
Acompañamiento para la gestión del Cambio
GROTESCAS TRAYECTORIAS
Hoy es uno de esos días en los que la reflexión profunda es
inevitable. Reflexionar es siempre conveniente, pero hay veces en las que es
imprescindible. Hoy es uno de esos días.
Ha pasado algo serio, alguien se ha acercado de más al borde
del precipicio, a la frontera de la vida y el susto ha sido grande. Eso es lo
que me hace reflexionar hoy, un día después de este episodio, que ha sido
rápido y se ha resuelto bien. Bueno, realmente lo ha resuelto bien la persona
protagonista, afortunadamente.
Mientras ahora camino con mi perro por el campo, pienso en
lo efímero de nuestra existencia y en su fragilidad. Y también pienso que una
acción ejecutada en segundos o minutos puede traer consecuencias para décadas. Lamentablemente,
este espacio de reflexión no existe en muchas ocasiones en las que, como en
esta, alguien decide acercarse a ese lugar, a esa frontera. No siempre con
intención de traspasarla, pero sí atraída por el romanticismo que trae consigo
la muerte, la gran niveladora, con esa promesa de eternidad y paz.
A veces la tentación de poner fin voluntariamente a la
propia vida es grande, sobre todo si la experiencia vital resulta abrumadora e
insostenible. Es comprensible y es una salida, no cabe duda. Pero ¿una salida
hacia dónde?, ¿y paz para quién?
Mi convencimiento es que tenemos la inmensa fortuna de
experimentar la vida, de vivir. Y es bueno recrearse en esa idea, aunque sea
desde el punto de vista exclusivamente biológico. Pero existe también esa dimensión
trascendental, ese para qué y también ese para quién, que conecta con los demás
y con las personas a quienes dejamos nuestro legado, sea este el que sea, positivo
o negativo.
Estos días, coincidiendo con la misión de la Nasa y el proyecto
Artemis 2, he leído mucho y he visto muchos vídeos sobre la misma. Una hazaña
tecnológica y científica, poniendo a cuatro seres humanos rumbo a la luna. Y he
reflexionado sobre trayectorias y estelas.
Cuando se encienden los motores de los propulsores, se
desata el mismo infierno y el artefacto comienza a elevarse, ganando altura a
una velocidad de proyectil. Fuerzas descomunales ponen la nave espacial en órbita
en minutos, dejando tras de sí la estela de la trayectoria del cohete en su
ascenso. Una estela que es un trazo de esa trayectoria dibujada en el aire en
forma de humo.
Me acuerdo de la catástrofe ocurrida en el lanzamiento del
transbordador Challenger, que se desintegró a los 73 segundos de vuelo en enero
de 1986 y en el que perdieron la vida sus siete tripulantes. 73 segundos y fin
de la misión y de la vida de esas siete personas, proyectos vitales truncados,
familias y entornos destrozados.
Me viene la imagen del momento de la explosión y de lo que
se dibujó a continuación en el cielo. La estela hasta ese momento era un trazo
uniforme de la trayectoria parabólica prevista. Tras la explosión ese trazo
armonioso se tornó en un dibujo grotesco, desde una trayectoria hacia la órbita
prevista para el transbordador y su misión, a varias trayectorias hacia ninguna
parte de las diferentes partes del cohete y el transbordador que transportaba.
Todo saltó por los aires, la misión terminó ahí mismo y la trayectoria se interrumpió
violentamente, la de la nave espacial que no llegó al espacio y las de la
tripulación, trayectorias vitales que no llegarían a ninguna parte.
La muerte, sobrevenida violentamente interrumpiendo bruscamente
las trayectorias vitales de cada una de esas personas, que 73 segundos antes
sentían el comienzo del empuje brutal del despegue hacia el espacio. La muerte
que llegó de pronto y sin avisar, como suele hacer, dejando esas estelas
grotescas de los pedazos en llamas volando cada uno hacia un lado y hacia
ninguna parte.
Si asimilamos la estela a lo que queda para los demás, es
bastante gráfico. Me imagino a los familiares, amigos y compañeros tras el
desastre inesperado y violento. Estelas vitales también distorsionadas a los 73
segundos de vuelo, dibujando formas grotescas en el aire. Vidas rotas por la
pérdida y el horror de la muerte segando bruscamente las de esas siete
desafortunadas personas.
En este caso hablamos de una muerte por accidente, no
buscada. En el caso de una muerte buscada, el dibujo de trayectorias grotescas podemos
imaginarlo igual para las personas allegadas, padres, madres, hermanos,
hermanas, amigos, amigas, compañeros y compañeras, familiares… Igual.
La incomprensión de la muerte es la misma, la injusticia se
percibe igual, pero la pérdida por elección añade aún mayor desconcierto,
incomprensión y sacudida.
La vida pende de un hilo siempre, la queramos o no. En
instantes podemos perderla y las consecuencias son siempre para las personas
que quedan en este lado de la vida.
Esta semana, hace 5 días dio comienzo la misión de la Nasa
con el encendido de los motores del cohete para poner rumbo al espacio y rumbo
a la luna. Una misión calculada al detalle y las vidas de los cuatro
tripulantes en juego. Como los siete de la misión del transbordador que hace
cuarenta años sonreían antes de entrar en la nave, como lo hacían hace unos
días los cuatro de la misión Artemis 2. Igual de sonrientes, igual de nerviosos
supongo, e ilusionados. Igual de convencidos de que todo iba a salir bien… Aquella
del Challenger duró los 73 segundos que se añadieron a las vidas de esas siete
personas, ignorantes mientras sonreían previamente al despegue del poco tiempo
que les quedaba. Conscientes de los riesgos sí, pero convencidas de que iban a
completar la misión y regresar a sus proyectos vitales, a sus familias y
quehaceres.
Trayectorias grotescas quedaron dibujadas en el aire y se
disolvieron mientras los pedazos caían al mar.
Esas nuevas trayectorias, no pensadas ni planeadas de las
personas que quedan, esas consecuencias imprevisibles forman parte del legado.
Y eso merece la pena pensarlo, si es que se puede, antes de acercarnos al
borde.
Si eres astronauta es inevitable la cercanía a ese borde, a
ese límite de la vida. Cualquiera al sentir la vibración, la violenta fuerza de
empuje, la aceleración, el estruendo, puede tomar conciencia de que está
transitando las cercanías de la muerte. Aunque cualquiera en su vida cotidiana,
sin saberlo, también las esté transitando. Nadie sabe si le quedan sólo 73 segundos
de vida.
Pero si alguien decide poner fin a su vida tiene la certeza
prácticamente segura de que le queda muy poco tiempo, el que transcurra entre
la acción elegida y el desenlace. Aunque queda la posibilidad de abortar la
misión, como ocurrió ayer con la persona de la que he comenzado hablando al
principio, que decidió en su soledad no seguir adelante y avisar.
Todo ocurre en instantes. Unos pocos más y, como le pasó a
la misión del Challenger STS-51-L (que así se llamaba), la trayectoria hubiese
sido truncada y hubiera impactado de lleno en las trayectorias de otras
personas que verían esos trazos grotescos de las suyas propias al saltar todo
por los aires.
En cualquier caso, a pesar del dramatismo de muchos
acontecimientos vitales, en especial los de pérdidas de vidas y los accidentes
o enfermedades que no han terminado en muerte hay una consecuencia importante
que es el aprendizaje. Siempre aprender, es nuestro destino y nuestra misión
vital. Aprender y crecer.
Este aprendizaje puede ser el más valioso y hay que
aprovecharlo en beneficio propio y en el de otros.
Yo he estado ahí, en las simas oscuras de la depresión,
auténticas arenas movedizas que te hunden más y más. Ves una salida en el fin
de todo. Lo que no ves es las consecuencias. Simplemente no puedes verlas. Pero
hay otras salidas alternativas a cruzar la frontera de la que no hay retorno. Y
son caminos de vida, de crecimiento, de canalizar esa fuerza de empuje para corregir
la trayectoria, para retomar la misión de vivir, de crecer, de ayudar y dejar
un legado positivo. La valentía ahí es buscar ayuda y trabajar para salir poco
a poco de esas arenas movedizas que te atrapan y te hunden con cada movimiento.
Con esa ayuda se logra salir y alejarse de la frontera tentadora de la muerte.
Si alguien ha estado ahí sabe de lo que hablo y puede estar
segura que si no hace nada más, tarde o temprano regresará. Se trata de vencer
esa fuerza de atracción que a veces es gigantesca, como la fuerza de los
motores de un cohete y recanalizarla como fuerza de impulso vital. La
oportunidad que se abre es inmensa para uno mismo y para los demás.
Este tipo de experiencias abren nuestra mente a la reflexión
profunda y activan una fuerza de voluntad poderosa, con la certeza de que esa
frontera se cruzará tarde o temprano, dejando que el destino nos alcance, pero
no yendo nosotros a buscarlo.
Todo esto he pensado hoy. Es domingo de Resurrección y puedo
ver el significado trascendente que tiene y que ayer mismo comprobé. Que cada
cual vive su pasión y lleva su cruz, pero que puede renacer, resucitar de ese
estado de muerte en vida. Que existe esa fuerza divina que a veces se
manifiesta en el momento preciso haciéndonos despertar, tomando conciencia de
que esas voces embaucadoras que nos atraen como cantos armoniosos y llenos de
sentido hacia nuestra perdición, realmente son voces distorsionadas de
grotescos espectros que sólo saben dibujar grotescas trayectorias, que causan
tanto daño.
Así que, y mira adonde he llegado en esta reflexión, feliz Pascua
de Resurrección, seas o no una persona cristiana o creyente. Desde ese punto de
corrección de la trayectoria vital se abre un mundo nuevo de posibilidades que,
bien canalizadas, generan esa fuerza de empuje que necesitamos no solo para
seguir aquí respirando, sino para ayudar a otras personas que sienten esa
atracción de poner fin a su sufrimiento de la forma más finalista y más
dramática.
No hemos venido aquí a sufrir. No se nos ha dado la
posibilidad de experimentar esta aventura vital para desperdiciarla. Todo lo
contrario.
Feliz misión y que la trayectoria equilibrada y estable te
lleve lejos, allá donde deseas, dibujando una estela limpia y uniforme en el
aire, que otros puedan observar y tratar de seguir.



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