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martes, 15 de septiembre de 2026

Realidad Paralela

 

Acompañamiento para la gestión del Cambio




REALIDAD PARALELA - ANESTESIA EMOCIONAL

Hace tiempo que no veo series y tampoco veo películas habitualmente. Sí de vez en cuando, pero es algo esporádico.

En casa y por lo que sé en muchas casas, ver series es un deporte, especialmente en los y las adolescentes, que devoran temporadas completas y catálogos enteros de las plataformas.

A mi me gusta el cine y una buena serie. También me gusta el arroz con leche y no lo como todos los días, lo como de vez en cuando.

Cuando se consume contenido audiovisual constantemente se produce una saturación del cerebro y se merman capacidades de procesamiento, reflexión e incluso disfrute, aunque la persona que ve tantas historias seguidas sienta que es algo placentero. Lo es porque cumple la función de proporcionar la dosis que el cerebro reclama, pero se pierde profundidad y acaba siendo sólo consumo que incrementa la lista de lo visto. Otra cosa es la vivencia de la película, su calidad, la profundidad de la historia y la reflexión. 

Cuando el cine constituye una evasión de la realidad, se convierte en un refugio a tiempo completo con el que anestesiar una insatisfacción vital, un estado de ansiedad, una situación social, la soledad. Realmente lo que se hace es contemplar cómo viven y afrontan sus problemas otros. Es más sencillo vivir las emociones de los personajes de las series que afrontar las nuestras.

Además, si se consume cine o series en exceso se abre la puerta a una realidad paralela que está en la ficción. Si se pasa mucho tiempo en la ficción se resta tiempo al mundo real y esto puede alterar nuestra percepción de la realidad o de las relaciones humanas y crearse expectativas irreales sobre el éxito, el amor, la amistad, las relaciones familiares, la violencia.

El tiempo es finito. El día dura lo que dura y además de descansar, que debería ocupar una tercera parte del tiempo, hay una serie de cosas que hay que hacer y que, si se está deslizando pantallas en el móvil o tirados viendo series en el ordenador, la tele o el teléfono, pues simplemente dejan de hacerse o se descuidan. Puede ser el ejercicio físico, la higiene personal y las tareas del hogar, limpieza, orden, la compra, la comida (que normalmente se convierte en un acto impulsivo alejado de lo saludable) Y por supuesto las obligaciones académicas o laborales. Vamos, procrastinación pura.

Además, ver series o películas constantemente pueden conducir al aislamiento (lo mismo pasa con el uso del móvil) pudiendo pasar a ser la preferencia frente a otros planes. A veces el plan es ver una serie con amigos, lo que sería mejor que verla solos, pero puede ser desconexión igual, si el consumo es excesivo, como lo es quedar con amigos y pasarse el tiempo con el móvil, juntos pero cada uno en su pantalla.

Si el consumo de series y contenidos multimedia es constante constituye un hábito que puede derivar en adicción y suponer una pérdida de atención crónica. La visualización de contenido “masticado” y rápido, disminuye la capacidad de concentración para tareas largas en el mundo real, el estudio, la lectura de un libro, un proyecto, las obligaciones. Las horas pasan y pasan y se vuelven improductivas. Mucho tiempo dedicado al consumo fácil y sin esfuerzo.

No digo que la afición al cine sea algo malo, pero una cosa es la afición y otra muy distinta es la adicción. Imagina que te gusta el fútbol y ves partidos sin cesar o que te gusta el cine y vas a una sala de cine a diario una o varias veces. No es sólo el tiempo dedicado sino la falta de control y las consecuencias a medio y largo plazo del consumo. Si se vuelve adictivo puede ser compulsivo y comerse mucho tiempo que necesitamos para otras cosas que están a este lado de la pantalla.

Si el consumo de series o películas tiene como fin desconectarse, no pensar, evadirse de la realidad, estamos ante una adicción que no va a ir a menos, pasando cada vez más tiempo y profundizando cada vez menos. Porque no es lo mismo ver cine como un cinéfilo, con criterio de elección, análisis del guion y la fotografía, información sobre el director o directora, los actores y actrices, con verdadera afición y afán de conocimiento, reposando lo visto, compartiendo con otras personas aficionadas, enriqueciendo la vida cultural, que ser un consumidor o consumidora que colecciona visualizaciones de innumerables series completas y catálogos de películas sin medir el tiempo consumido, ni cuándo se emplea y pasando de una a la siguiente, sintiendo ansiedad o sensación de urgencia sino se está viendo algo o no se ve la última serie.

“Esa ya me la he visto” es una expresión muy habitual entre quienes consumen habitualmente series y películas y acumulan cientos de ellas vistas. ¿Cuánto tiempo requiere y consume este hábito? Mucho, muchísimo. Además de tiempo consume cerebro.

Si tienes dudas sobre si eres adicto o adicta, fíjate en si sientes culpabilidad o frustración por el tiempo que pierdes (aquí aún hay esperanza) o si defiendes este hábito como un pasatiempo más y algo importante, si notas cambios en tu estado de ánimo cuando no tienes pantallas cerca (este es un indicador claro)

Cuidado con los atajos. Si buscas hacer tareas complejas que requieren concentración, esfuerzo, tiempo y constancia, mediante atajos, principalmente buscando contenidos multimedia relacionados, que sean resumidos, rápidos y que hayan desarrollado otros, no es que seas vago o vaga, ni que te falte capacidad o inteligencia. Esto es un síntoma de que tu cerebro está hiperestimulado por las pantallas y busca más pantallas, gratificación y resultados instantáneos. Tu mente está acostumbrada a la rapidez de consumo de series, pelis o móvil, por lo que ponerse a trabajar en cualquier proyecto o tarea que requiera concentración o repetición te genera un “aburrimiento doloroso” (literalmente puede llagar a producir dolor físico en determinado grado de adicción)

Procrastinas porque esas tareas y sus resultados te generan ansiedad por dos cosas: el esfuerzo que tienes que hacer y la posibilidad de fracaso.

No te fíes de los atajos, suelen ser ineficaces, no ayudan a realizar correctamente las tareas que tenemos que hacer y sólo buscan usar el mínimo tiempo y esfuerzo. Si se trata de algo intelectual los atajos dan una sensación falsa de aprendizaje. Sólo funciona la memoria a corto plazo, sin consolidación de la información.

Lo mejor es dedicar el tiempo que requiere cada cosa. Si voy a leer un libro, leerlo, no buscar resúmenes, si voy a realizar una tarea doméstica, hacerla empleando el tiempo necesario para hacerla bien, si voy a estudiar, organizarme y dedicar el tiempo y la concentración que requiere.

Es difícil cuando el cerebro grita: “¡¡¡quiero ver una serie!!!” pero poco a poco puede hacerse callar esa voz. Dite a ti mismo, a ti misma: “veremos la serie cuando yo diga, cuando toque

Lo mejor es asignar un tiempo determinado al día o a la semana para ver series o películas. Y cuando estemos viéndolas sólo hacer eso, no estar a la vez con el móvil, que es muy típico y es señal de la focalización sin foco (focalizo en la actividad de ver cosas, pero sin focalizar en el contenido mismo) Así, dedicando el tiempo y la atención consciente, se entrena la disciplina y la concentración.

No hace falta verlo todo, como si el mundo fuese a terminarse ya. Es como intentar comérselo todo. Está bien probar platos o ver series, pero con control, sin compulsión. Disfrutando del tiempo elegido para hacerlo, del hecho de hacerlo y del contenido de la serie o el plato.

Digamos que las series, las películas, el móvil o la comida no están prohibidas, pero hay que ganárselas. Hay que reeducar al cerebro para que procese y comprenda que el esfuerzo va antes que el placer. Sí deben estar prohibidas cuando no toquen. Es simple, aunque para la mente de una persona adicta es bastante difícil. Suele haber caos y hay que ordenarlo, como se ordena la habitación, el horario o cualquier otra cosa. Se requiere disciplina y para esta no hay atajos, hay que trabajarla.

Jorge Arizcun
COACHING ACTIVO
Septiembre 2026







domingo, 13 de septiembre de 2026

Deslizar el dátil

  

Acompañamiento para la gestión del Cambio






"DESLIZAR EL DÁTIL"

He descubierto que tras un tiempo consumiendo contenido en redes sociales, principalmente Instagram y practicar el hábito del scrolling, mi mente se ha vuelto más perezosa y me cuesta mucho generar, procrastino más y tengo mi mente más vacía de mis propios criterios.

Ese gesto sencillo de deslizar el dedo por la pantalla es un hábito tremendamente adictivo que hace que disminuyan o atrofien otras capacidades, básicamente porque te quita tiempo, mucho tiempo. El cerebro se vuelve pasivo para la acción y receptivo para el contenido. Y los algoritmos te muestran continuamente aquello sobre lo que has mostrado interés. El sistema de recompensa está activado y busca la dosis de placer rápido y sin esfuerzo. Una trampa.

He comprobado cómo la parte lógica y racional de mi cerebro, la que hace que ahora esté escribiendo disciplinadamente, manteniendo a raya los impulsos, especialmente el de mirar el móvil y desconectarme obteniendo placer instantáneo, efímero e inútil, pierde eficacia y puede permanecer desconectada por largo tiempo. Normalmente tiempo improductivo.

Mi cerebro quiere su dosis de dopamina, le da igual si es una foto, un vídeo, un mensaje, incluso el contenido mismo. Porque puede parecer que se consumen cosas relacionadas con temas que nos interesan, pero cuando se hace scroll, se consume de todo y se produce un efecto “bola de nieve” consumiendo más y más. Más dosis de dopamina, más adicción, más pérdida de tiempo y de capacidades.

Así que he decidido que basta. Me gusta escribir, me gusta leer libros, me gusta caminar, trabajar, estudiar. Me gusta tener el control de lo que hago. Y desde luego el scrolling es una adicción, que como todas las adicciones conlleva la pérdida de control.

Vuelvo a escribir y vuelvo a trabajar externa e internamente. Recupero el control.

Yo antes dibujaba, estudiaba y tocaba la batería, montaba en bici, leía libros constantemente, hacía senderismo, nadaba, iba a la biblioteca, al cine, escribía con constancia, tenía más vida social.

La verdad es que la tecnología de consumo a mi no me está siendo de mucha ayuda, más bien lo contrario. Me hace peor, me ha hecho peor. Me ha limitado en vez de potenciarme. Aún en este momento, de vez en cuando me pillo cambiando de pantalla para revisar el Whatsapp, el correo, las noticias.

Acabo de cerrar esas ventanas. No necesito consultar ni ver nada ahora. Ahora estoy escribiendo y no quiero distracciones que me asalten y me hagan procrastinar. No quiero que mi cerebro impulsivo gane constantemente la batalla a mi cerebro racional. No quiero desperdiciar alegremente milenios de evolución, dejando que mi córtex cerebral, mi cerebro más evolucionado pierda capacidad y retroceda. Es absurdo y un despropósito, así que lo pongo a funcionar conscientemente para que controle mis impulsos y de momento parar de scrollear (vaya palabra…, voy a cambiarla por “deslizar el dátil”)

Ya no soy un adolescente con el circuito de recompensa en máxima alerta y a pleno funcionamiento todo el tiempo. Ellos y ellas, adolescentes, tienen un problema con esto hasta más o menos los 24 años, que es cuando termina de desarrollarse la corteza prefrontal de su cerebro. Es una faena porque les pilla ese desarrollo cuando más necesitarían usar ese cerebro racional y cuando menos deberían procrastinar. Pero así son las cosas. Y no sólo pasa en adolescentes. Lamentablemente también cada vez más en adultos.

Yo me doy cuenta. Ya lo sabía, pero me dejé llevar un tiempo. El móvil está muy bien y el ordenador y el chat gpt. Son avances tecnológicos increíbles, pero mal utilizados nos restan inteligencia y hacen que nuestro cerebro más evolucionado pierda potencia al reducir su uso, dejando paso al cerebro más primitivo que funciona impulsivamente, no se concentra y necesita estímulo inmediato.

Pienso en mi perro y en que si pudiera acceder al uso de un móvil, no podría parar de deslizar el dátil y se olvidaría de comer… Da miedo pensarlo. Pero en la realidad humana pasa eso y cosas peores que afectan negativamente a las personas. Ese hábito activa la entrada a lo que se denomina estado de flujo, que es un estado mental en el que la dificultad de la tarea que se está realizando se ajusta al nivel de habilidad y atención que se tiene. Entonces se entra en una fase de distorsión temporal, al ser absorbida toda la atención por los contenidos cambiantes y perfectamente dirigidos por el algoritmo, sin darte cuenta del paso del tiempo y del movimiento automático del dedo (que es la máxima habilidad requerida), deslizando sin parar y a lo mejor esas dos o tres horas se han pasado viendo videos de gatitos, de tonterías, de comidas, coches, noticias sobre algún tema concreto, lo que sea…, llegando a perder el sentido lo que vemos. Ese tiempo es un tiempo literalmente desperdiciado. Se produce una focalización sin foco. Focalizamos en la experiencia misma de consumir contenido sin focalizar en él. La experiencia por defecto es hacer eso, anulando todo lo demás.

Se vuelve una adicción cuando el impulso es incontrolable y tiene un impacto funcional negativo en el comportamiento y en el resto de la vida de la persona. Eso es la procrastinación. Y puede producir síndrome de abstinencia. Quítale a un adolescente viciado el móvil si quieres comprobar cómo se desata el infierno.

Yo he decidido no regresar a la adolescencia en lo que respecta al uso del móvil, redes, etc. He decidido detener el uso compulsivo, inconsciente y absurdo de las tecnologías y sólo hacerlo en mi beneficio consciente, para mi productividad y mi crecimiento personal y profesional. Con control.

Ahora estoy escribiendo en un portátil y estoy utilizando la tecnología. Esta concreta que me permite escribir este artículo, sin distraerme con otras cosas. Mientras lo hago escucho música a través de mis audífonos, gracias también a la tecnología y la aplicación de reproducción de música. Es también una elección consciente, así como la música que escucho.

Antes he caminado con mi perro y sin el móvil. Lo recomiendo. Se despiertan los sentidos. Lo jodido de esto es comprobar cómo los podemos mantener dormidos y todo lo que nos perdemos.

Tomar conciencia de esto y aplicar la disciplina y la inteligencia para separar en mi día a día el tiempo con y sin móvil me permite elegir no usarlo sin sentido y no permitir que sea un recurso por defecto, un gesto automático no decidido.

Seguro que va a haber resistencia de mi mente. De hecho la hay. Bien, estoy dispuesto a vencerla.

Ah! Acabo de poner mi teléfono en blanco y negro. Mucho menos atractivo.

Vuelvo al mundo tridimensional y de multisentidos.

Ya seguiré contando qué tal. Te animo a darle una vuelta a esto y probar a recuperar el control, a hacer las cosas que hacías o que te gustaría hacer, pero que el móvil no te deja. Te animo a recuperarte y a cerrar el grifo de pérdida miserable de tiempo

 

Jorge Arizcun
COACHING ACTIVO
Septiembre 2026





martes, 1 de noviembre de 2022

Pereza y procrastinación

 

  Acompañamiento para Gestión del Cambio 


¿Por qué tenemos pereza para hacer cosas que son beneficiosas para nuestra vida?

Por ejemplo, el ejercicio físico que contribuye notablemente a nuestra salud. O la práctica de la meditación, que fomenta el equilibrio, la calma y nos ayuda a estar presentes. O el ejercicio intelectual, el conocimiento (leer, estudiar…)

Nadie puede poner en duda que el deporte es salud física. Nadie puede poner en duda la importancia de una buena salud física, de una buena salud mental y una buena salud social. Salud es esas tres cosas, a las que podemos añadir el aspecto trascendental de nuestra existencia, que también es muy importante.

Gran parte de la población no se ocupa de su salud a través del deporte, la alimentación, el descanso, el equilibrio, el autocuidado, las relaciones saludables y el desarrollo intelectual y de las destrezas que fomentan nuestra competencia a todos los niveles.

La razón que se da es principalmente la falta de tiempo. Yo añadiría la escasa o nula motivación e interés.

La falta de tiempo deja de ser excusa si existe interés y motivación suficientes.

¿Cuántas veces comenzamos a cuidarnos física y mentalmente por prescripción médica, o cuando no hacerlo provoca problemas familiares, sociales o laborales?

Cuidarse físicamente crea las condiciones para el resto de aspectos, el mental y el social. Y nos disciplina, con lo que gestionamos mejor nuestro tiempo y combatimos la pereza.

La realidad es que procrastinamos y buscamos excusas No se trata de falta de tiempo, sino de su deficiente gestión, de nuestra tendencia a procrastinar, que es un hábito que podemos quitarnos si nos ponemos a ello.

Claro que la falta de tiempo y motivación son la excusa perfecta para seguir procrastinando, lo que da lugar a un círculo vicioso en el que finalmente no tenemos tiempo ni ganas para luchar contra la procrastinación. Procrastinamos dejar de procrastinar.

El verbo procrastinar significa "diferir", "posponer", "aplazar" y proviene del verbo latino procrastināre, formulado por el prefijo pro-, que remite a “adelante”, y el término crāstinus, por “día siguiente” o “mañana”.

¿Sabes que gran parte de la gente se considera procrastinadora crónica, con un hábito firmemente asentado? (uno de cada cinco adultos es procrastinador severo y la mitad de los estudiantes también manifiesta importante severidad en este hábito. Es mucha gente)

Lo que seguramente no saben es cómo la procrastinación, dejar para después o para mañana las tareas, es una causa importante de estrés, ya que supone el motivo de no pocos problemas, al ser tremendamente contraproducente en el ámbito profesional y en el personal, suponiendo una distorsión de nuestra percepción de la calidad de vida (creemos que tiene mayor calidad nuestra vida si posponemos tareas que no nos apetecen, nos aburren o no nos motivan por su dificultad o por su escasa dificultad)

El hábito de la procrastinación es causante de trastornos de ansiedad, estados depresivos, trastornos del sueño o alimentarios. En definitiva: estrés.

El estrés que produce el hábito de procrastinar puede cronificar esos trastornos, al ser un hábito que va a más (cuanto más procrastines, más vas a procrastinar) Esto podemos enlazarlo con las prácticas de bienestar, como por ejemplo el deporte y la disciplina que conseguimos haciendo ejercicio, que nos ayuda a combatir el hábito de posponer.

Romper el círculo vicioso no es sencillo.

No es sólo que dé pereza hacer cosas que cuestan o nos aburren. Es más que eso, se trata de toda una batalla que se libra en nuestro interior, en nuestro cerebro. No hay que considerar la procrastinación como pereza o incompetencia. Los estudios de neurociencia avanzada demuestran que se trata de un conflicto en el plano biológico, entre el sistema límbico y la corteza prefrontal, que son complejas áreas del cerebro  interconectadas.

El primero es un potente sistema que comprende las estructuras del cerebro que activan las emociones. Este sistema apareció en la escala filogenética, en nuestra evolución, antes que la corteza prefrontal, o córtex cerebral.

Esta última estructura, más evolucionada, encargada de los procesos complejos del intelecto, como el razonamiento, la resolución de problemas y la conciencia social, es considerada como el centro de la personalidad y es la que nos diferencia claramente del resto de las especies animales.

Cuando nos enfrentamos a una tarea que no nos resulta agradable o cómoda, la batalla entre los dos sistemas la gana el más antiguo, el límbico, el de las emociones y el instinto. Y procrastinamos. El sistema más reciente, el prefrontal, pierde. La razón pierde frente al instinto y la reacción inconsciente, al elegir la recompensa inmediata y el bienestar momentáneo, posponiendo la tarea sin pensar en las consecuencias y el malestar a medio y largo plazo.

Ya lo haré mañana. Ya saldré a correr mañana (o nadar, o cualquier otro deporte) Este aspecto del ejercicio físico es el gran perjudicado al ser particularmente susceptible a la procrastinación. Mucha gente considera el deporte como algo desagradable y perciben esta tarea, que es necesaria, de forma negativa, hasta el punto de poder llegar a producir rechazo.

Detrás puede estar la percepción de falta de competencia, la falta de motivación, la falta de paciencia y la inconstancia, lo que produce una emoción desagradable, que es la frustración. La reacción instintiva de nuestro cerebro más primitivo es la evitación que se manifiesta en forma de procrastinación. Esto es válido para el deporte, para la dieta, para el estudio, los proyectos, las relaciones (“ya quedaremos”, “te llamaré uno de estos días”, ¿te suena?)

La implicación en la actividad física o mental intensa, según estudios realizados, genera un estado de activación que no nos resulta agradable.

Lo cierto es que tras la actividad física o mental tenemos en general mejor estado de ánimo, aunque el desarrollo de la tarea no nos resulte agradable mientras se está realizando (esta percepción puede cambiarse con diferentes técnicas)

Esto tiene que ver con el rechazo primario a salir de nuestra “zona de confort”, a vencer la inercia. Procrastinamos porque elegimos esa falsa comodidad (que a la larga resulta tremendamente incómoda)

Nuestro bienestar requiere de más acción, actividad física, mental, retos a superar, metas a conseguir. La procrastinación propone lo contrario, lo fácil, lo inmediato, precisamente lo que nos va a provocar malestar, desequilibrio e insatisfacción.

En referencia al deporte, un estudio reciente, realizado con una muestra de 621 personas (274 mujeres y 347 hombres) con edades comprendidas entre 18 y 83 años de edad, que mantenían la práctica de algún tipo de actividad física, demuestra que estas personas tenían una percepción de mayor calidad de vida y se sentían más saludables y despiertas, menos perezosas, más proactivas y por tanto con menor proprensión a la procrastinación.

En dicho estudio se concluyó que una práctica deportiva de un mínimo de dos horas y media a la semana, da como resultado, además de una mejor forma física, una percepción más positiva de la propia salud.

Esto es extrapolable a cualquier otra actividad. La percepción resultante es un estado de satisfacción sostenible, lo que es una motivación en sí mismo.

Como dijo un poeta inglés (Edward Young): “El tiempo perdido es la existencia; El tiempo utilizado es la vida”. No te limites tan sólo a existir, vive.

No se trata de llenar de años la vida, sino de llenar los años de vida. Procrastinando, posponemos hacer, posponemos vivir. Porque nuestra tarea vital es el bienestar a largo plazo. Y el hábito de la procrastinación nos aleja de ese bienestar. Nos aleja de nuestra vida.


Jorge Arizcun