes de decidir conscientemente.

Muchas veces no decides porque das las cosas por sentadas. Crees que "sabes" lo que va a suceder. 

Eso que consideras "lo más probable", no es más que una posibilidad más. 

Y en cualquier caso, ¿a qué temer?

Ahí está tu voz interior especulando, dando por supuestas cosas que de ninguna manera pueden darse por supuestas.

Un momento de felicidad puedes asociarlo perfectamente a ese raro instante en el que esa voz enmudece y puedes escuchar al mundo, sintiéndote en paz y armonía con él.

Entonces esa armonía se traduce en tranquilidad, respiras lenta y conscientemente y ves, oyes, hueles y experimentas con claridad.

Ese momento es posible crearlo. Sólo hay que decidirlo. 

Decide silenciar esa voz interior, que te está "traduciendo" a su idioma la realidad y desde ese silencio siente la felicidad de ser, de estar exactamente dónde estás, dentro de tu cuerpo. 

Viendo las cosas que te rodean, sintiendo cómo entra y sale el aire de tus pulmones y disfrutando del simple e increíble hecho de estar con vida.

Y desde ese estado, que con práctica no requiere mucho tiempo para alcanzarlo, tan solo unas pocas respiraciones conscientes, observa aquello ante lo que tienes que decidir, sin aventurar consecuencias. 

Permitiéndote no saber. 

Aceptando que todas las posibilidades existen.

Sin esa voz interior puedes dar rienda suelta a los sueños, visualizarlos, recrearte en ellos y jugar a elegir la posibilidad que quieras. 

Podrá suceder como lo visualizas o no, pero tu estado interior, el de tus células, estará alineado con esa visión, con esa intención.


Jorge Arizcun
Julio 2017





Sígueme en twitter: @jarizcun


sábado, 11 de febrero de 2017

Sabiduría de la Incertidumbre

                     

Trick or Treat      Crecimiento Personal







Dos de las 7 Leyes Espirituales del Éxito, de Deepak Chopra (que nada tienen que ver con el éxito material) son, la quinta y la sexta: La quinta es la Ley la Intención y el Deseo y la sexta es la Ley del Desapego.

Hoy voy a escribir principalmente de la quinta, que tiene una relación directa con la siguiente.

Una de las partes que a mi más me llaman la atención es poder renunciar al apego al resultado.

Saber vivir en la "sabiduría de la incertidumbre"

Cuando vemos una película, estamos viviendo el presente y dejamos que transcurra con la incertidumbre de lo que va a pasar. No lo sabemos y ahí está lo bueno.

Lo mismo nos pasa al leer un libro, una novela. Podemos hacernos una idea de lo que puede pasar y hay giros inesperados que conducen a otro final distinto del que imaginábamos.

Igualmente, cuando salimos a la montaña, a hacer una nueva ruta, vamos viviendo paso a paso la experiencia y no vamos pensando en el final.
 

Procuramos disfrutar del camino.

En ninguno de los tres ejemplos nos apegamos al resultado. Vivimos el presente y dejamos que los acontecimientos se sucedan. Vivimos esa incertidumbre sin ansiedad.

En la vida, lamentablemente no. 

Muchas veces nos apegamos al resultado de las cosas y no disfrutamos del camino que debemos hacer para conseguirlas.

Un ejemplo que conozco. La búsqueda de un nuevo trabajo. 

Buscar un trabajo es en sí un trabajo (no remunerado) pero que requiere recorrer un camino. 

Dependiendo de cómo transite cada uno ese camino, será más o menos gratificante. 

La actitud es muy importante. 

Y el camino a recorrer es también muy importante. El resultado es la consecuencia de haber recorrido el camino con la actitud correcta.

Es incierto el resultado, por lo que apegarnos a una incertidumbre es absurdo. 

Pero la mente imagina y se apega a eso que imagina.

La incertidumbre es una constante en nuestras vidas. Nada está escrito. Así que vivir en la incertidumbre es toda una competencia. Es sabiduría. Es no apegarse al resultado. 

Porque el resultado es incierto. Y no puede haber apego a lo incierto.

El apego es como un ancla. Nos frena, nos retiene, nos limita.

Desapegarse es dar libertad al universo para que las cosas sucedan como hayan de suceder, sin ser condicionadas por los pensamientos, que generan las expectativas.

Es mucho más emocionante vivir con la  sabiduría de la incertidumbre.

Esta sabiduría no es fácil de alcanzar, porque la gran mayoría especula y vive condicionada al resultado.

Y ¿cual es el objetivo de vivir, sino el hecho mismo de vivir?

¿O acaso es el logro de cosas materiales, o relaciones, o felicidad? Todas cosas que vienen y se van.

La felicidad es algo intangible y subjetivo.

Como hace poco alguien me dijo, es la ilusión de estar vivo, de vivir. Ese es el objetivo.

La vida trata de vivir, no de conseguir nada, ni estatus, ni dinero, ni poder, cosas todas que pueden perderse.

Lo vemos constantemente.

Son gratificaciones para el ego, que se alimenta de lo externo.

Vivir es algo más que pasar los años que se nos conceden amasando fortuna, éxitos, fama, reconocimiento. 

No es tener, es SER. 

Y esto es difícil de asimilar en una cultura, como la occidental, que fomenta lo material y la individualidad.

Es un error. 

Todo eso es apegarse al ego, a lo material y a la necesidad de reconocimiento, de éxito, de dinero, de cosas, de fama. 

A la autocomplacencia, a lo exterior.

No nos llevaremos nada. Tal cual vinimos nos iremos. 

Entonces ¿para qué apegarse a nada? Se trata de disfrutar del camino, y ni al propio disfrute hay que apegarse, ni al camino mismo, que es cambiante. Ni a la vida siquiera, que es camino igualmente.

Mejor practicar el desapego, lo que nos permitirá vivir con lo que vaya viniendo y aceptando lo que se vaya yendo.

Yo, hasta hace muy poco tiempo disfrutaba de un estatus, de un reconocimiento, de una estabilidad económica, de un puesto fijo (¡JA!)

Y todo eso cambió y se fue. Y aquí sigo, tras experimentar el otro lado, la inestabilidad, la falta de identidad profesional, de reconocimiento por la actividad que dejé de realizar, la falta de un puesto fijo... Pero no he desaparecido ni me he volatilizado. 

Estoy aquí y sigo aprendiendo.

Y cuando uno se quita capas y va renunciando a cosas, se da cuenta que todo eso son superficialidades, que no afectan a la verdadera esencia de uno. Más bien, cuando están la mantienen oculta, tapada, ahogada.

Así que desapegarse de cosas, de personas, de roles, de creencias, es de lo más liberador.

Y cuesta, porque hay una emoción muy poderosa que nos condiciona mucho: el miedo.

Ayer vi una película de animación muy recomendable, "Zootrópolis", en la que se dice una frase que me ha resultado interesante y que anoté: 

"A lo único que hay que temer es al propio miedo". Y el apego contribuye mucho a fomentar ese miedo. Miedo a perder, a fracasar.

¿Acaso una margarita puede fracasar en su vida de flor? ¿O la abeja en su vida de insecto? ¿Quién los juzga?

Los humanos somos distintos, mucho más complicados y hacemos que nuestra vida sea complicada también. 

Demasiada mente. Demasiados pensamientos, demasiado ego, demasiado apego.

Vivir es simple, sólo hay que vivir y la vida va sola, casi sin nuestra intervención. Sólo tenemos que alimentarnos y descansar las horas que el organismo necesita.

Pero no, nuestra vida la llenamos de retos, de competencia, de búsqueda de logros, de dinero, de reconocimiento, de visibilidad. Todas necesidades del ego.

Se puede vivir casi sin nada, o con muy poco. El resto son necesidades creadas, a las que nos apegamos compulsivamente.

Afán por tener, por ser alguien, en vez de tan solo ser. Y ese alguien es nuestro ego, el de los apegos, al que le cuesta tanto disfrutar, incluso cuando se tiene el éxito social y material.

Ilusión por estar vivos, sin más. Eso es la clave de la felicidad. Lo demás son lo que nos venden.

El resultado de vivir, es la propia vida. Y el proceso de vivir incluye la propia muerte. 

¿Cómo vemos la muerte? ¿Como el resultado inevitable de la vida? Entonces qué, ¿nos apegamos a la muerte? No, ¿verdad?

Pero sí nos apegamos al resultado de un negocio, de una apuesta, de cualquier cosa que hagamos. Así nos llevamos las decepciones que nos llevamos.

No hay que apegarse ni a la propia vida.

Simplemente no hay que apegarse a nada. Si, como se explica en la Ley de la Intención y el Deseo, no fijamos la atención en el futuro, que es donde se situaría el resultado, sino en el presente, donde todo tiene lugar, si hacemos las cosas con conciencia del momento presente, entonces es cuando estamos realmente vivos. 

Porque el presente es conciencia.

Debemos tener en cuenta algo que condiciona toda esta ecuación: La Intención.

Puede que pensemos: pero la intención mira al futuro. Es verdad. Pero esta Ley contempla otra cosa importante: La atención. Y la atención es el presente, el ahora.

Combinando la atención con la intención, creamos materialmente el futuro. 

Porque el futuro se crea en el presente. Manteniendo la atención y teniendo la intención. Parece un trabalenguas, pero es la forma de no ver el futuro con apego. 

Porque estamos centrados en el presente. Es lo que se llama la intención desapegada. 

Es no luchar contra el presente, es vivirlo, pero con intención. No con expectativa. 

Porque solo se es en el presente. Y aquí y ahora no hay apego que valga. 

La intención es deseo sin apego al resultado. Si hago las cosas con la intención de..., pero vivo en el presente, no puedo apegarme al resultado. 

El deseo por si sólo, contiene el apego. Queremos que ocurra algo. 

La intención es distinta. Hago en mi presente las cosas enfocadas hacia un futuro posible, pero no me salgo del presente. 

No me coloco en el resultado, porque el resultado es incierto. 

Con la intención puedo proyectar hacia el futuro pero con la atención y la conciencia en el presente. Con el deseo la atención se va al futuro y aparece el apego al resultado.

El resumen, para entenderlo bien, es que la intención, con atención, crea el futuro. 

Atención al momento presente e intención hacia el futuro. ¿Dónde estoy y hacia dónde quiero ir? 

Como siempre es ahora, a medida que avance, dónde estoy es siempre el presente, es lo único que hay real. 

La intención dirige el siguiente paso, pero las posibilidades son infinitas. No puedo sólo tener en cuenta el destino, apegarme a él. Realmente sólo puedo tener en cuenta el camino.

Así que, aunque pueda parecer complejo, no lo es. Estemos en el ahora con atención y miremos hacia el futuro con intención. 

Como el futuro lo creamos en el presente, la combinación de ambas cosas nos llevará hacia donde queremos, porque lo iremos creando en el ahora, en el presente. Sin apegos.

Si caminamos con la atención puesta en el destino, en ese punto donde deseamos llegar, podemos despeñarnos por un barranco, al no tener la atención puesta en el presente. Así de fácil. Y luego, de camino al hospital, con varias fracturas, podemos lamentarnos lo que queramos. Ahí estaría el apego al resultado.

La sabiduría de la incertidumbre es todo un reto. 

Si se consigue, es un grandísimo paso para lograr vivir con la atención plena en el ahora, sin apegarnos a lo que vaya a pasar realmente. 

La magia es que la intención, combinada con el desapego, crea ese futuro desde el presente. 

Somos los creadores de nuestro futuro. ¿Qué futuro queremos?

Pues toda la atención en el presente. Así funciona. No deseemos. Hagamos con intención.

Jorge Arizcun

martes, 3 de enero de 2017

La Navidad es un Adorno


Crecimiento Personal

Acompañamiento para Gestión del Cambio 



Un año más llegó diciembre y se acercan a toda velocidad las fechas navideñas (bueno, ya se anunciaban desde bastante antes...)

Esto, a lo largo de la vida, y dependiendo de en qué momento o situación esté uno, pues provoca un sentimiento u otro respecto a esas fechas, señaladas en el calendario y en las que se presupone que uno debe estar feliz y contento, porque reina La Paz y la armonía, se llena todo de sentimientos positivos, se adornan las ciudades y los hogares (los de los que lo tienen, claro) y es una época del año maravillosa y mágica.

Esto es así, o no. 

Depende, como digo, de cómo esté uno y dónde.

Y muchas veces podemos ver a otras personas con un claro espíritu navideño..., de puertas para afuera.

¿Qué es el espíritu navideño?,¿qué magia hay que hace que esta época del año sea más dichosa, más feliz, que afloren de repente buenos sentimientos y propósitos, que todo se iluminé especialmente y que la realidad cambie, aparentemente?

Pues la realidad es que el mes de diciembre, si eres cristiano, rememora el adviento, que el 24 de diciembre se conmemora el nacimiento de Jesucristo y que esa noche, de Paz, es una celebración de dicho evento. Desde ese punto de vista es mágico, ya que el personaje de Jesucristo es un símbolo para muchos millones de seres humanos. 

Hasta ahí todo bien.

Luego está el folclore y el negocio, estrechamente unidos.

Todos somos generosos y celebramos..., gastando. Y gastando y gastando. 

No hay problemas, ni crisis, ni nada parecido a algo negativo. Todo reluce con sus luces y adornos brillantes, todos nos deseamos lo mejor y sonreímos felices, normalmente ante una mesa bien repleta de manjares y eso, de fiesta. 

De fiestas, que son varias. Y ¡felices fiestas!, nos deseamos.

Nada que objetar a los buenos sentimientos, a los reencuentros, al buen ambiente de solidaridad y hermanamiento. A los sentimientos fraternales y solidarios...

Las ciudades relucen con sus adornos, más o menos afortunados, o de más o menos buen gusto. 

Y las empresas cuyo auge en esta época y con motivo de la Navidad experimentan picos de ventas, pues encantadas de la vida, porque hacen su "agosto" en diciembre y los primeros días de enero, hasta Reyes.

¿Qué hay distinto? En realidad nada. La Navidad es un adorno a la realidad, que es la misma con o sin luces, árboles, papanoeles, belenes, fastos, cabalgatas y demás parafernalia.

La tele se convierte en un bombardeo publicitario,  machacante hasta límites que rozan el absurdo. ¡Compra esto! ¡y lo otro! Una y otra vez.

¿Qué hay detrás? Negocio, puro y duro.

Salvo honrosas excepciones, cuanto más "espíritu" navideño, con minúsculas, más negocio. Más consumo, más gasto.

Recuerdo un año que pasé el fin de año en Marruecos, en Fez. Coincidiendo además con el Ramadán.

Ese año, todo lo relacionado con la Navidad, tal y como la entendemos los occidentales de países con tradición católica, de repente no existía. 

Por ningún lado. Ni rastro. 

Sólo por desplazarse hacia el sur unos miles de kilómetros.

Ah! El espíritu navideño no es universal, depende de dónde se esté. Es selectivo.

Si estás en el primer mundo la cosa es distinta, porque puede incentivarse el consumo. Mucho. Demasiado. 

Si estás en África, bueno eso es otro mundo.

Hoy hablaba con una persona importante para mi, que me ha dicho que el verdadero valor que encontraba en la Navidad es el del reencuentro con la familia. 

Nuestro entorno más cercano. El "calor del hogar" antaño entendido como el del lugar donde ardía la leña para calentarnos. 

Actualmente esa mesa en la que se sienta la familia reunida, con algunos miembros reencontrados, tras a veces mucho tiempo sin verse. 

Estoy de acuerdo. Esa parte de la Navidad que estimula el reencuentro, los valores familiares y las tradiciones, me gusta. El resto, la verdad es que bastante menos.

Es adornar la realidad. A veces "inadornable" por mucho que se empeñen los medios. 

Al menos, en lo que al decorado se refiere.

Una calle iluminada con miles de luces intermitentes y adornada con mucho recargo o incluso, a veces pasa, con buen gusto, a altas horas de la noche, cuando nadie está despierto para verlo, es un espectáculo para nadie. Como sí encendemos todo el despliegue luminoso de un estadio de fútbol..., vacío.

¿A donde quiero ir a parar? Pues a que la ilusión en esta época no puede sustentarse en el adorno y el consumo. 

Debe ser algo interior. Y el interior no se adorna.

Aunque pensemos en la magia destinada a los niños, salvo los muy pequeños, al final es consumo, regalos. Pedir, tener.

No sé. Hay algo del espíritu navideño que no está claro (pese a toda la iluminación) que tiene ese regusto a decorado, a artificio, a impostura.

"Tenemos que quedar en Navidad, antes de fin de año"... Ya. ¿Y por qué? Todo es más caro, todo está lleno.

Fin de año. ¿Qué finaliza? Todo es un continuo, no finaliza nada, es arbitrario, depende de dónde hayas nacido.

Resulta sorprendente, cuando menos, que donde la Navidad se representa en su máximo esplendor sea en ciudades como Nueva York, donde es icónica, o en general en EEUU, el lugar que representa la expresión más exagerada del capitalismo, del consumismo, de la desigualdad... Sólo para reflexionar.

Es verdad que también hay estampas muy bellas de la Navidad en los países Escandinavos, residencia de Papá Noel...

En fin, que no trato aquí de aguarle "las fiestas" a nadie. De verdad.

Simplemente reflexionar sobre sí el espíritu de la Navidad es un artificio publicitario tremendamente rentable, o si representa unos auténticos valores que nos remueven y nos ayudan a ser mejores en general y de forma sostenible, vamos, que si es posible encontrar ese espíritu en otra época, o caduca al llegar la cuesta de enero.

Yo espero que no, y espero encontrarlo en mi interior y con los míos, al "calor del hogar" donde más a gusto puede sentirse uno y olvidar por un tiempo lo negativo.

Miremos hacia adentro, donde está todo, y comprobemos sí nuestra luz interior brilla más. 

Entonces sí podemos proyectar ese espíritu positivo y ese mensaje solidario y de esperanza. 

Y para esto, no hace falta pasar por caja..., ni adornar tanto.

Espero que tengais unas felices fiestas en familia, os deseo un año nuevo lleno de oportunidades y vivencias y ya, camino del final, con el día de Reyes, pues eso, no pasarse con el gasto y pensar que ellos, los Magos de Oriente, llevaron su presencia y un poco de oro, incienso y mirra, que lejos de equipararse a lo que hoy en día se consideran productos "caros" y de "lujo", estaban asociados a ciertos conceptos y rituales (El oro era un regalo para Jesús como Rey, pues era un regalo destinado a reyes. El incienso era un presente para Jesús como Dios, pues esta resina se quemaba delante de los dioses. Y la mirra, para Jesús como hombre, pues con ella se embalsamaba a los muertos)

Nada que ver con consumo, gasto o lo que en la actualidad significa el regalo de Reyes. 

Pero eso es otra historia.

Jorge Arizcun
Diciembre 2024