
Acompañamiento para la gestión del Cambio
"DESLIZAR EL DÁTIL"
He descubierto que tras un tiempo
consumiendo contenido en redes sociales, principalmente Instagram y practicar
el hábito del scrolling, mi mente se ha vuelto más perezosa y me cuesta mucho
generar, procrastino más y tengo mi mente más vacía de mis propios criterios.
Ese gesto sencillo de deslizar el
dedo por la pantalla es un hábito tremendamente adictivo que hace que disminuyan
o atrofien otras capacidades, básicamente porque te quita tiempo, mucho tiempo.
El cerebro se vuelve pasivo para la acción y receptivo para el contenido. Y los
algoritmos te muestran continuamente aquello sobre lo que has mostrado interés.
El sistema de recompensa está activado y busca la dosis de placer rápido y sin
esfuerzo. Una trampa.
He comprobado cómo la parte
lógica y racional de mi cerebro, la que hace que ahora esté escribiendo
disciplinadamente, manteniendo a raya los impulsos, especialmente el de mirar
el móvil y desconectarme obteniendo placer instantáneo, efímero e inútil,
pierde eficacia y puede permanecer desconectada por largo tiempo. Normalmente
tiempo improductivo.
Mi cerebro quiere su dosis de
dopamina, le da igual si es una foto, un vídeo, un mensaje, incluso el contenido
mismo. Porque puede parecer que se consumen cosas relacionadas con temas que
nos interesan, pero cuando se hace scroll, se consume de todo y se produce un
efecto “bola de nieve” consumiendo más y más. Más dosis de dopamina, más
adicción, más pérdida de tiempo y de capacidades.
Así que he decidido que basta. Me
gusta escribir, me gusta leer libros, me gusta caminar, trabajar, estudiar. Me
gusta tener el control de lo que hago. Y desde luego el scrolling es una
adicción, que como todas las adicciones conlleva la pérdida de control.
Vuelvo a escribir y vuelvo a
trabajar externa e internamente. Recupero el control.
Yo antes dibujaba, estudiaba y tocaba la batería, montaba en bici, leía libros constantemente, hacía senderismo, nadaba,
iba a la biblioteca, al cine, escribía con constancia, tenía más vida social.
La verdad es que la tecnología de consumo a
mi no me está siendo de mucha ayuda, más bien lo contrario. Me hace peor, me ha hecho
peor. Me ha limitado en vez de potenciarme. Aún en este momento, de vez en
cuando me pillo cambiando de pantalla para revisar el Whatsapp, el correo, las
noticias.
Acabo de cerrar esas ventanas. No
necesito consultar ni ver nada ahora. Ahora estoy escribiendo y no quiero distracciones
que me asalten y me hagan procrastinar. No quiero que mi cerebro impulsivo gane
constantemente la batalla a mi cerebro racional. No quiero desperdiciar
alegremente milenios de evolución, dejando que mi córtex cerebral, mi
cerebro más evolucionado pierda capacidad y retroceda. Es absurdo y un
despropósito, así que lo pongo a funcionar conscientemente para que controle
mis impulsos y de momento parar de scrollear (vaya palabra…, voy a cambiarla
por “deslizar el dátil”)
Ya no soy un adolescente con el
circuito de recompensa en máxima alerta y a pleno funcionamiento todo el
tiempo. Ellos y ellas, adolescentes, tienen un problema con esto hasta más o menos los 24
años, que es cuando termina de desarrollarse la corteza prefrontal de su
cerebro. Es una faena porque les pilla ese desarrollo cuando más necesitarían
usar ese cerebro racional y cuando menos deberían procrastinar. Pero así son
las cosas. Y no sólo pasa en adolescentes. Lamentablemente también cada vez más en adultos.
Yo me doy cuenta. Ya lo sabía,
pero me dejé llevar un tiempo. El móvil está muy bien y el ordenador y el chat gpt. Son
avances tecnológicos increíbles, pero mal utilizados nos restan inteligencia y
hacen que nuestro cerebro más evolucionado pierda potencia al reducir su uso,
dejando paso al cerebro más primitivo que funciona impulsivamente, no se
concentra y necesita estímulo inmediato.
Pienso en mi perro y en que si
pudiera acceder al uso de un móvil, no podría parar de deslizar el dátil y se
olvidaría de comer… Da miedo pensarlo. Pero en la realidad humana pasa eso y
cosas peores que afectan negativamente a las personas. Ese hábito activa la
entrada a lo que se denomina estado de flujo, que es un estado mental en el que
la dificultad de la tarea que se está realizando se ajusta al nivel de
habilidad y atención que se tiene. Entonces se entra en una fase de distorsión
temporal, al ser absorbida toda la atención por los contenidos cambiantes y
perfectamente dirigidos por el algoritmo, sin darte cuenta del paso del tiempo y
del movimiento automático del dedo (que es la máxima habilidad requerida),
deslizando sin parar y a lo mejor esas dos o tres horas se han pasado viendo
videos de gatitos, de tonterías, de comidas, coches, noticias sobre algún tema
concreto, lo que sea…, llegando a perder el sentido lo que vemos. Ese tiempo es un tiempo literalmente desperdiciado. Se produce una focalización sin foco. Focalizamos en
la experiencia misma de consumir contenido sin focalizar en él. La experiencia
por defecto es hacer eso, anulando todo lo demás.
Se vuelve una adicción cuando el
impulso es incontrolable y tiene un impacto funcional negativo en el
comportamiento y en el resto de la vida de la persona. Eso es la
procrastinación. Y puede producir síndrome de abstinencia. Quítale a un
adolescente viciado el móvil si quieres comprobar cómo se desata el infierno.
Yo he decidido no regresar a la
adolescencia en lo que respecta al uso del móvil, redes, etc. He decidido detener el uso compulsivo, inconsciente y absurdo de las tecnologías y sólo
hacerlo en mi beneficio consciente, para mi productividad y mi crecimiento
personal y profesional. Con control.
Ahora estoy escribiendo en un
portátil y estoy utilizando la tecnología. Esta concreta que me permite
escribir este artículo, sin distraerme con otras cosas. Mientras lo hago escucho
música a través de mis audífonos, gracias también a la tecnología y la
aplicación de reproducción de música. Es también una elección consciente, así
como la música que escucho.
Antes he caminado con mi perro y
sin el móvil. Lo recomiendo. Se despiertan los sentidos. Lo jodido de esto es comprobar
cómo los podemos mantener dormidos y todo lo que nos perdemos.
Tomar conciencia de esto y
aplicar la disciplina y la inteligencia para separar en mi día a día el tiempo
con y sin móvil me permite elegir no usarlo sin sentido y no permitir que sea
un recurso por defecto, un gesto automático no decidido.
Seguro que va a haber resistencia
de mi mente. De hecho la hay. Bien, estoy dispuesto a vencerla.
Ah! Acabo de poner mi teléfono en
blanco y negro. Mucho menos atractivo.
Vuelvo al mundo tridimensional y
de multisentidos.
Ya seguiré contando qué tal. Te
animo a darle una vuelta a esto y probar a recuperar el control, a hacer las
cosas que hacías o que te gustaría hacer, pero que el móvil no te deja. Te
animo a recuperarte y a cerrar el grifo de pérdida miserable de tiempo



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