lunes, 6 de abril de 2026

Grotescas Trayectorias

 

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GROTESCAS TRAYECTORIAS

Hoy es uno de esos días en los que la reflexión profunda es inevitable. Reflexionar es siempre conveniente, pero hay veces en las que es imprescindible. Hoy es uno de esos días.

Ha pasado algo serio, alguien se ha acercado de más al borde del precipicio, a la frontera de la vida y el susto ha sido grande. Eso es lo que me hace reflexionar hoy, un día después de este episodio, que ha sido rápido y se ha resuelto bien. Bueno, realmente lo ha resuelto bien la persona protagonista, afortunadamente.

Mientras ahora camino con mi perro por el campo, pienso en lo efímero de nuestra existencia y en su fragilidad. Y también pienso que una acción ejecutada en segundos o minutos puede traer consecuencias para décadas. Lamentablemente, este espacio de reflexión no existe en muchas ocasiones en las que, como en esta, alguien decide acercarse a ese lugar, a esa frontera. No siempre con intención de traspasarla, pero sí atraída por el romanticismo que trae consigo la muerte, la gran niveladora, con esa promesa de eternidad y paz.

A veces la tentación de poner fin voluntariamente a la propia vida es grande, sobre todo si la experiencia vital resulta abrumadora e insostenible. Es comprensible y es una salida, no cabe duda. Pero ¿una salida hacia dónde?, ¿y paz para quién?

Mi convencimiento es que tenemos la inmensa fortuna de experimentar la vida, de vivir. Y es bueno recrearse en esa idea, aunque sea desde el punto de vista exclusivamente biológico. Pero existe también esa dimensión trascendental, ese para qué y también ese para quién, que conecta con los demás y con las personas a quienes dejamos nuestro legado, sea este el que sea, positivo o negativo.

Estos días, coincidiendo con la misión de la Nasa y el proyecto Artemis 2, he leído mucho y he visto muchos vídeos sobre la misma. Una hazaña tecnológica y científica, poniendo a cuatro seres humanos rumbo a la luna. Y he reflexionado sobre trayectorias y estelas.

Cuando se encienden los motores de los propulsores, se desata el mismo infierno y el artefacto comienza a elevarse, ganando altura a una velocidad de proyectil. Fuerzas descomunales ponen la nave espacial en órbita en minutos, dejando tras de sí la estela de la trayectoria del cohete en su ascenso. Una estela que es un trazo de esa trayectoria dibujada en el aire en forma de humo.

Me acuerdo de la catástrofe ocurrida en el lanzamiento del transbordador Challenger, que se desintegró a los 73 segundos de vuelo en enero de 1986 y en el que perdieron la vida sus siete tripulantes. 73 segundos y fin de la misión y de la vida de esas siete personas, proyectos vitales truncados, familias y entornos destrozados.

Me viene la imagen del momento de la explosión y de lo que se dibujó a continuación en el cielo. La estela hasta ese momento era un trazo uniforme de la trayectoria parabólica prevista. Tras la explosión ese trazo armonioso se tornó en un dibujo grotesco, desde una trayectoria hacia la órbita prevista para el transbordador y su misión, a varias trayectorias hacia ninguna parte de las diferentes partes del cohete y el transbordador que transportaba. Todo saltó por los aires, la misión terminó ahí mismo y la trayectoria se interrumpió violentamente, la de la nave espacial que no llegó al espacio y las de la tripulación, trayectorias vitales que no llegarían a ninguna parte.

La muerte, sobrevenida violentamente interrumpiendo bruscamente las trayectorias vitales de cada una de esas personas, que 73 segundos antes sentían el comienzo del empuje brutal del despegue hacia el espacio. La muerte que llegó de pronto y sin avisar, como suele hacer, dejando esas estelas grotescas de los pedazos en llamas volando cada uno hacia un lado y hacia ninguna parte.

Si asimilamos la estela a lo que queda para los demás, es bastante gráfico. Me imagino a los familiares, amigos y compañeros tras el desastre inesperado y violento. Estelas vitales también distorsionadas a los 73 segundos de vuelo, dibujando formas grotescas en el aire. Vidas rotas por la pérdida y el horror de la muerte segando bruscamente las de esas siete desafortunadas personas.

En este caso hablamos de una muerte por accidente, no buscada. En el caso de una muerte buscada, el dibujo de trayectorias grotescas podemos imaginarlo igual para las personas allegadas, padres, madres, hermanos, hermanas, amigos, amigas, compañeros y compañeras, familiares… Igual.

La incomprensión de la muerte es la misma, la injusticia se percibe igual, pero la pérdida por elección añade aún mayor desconcierto, incomprensión y sacudida.

La vida pende de un hilo siempre, la queramos o no. En instantes podemos perderla y las consecuencias son siempre para las personas que quedan en este lado de la vida.

Esta semana, hace 5 días dio comienzo la misión de la Nasa con el encendido de los motores del cohete para poner rumbo al espacio y rumbo a la luna. Una misión calculada al detalle y las vidas de los cuatro tripulantes en juego. Como los siete de la misión del transbordador que hace cuarenta años sonreían antes de entrar en la nave, como lo hacían hace unos días los cuatro de la misión Artemis 2. Igual de sonrientes, igual de nerviosos supongo, e ilusionados. Igual de convencidos de que todo iba a salir bien… Aquella del Challenger duró los 73 segundos que se añadieron a las vidas de esas siete personas, ignorantes mientras sonreían previamente al despegue del poco tiempo que les quedaba. Conscientes de los riesgos sí, pero convencidas de que iban a completar la misión y regresar a sus proyectos vitales, a sus familias y quehaceres.

Trayectorias grotescas quedaron dibujadas en el aire y se disolvieron mientras los pedazos caían al mar.

Esas nuevas trayectorias, no pensadas ni planeadas de las personas que quedan, esas consecuencias imprevisibles forman parte del legado. Y eso merece la pena pensarlo, si es que se puede, antes de acercarnos al borde.

Si eres astronauta es inevitable la cercanía a ese borde, a ese límite de la vida. Cualquiera al sentir la vibración, la violenta fuerza de empuje, la aceleración, el estruendo, puede tomar conciencia de que está transitando las cercanías de la muerte. Aunque cualquiera en su vida cotidiana, sin saberlo, también las esté transitando. Nadie sabe si le quedan sólo 73 segundos de vida.

Pero si alguien decide poner fin a su vida tiene la certeza prácticamente segura de que le queda muy poco tiempo, el que transcurra entre la acción elegida y el desenlace. Aunque queda la posibilidad de abortar la misión, como ocurrió ayer con la persona de la que he comenzado hablando al principio, que decidió en su soledad no seguir adelante y avisar.

Todo ocurre en instantes. Unos pocos más y, como le pasó a la misión del Challenger STS-51-L (que así se llamaba), la trayectoria hubiese sido truncada y hubiera impactado de lleno en las trayectorias de otras personas que verían esos trazos grotescos de las suyas propias al saltar todo por los aires.

En cualquier caso, a pesar del dramatismo de muchos acontecimientos vitales, en especial los de pérdidas de vidas y los accidentes o enfermedades que no han terminado en muerte hay una consecuencia importante que es el aprendizaje. Siempre aprender, es nuestro destino y nuestra misión vital. Aprender y crecer.

Este aprendizaje puede ser el más valioso y hay que aprovecharlo en beneficio propio y en el de otros.

Yo he estado ahí, en las simas oscuras de la depresión, auténticas arenas movedizas que te hunden más y más. Ves una salida en el fin de todo. Lo que no ves es las consecuencias. Simplemente no puedes verlas. Pero hay otras salidas alternativas a cruzar la frontera de la que no hay retorno. Y son caminos de vida, de crecimiento, de canalizar esa fuerza de empuje para corregir la trayectoria, para retomar la misión de vivir, de crecer, de ayudar y dejar un legado positivo. La valentía ahí es buscar ayuda y trabajar para salir poco a poco de esas arenas movedizas que te atrapan y te hunden con cada movimiento. Con esa ayuda se logra salir y alejarse de la frontera tentadora de la muerte.

Si alguien ha estado ahí sabe de lo que hablo y puede estar segura que si no hace nada más, tarde o temprano regresará. Se trata de vencer esa fuerza de atracción que a veces es gigantesca, como la fuerza de los motores de un cohete y recanalizarla como fuerza de impulso vital. La oportunidad que se abre es inmensa para uno mismo y para los demás.

Este tipo de experiencias abren nuestra mente a la reflexión profunda y activan una fuerza de voluntad poderosa, con la certeza de que esa frontera se cruzará tarde o temprano, dejando que el destino nos alcance, pero no yendo nosotros a buscarlo.

Todo esto he pensado hoy. Es domingo de Resurrección y puedo ver el significado trascendente que tiene y que ayer mismo comprobé. Que cada cual vive su pasión y lleva su cruz, pero que puede renacer, resucitar de ese estado de muerte en vida. Que existe esa fuerza divina que a veces se manifiesta en el momento preciso haciéndonos despertar, tomando conciencia de que esas voces embaucadoras que nos atraen como cantos armoniosos y llenos de sentido hacia nuestra perdición, realmente son voces distorsionadas de grotescos espectros que sólo saben dibujar grotescas trayectorias, que causan tanto daño.

Así que, y mira adonde he llegado en esta reflexión, feliz Pascua de Resurrección, seas o no una persona cristiana o creyente. Desde ese punto de corrección de la trayectoria vital se abre un mundo nuevo de posibilidades que, bien canalizadas, generan esa fuerza de empuje que necesitamos no solo para seguir aquí respirando, sino para ayudar a otras personas que sienten esa atracción de poner fin a su sufrimiento de la forma más finalista y más dramática.

No hemos venido aquí a sufrir. No se nos ha dado la posibilidad de experimentar esta aventura vital para desperdiciarla. Todo lo contrario.

Feliz misión y que la trayectoria equilibrada y estable te lleve lejos, allá donde deseas, dibujando una estela limpia y uniforme en el aire, que otros puedan observar y tratar de seguir.


Jorge Arizcun
COACHING ACTIVO
Abril 2026





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